Han sido días agitados para la Alianza. La irritación se ha ido apoderando de varios de sus líderes, que comienzan a radicalizar sobre la Presidenta Michelle Bachelet el foco de su descontento —y declarada preocupación— frente al paquete de medidas que está llevando adelante. Durante la pasada versión de la Enade, el presidente de la Confederación de la Producción y del Comercio (CPC), Andrés Santa Cruz, volvió a enfatizar sus críticas contra la agenda reformista de la mandataria. “Este año no será indiferente a nadie debido a los acontecimientos políticos, sociales y económicos, con las reformas tributaria, educacional, laboral y constitucional”. Y calificó a esta última como la que encierra “la mayor de todas las incertidumbres”.

Y hace unos días la ex abanderada de la oposición, Evelyn Matthei, inauguró su regreso a las pistas con una punzante entrevista donde, entre otras polémicas frases, señaló: “La principal falencia de Chile hoy es la Presidenta Bachelet”. 

El economista Felipe Morandé, ex ministro de Transportes de Sebastián Piñera y ex jefe programático de Evelyn Matthei, aunque más moderado, dice suscribir ‘la esencia’ de los dichos de Matthei. “Ella hizo una declaración política enfatizando con mucha fuerza los aspectos más negativos del gobierno —lo cual comparto—, pero yo no usaría esos términos. Mi carácter es muy distinto”, dice el actual decano de Emprendimiento y Negocios de la Universidad Mayor y miembro del consejo político de Evópoli.

—¿También cree que la Presidenta terminará ‘reventando’ al país?

—Bachelet es la responsable última de todo lo bueno y lo malo que hay en este gobierno, y si a esta administración le va mal, será su falta. Coincido con Evelyn en que las políticas que se están siguiendo son malas y nos harán retroceder en lugar de avanzar. Ya tenemos un punto en contra con la reforma tributaria, lo que ha tenido un impacto permanente en la inversión, y en consecuencia en el crecimiento, el empleo y los salarios. Y la reforma educacional, al menos la que se ha planteado, no necesariamente busca una mejor calidad y agrega incertidumbre. A lo que se suma el Código Laboral que promueve el sindicalismo.  

Se trata de un gobierno muy distinto a la anterior gestión de Bachelet, cree este economista. “Entonces su única reforma importante fue la previsional. Ahora, en cambio, hay un ánimo refundacional, de cambiar radicalmente las cosas. Y la gente empieza a pensar: ‘simpática la señora, pero si van a cerrar el colegio de mi hijo, si van a forzarme a cambiar de isapre y partir a Fonasa, si van a sacar parte de mi jubilación para pagar la de otros, entonces ella ya no me parece tan simpática…’. Hay un ambiente de crispación”.

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Para Morandé, la Bachelet 2.0 mutó de manera radical, “incluso el actual equipo económico no es el mismo que tenía Velasco. Aun si Arenas fuera alguien bueno (se reconoce entre uno de sus principales críticos), sería muy difícil llevar una economía frente a un clima de malas expectativas, donde te van cambiando las reglas del juego. La visión de los empresarios es negra. Tratan de ser optimistas porque quieren seguir haciendo negocios, pero están complicados… Aquellos que importan o que producen para el mercado interno han visto cómo el consumo se ha ido deteriorando. Para los que pretenden realizar inversiones, la tasa de impuesto es cada vez más alta. Y, si se aprueba una reforma laboral como la que hoy se está anunciando, habría que enfrentar a sindicatos más poderosos. Se suman las dudas respecto de algunos derechos de propiedad, como los de agua o sobre algunos bienes. Eso sin contar la constitucional. Así, todas las evaluaciones de proyectos son más complejas y lo que más preocupa al sector es terminar sus proyectos de inversión, finiquitar las ‘colitas’ que les vienen quedando y parar la expansión. Eso significa deshacerse de gente, dejar de crecer. La incertidumbre se ha instalado”. 

—Sin embargo, a pesar de este escenario de incertidumbre que usted describe, la Presidenta determinó continuar con la reforma laboral y la constitucional.   

—Lo que va a significar que las reformas se licuen un poco. Si no estuviera este escenario económico desfavorable, el contenido del proyecto laboral sería aún más pro CUT. Algo de eso ha pasado con la reforma educacional, que también se ha ido morigerando bastante. Al final, el Senado terminará poniéndole varios salvavidas a la educación privada subvencionada y el proyecto que saldrá no será el mismo que el que existe ahora. El clima económico está influyendo en que el contenido de los proyectos se modere. El ánimo refundacional, la retroexcavadora, están chocando con una realidad más dura. Hay dos posturas muy claras dentro de la Nueva Mayoría: los que dicen “tenemos que echarle para adelante a como dé lugar; es ahora o nunca…”, en materia de cambiar drásticamente la sociedad chilena. Y otros que prefieren: “hagamos los cambios de a poco, en la medida de lo posible, no ahora”.  Y no por razones políticas sino económicas. 

“En medio de estas dos corrientes la Presidenta baila cha cha cha —describe Morandé—.De repente está muy dispuesta a considerar el diálogo y llegar a acuerdos, queriendo sacar un proyecto que deje a todo el mundo tranquilo, y luego aparece reanimando su agenda de reformas con renovada fuerza. Un día habla para los empresarios, para la gente que toma decisiones económicas, y al otro día se dirige a sus partidos, a la bancada estudiantil, buscando apoyo. Está entrampada, tratando de encontrar un punto intermedio. Le doy una recomendación: el último que quiso refundar al país fue Salvador Allende. Y no pasó a la historia como un gran estadista en materia de haber puesto a Chile en una senda de progreso y desarrollo. Al contrario: nos llevó a una situación crítica que derivó en un golpe de Estado. No es que a Bachelet le vaya a pasar lo mismo —aclara de inmediato—, pero creo que esa pretensión de pasar a la historia como un revolucionario puede terminar siendo un mal negocio para todos”.

