No se cansa de despotricar en contra del gobierno y de todo lo que huela a sus reformas. A juicio del escritor, columnista y “comentarista político” Fernando Villegas (66), la Presidenta y su gente ha conducido al país a una verdadera debacle con su “proceso revolucionario”, lo que no se cansa de repetir en su programa Las cosas por su nombre junto a Cecilia Pérez en radio Agricultura, y en una menor medida lo hacía como panelista de Tolerancia Cero.

Por lo mismo, lo han tildado de momio, facho, loco, pero al sociólogo y autor de más de quince libros, poco y nada le importa. Asegura que no es ni de aquí ni de allá, tanto así que en sus años mozos votó por Allende, fue miembro del Movimiento Revolucionario Manuel Rodríguez —hasta que se aburrió de la izquierda por considerarlos una “tropa de huevones”— y en las últimas presidenciales se inclinó por Evelyn Matthei. “Es una mujer bien habilosa, aunque sabía que ganaría Bachelet; bueno todos sabíamos. Ahora, que iban a hacer una cagada tan grande, ¡eso no se sabía!”.

—¿Tan mal ve la cosa?
—Estamos en la etapa intermedia de la debacle en que el fenómeno que parte masivamente empieza a restringirse, las grandes concentraciones se convierten en asambleas, las asambleas en comités y la gente se vuelve más radical y extrema. Lo vimos en el Caupolicán: los sectores más jóvenes radicalizados pifiando a los oficialistas por traidores y maricones; la Presidenta haciendo el papel de Mao Tse-tung… Estamos en el momento en que se obcecan más en sus creencias y nos aproximaremos al Thermidor, que es el momento en que se acabará esta cuestión.

—¿Cuándo y cómo terminaría?
—El cómo, no sé. Pero estos procesos siempre terminan. En Francia el thermidor fue cuando a Robespierre le cortaron la cabeza. Para allá vamos, hasta ahora se ha cumplido todo. Esto partió hace 10, 15 años con las discusiones valóricas, con el tema del divorcio; luego se fue al plano de las instituciones, de las acciones políticas y explotó con los estudiantes a quienes sacaron a la calle.

—¿Quiénes?
—No lo sé con exactitud, pero no pasa que de un día para otro los niñitos se levantaron con ganas de marchar por la calidad de la educación.

—Había un descontento acumulado, el empoderamiento ciudadano es mundial.
—Eso del empoderamiento es mitológico, la gente no está empoderada en nada. El poder es la capacidad de manipular instituciones de manera consciente y planificada, y las masas nunca lo han tenido; son usadas por éste como grupos de choque, tal como utilizaron a los estudiantes. ¿O me vas a decir que esos pililos con pantalones a medio culo estaban preocupados de la educación?

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—¿A su juicio, entonces, Bachelet estaría usando a la calle para legitimar sus reformas?
—Para la izquierda, las mayorías, las masas, son su razón de ser. Ahora resulta que tampoco tienen mayoría, entonces ya no es la ciudadanía, el pueblo soberano, sino grupos organizados que se toman la representación de éste y se legitiman con ese discurso. El 75 por ciento dice que no le gustan las reformas, que no cree en Bachelet. Lo bueno que todas estas cosas tienen un punto final.

—¿Cuánto falta para eso?

—Uno, dos años, para las próximas elecciones podría ser, si es que no alcanzan a atornillarse con un mecanismo de autoperpetuación del poder, con un populismo 2.0 que es más vasto, organizado y sistemático. Ahora tenemos una máquina estatal invadida por 80 mil personas nuevas, que tienen más medios para repartir, bonos y generan clientelas enormes.

—¿Eso estaría pasando ahora?
—¡Sí, po! Es cosa de prender la tele y ver a una mujer “X” conduciendo, y te preguntas ¿de dónde salió esta mina? Y así van copando, copando… Es una especie de infiltración a gran escala.

—¿Con qué fin, para instalar un gobierno marxista como dijo Tomás Mosciatti?

—Es la gran pregunta. No es socialismo, es otra cosa que está empezando a gestarse; un mix entre populismo extenso, autocracia —gobiernos que se perpetúan— con mecanismos de vigilancia, en que al pueblo se le da pan y circo para aplacar a la masa en estado de ebullición y con mayor capacidad de hacer daño, en sociedades cada vez más frágiles. Venezuela es un experimento fallido.

—¿En serio ve tanta maquinación?
—No, estos son procesos naturales, cada cual se acomoda en su pequeño ambiente, y estos miles de acomodos generan un cuadro nuevo.

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El tema político le entusiasma, no así referirse al abrupto final de Tolerancia Cero tras la partida de Fernando Paulsen y Matías del Río. “Nunca tengo sentimiento con mis pegas. Los programas van y vienen; no hago reflexiones”.

Mientras se ordena el pelo, y toma un café en una de las oficinas de CHV, Villegas retoma la contingencia. Dice que esta vez la Presidenta volvió con una postura más radical. “Ella fue formada en la RDA, es una beata de la izquierda, que no salen de sus convicciones hasta que mueren. Este es su gobierno, no así el anterior, y volvió a hacer una revolución, ¡aunque no saben de qué! Hablan de justicia, equidad, ¡¿qué es esa huevada?! Si los obligas a desentrañar su pensamiento, ¡los desarmas!”.

—Hay todo un conglomerado apoyando.

—La DC hace berrinches, pero siguen ahí porque tienen pega. De esos 80 mil que entraron a la administración pública, ¿cuántos son DC?, ¿ocho mil, diez mil? No se pueden ir pa’ la casa, quedan todos sin pega.

—¿Por qué la Presidenta prefirió esta vez gobernar con gente sin experiencia política?
—¿Y qué experiencia tienen los gallos de arriba? Cuando oyes a Bachelet, ¿te da la impresión de una persona de gran inteligencia? Ella y su gente sacaron la teoría de la explosión social, del derrumbe del capitalismo y llegaron con sus medidas a “salvarnos”, promoviendo la igualdad. Todo este proceso revolucionario lo escribí hace años en mi libro Apokalypsis, el problema es que me adelanto tanto, que después nadie se acuerda. Sufro el síndrome de Casandra.

—¿Por eso votó por Matthei?
—Es habilosa aunque ya la catalogaron de loca. En este país, los inteligentes son todos locos. Los del gobierno se sienten tan esenciales y mesiánicos, que creen que el 75 por ciento de rechazo es porque la gente ¡no entiende!

—¿Para usted pierde legitimidad un gobierno con 25 por ciento de apoyo?

—Eso se piensa en una democracia normal, pero cuando tienes uno de tipo ideológico, esas consideraciones son menores. En el lenguaje de los convencidos, escuchar a la gente no tiene cabida. Y siguen adelante asumiendo el costo social.

—¿Cuál es ese costo?
—La economía no crece, la cesantía…

—El desempleo no ha subido.
—Lo estabilizaron con los 80 mil gallos nuevos del Estado; levantas una piedra y salen 400 burócratas que, ¡no sirven para nada! Ignorantes.

—¿Y se relaciona la delincuencia con este “proceso revolucionario” del que habla?
—Hace 15 años predije que habría un colapso social porque estaban fracasando todos los mecanismos de sociabilización en Chile. ¿Viste la cagá en el Carnaval de los tambores en Valparaíso? Es un ejemplo cuando los cabros no reciben ninguna formación. La delincuencia se debe a eso y a la falta de represión policial.

—¿Le preocupa Chile?
—Ya no; ya lo analicé, pensé y resolví. Llego a mi casa, me meto a mi cueva y escribo libros. Vivo bajo arresto domiciliario.

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—¿De qué manera podría detenerse este proceso de “debacle” que predice?

—¿Cómo se detiene un tsunami? No se puede ya… La ola tiene que hacer su recorrido, después hay que recoger los restos y reconstruir.

—¿Qué debiera renacer de todo esto?

—Quizás el país llegará a tal nivel de anomia social, jóvenes analfabetos, colapso en la educación, aumento en la delincuencia, economía en el suelo, que puede que se pegue una reconversión espiritual y tire a la basura a la izquierda.

—¿Seguirá La Nueva Mayoría?
—¡Absolutamente!, si tienen a miles de viejas en las poblaciones recibiendo bonos, jóvenes ignorantes y el control de los medios de comunicación. Porque a TVN ya lo convirtieron en el diario La Nación.

—MEO lidera hoy las encuestas.

—Chucha, ¡ahí me voy de Chile! Ese huevón entregará la soberanía nacional. Es un demagogo puro; se tiñó hasta las canas para verse más maduro. Hay que generar un movimiento de reconstrucción nacional. Debemos cambiar nuestras estructuras mentales, culturales y reconstruir conforme a la razón. Ser un país que trabaja en serio, que no fataliza a los ricos, no pisotea a los pobres y donde los estudiantes, ¡estudian!

—¿A quién ve liderándolo?

—Alguien tendrá que iniciarlo. Y debe incluir a todos los chilenos que tengan sentido común sobre cómo debe funcionar un país para que crezca y sea próspero. Sin embargo, nadie piensa en eso, sólo les importa la lógica partidista, así es que, ¡váyanse todos a la chucha! Esta es mi frase final.