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—¿Y desde ese punto de vista, qué tan sólida ve a la Alianza para ejercer su liderazgo? Algunos dicen que casos como Cascadas, Penta, Farmacias, Pollos… le han quitado piso.

—Hoy la centroderecha es irrelevante desde el punto de vista de la discusión parlamentaria. Se expresa más que nada a través de la Democracia Cristiana que está jugando un papel de oposición efectiva, al menos en el caso de la educación. Pero la derecha se pierde respecto de cuál debe ser su papel; no pasa del discurso, de la columna en un diario, de la opinión en televisión de algún dirigente, pero a la hora de los quiuboque es cuando se discuten y se votan los proyectos— su papel está tan disminuido que sólo queda recuperar lo que perdimos, que es la capacidad de ser un actor relevante. Está en un túnel, en un proceso de reflexión, de tira y afloja de los distintos sectores dentro de la Alianza y de la centroderecha en general, en busca de su destino. Y casos como los mencionados deterioraron la imagen del sector privado. Debe haber una condena de la derecha política respecto de cualquier delito. O sea, aquí los delincuentes de cuello y corbata tienen que recibir el mismo trato que aquellos que cometen actos en otro tipo de esferas. Ciertamente ha faltado en el discurso político una condena genérica frente a aquellos que no están dispuestos a jugar con las reglas de una economía de mercado transparente y eficiente. Me gustaría una derecha más unida, ampliándose hacia sectores no tradicionales, como Evópoli, Amplitud, incluso Fuerza Pública.

—¿Qué espacio le ve a Andrés Velasco? Recientemente protagonizó un mediático abrazo con Lily Perez, ni más ni menos que en un cónclave con los nuevos líderes de la centroderecha.

—Andrés es una persona genuinamente liberal; debe ser uno de los ministros de Hacienda que más bajó los impuestos de los gobiernos de la Concertación; no sólo los redujo por la crisis; su misma ley fue perfeccionada en el gobierno de Piñera, estableciendo regalías tributarias para la innovación, la investigación y desarrollo de las empresas. Así que Velasco no sólo enfrentó la crisis bajando impuestos, sino que puso en marcha toda una plataforma para estimular al sector privado y hacer crecer a la economía. Dicho esto, Andrés Velasco tiene cabida dentro de una centroderecha que ve en el mercado y el sector privado los motores del crecimiento. Aunque tiene que superar ciertos atavismos si quiere sentirse cómodo en nuestro lado, en especial su matriz sentimental-ideológica, vinculada a la socialdemocracia; él tuvo un papá que fue exiliado, tiene una familia, una historia… 

—No deja de ser un dato llamativo que mientras Velasco optó por bajar impuestos en tiempos de crisis, la misión del actual ministro de Hacienda haya sido aumentarlos.

—A nadie en este gobierno, partiendo por el ministro Arenas, se le ocurriría plantear la idea de reducir impuestos para estimular la economía. Sería un despropósito dentro de lo que es la Nueva Mayoría. Y ojo, que es lo que acaba de anunciar el gobierno de Perú: bajará los impuestos a las empresas para reimpulsar la economía. Pero acá ni pensarlo. Básicamente lo que harán será aumentar el gasto fiscal y anunciar planes de inversión.

—Usted ha sugerido cambiar al ministro de Hacienda.

—El ministro Arenas perdió la confianza del sector privado con un discurso muy arrogante respecto de la reforma tributaria y, aunque ha hecho esfuerzos por repararla, no lo ha conseguido. Tal vez no sea su culpa sino del resto del gobierno, pero es él quien lo simboliza. Tenemos una situación económica difícil y un cuadro de incertidumbre que ha sido colocado por el propio gobierno. Entonces, para que este ánimo cambie, no sólo habría que relevar al ministro de Hacienda sino que también a otros personajes claves del gabinete. Eso junto con un replanteamiento general, ver cuáles son los objetivos del gobierno, de cómo quiere enfrentar la coyuntura económica y social, cuáles van a ser sus prioridades. Sin todo ese conjunto es muy difícil que la sola partida de un ministro vaya a resolver todos los problemas.

—Usted propuso al economista José de Gregorio, quien trabajó en el programa económico de Bachelet y en su momento se mencionó como una carta para Hacienda.

—Poner a José de Gregorio y, además, alterar un poco las prioridades de la agenda del gobierno, y moderarlas, ciertamente le haría bien a las expectativas que tiene el país en cuanto a la situación económica y social.

—Algunos dicen que sería arriesgado, que nunca en la historia de la Concertación se ha cambiado a un ministro de Hacienda.

—Con la diferencia que todos los otros han contado con un amplio respeto por parte del sector privado, de ahí que no los hayan removido. No es lo que ocurre hoy: a Arenas no lo respetan. Obviamente no podemos decir “cambiemos a la Presidenta” porque eso no está dentro de las posibilidades, pero ciertamente se requiere de una nueva mirada en términos de cómo enfocar lo que queda del gobierno.