Bautizó a su primera hija con el nombre de Victoria como una forma de celebrar el triunfo que lo convirtió en concejal en 2004. Ahora, con 42 años y cuando aún se escuchan los ecos de su aplastante 47% de los de votos que lo dejó como alcalde de Santiago, la reciente noticia de un cuarto hijo en camino lo lleva al plano de la reflexión.“Es una niña y se llamará Lucía”, adelanta el abogado.

Lucía como el nombre de la cima que domina la comuna más radical a la hora de establecer las variables electorales. “En los últimos años nunca ha habido un reelección. Mi apuesta es lograr un segundo periodo como alcalde y mi equipo de colaboradores sabe que debe estar preparado”.

—A muchos de ellos los vimos en La Moneda. ¿Si Piñera gana la elección a lo mejor vuelven a sus antiguos trabajos?

—De ninguna manera. Están advertidos que no pueden (sostiene confiado).

Usa traje gris y camisa celeste. Mientras conversa, sentado en un café del barrio Lastarria, un vecino pasa y le dice que es igual al actor Adam Sandler. Se ríe de buena gana, aunque su duelo personal todavía no esté del todo superado. El pasado 18 de julio tuvo que despedir a su padre, Gustavo Alessandri Valdés, quien fue uno de los fundadores de RN, diputado y alcalde por las comunas de La Florida y también de Santiago. Cuando supo de su muerte, estaba en terreno, tal como vio a su progenitor tantas veces.

“Para mí fue una alegría que me viera ocupando el mismo sillón. Recordé cuando tenía doce o trece años. Yo sentado en primera fila viendo cómo asumía el municipio. Después de 25 años le tocó a él verme hacer lo mismo. A la misa llegaron los Cuasimodistas a rendirle honores y una señora con arpa se acercó para decirle: “Yo de aquí no me voy sin tocar, ¿sabe por qué alcalde? Fue su padre quien me regaló este instrumento”, le relató agradecida. “De ahí viene la escuela de tenerle cariño a la calle, de la cercanía con los equipos con los que se trabaja. Mi padre era un 24/7 en toda su dimensión”.

—Un papá tan activo y una mamá periodista, Constanza Vergara. Con actividades tan intensas, ¿eso no afectó la vida en familia?

—Al revés, nos brindaron tiempo de gran calidad. Si uno se enfermaba, estaban los dos. Corrían de un lado para otro. Mi papá en la alcaldía y mi mamá como directora de revistas. Siempre comíamos juntos, el desayuno en familia era algo habitual. Nunca sentimos que fueran padres ausentes.

—A su papá le tocaron los conflictivos años ’80 en la educación. Y usted enfrentó las tomas con un contundente ‘rompe, paga’.

—Pero es algo que queda en el ámbito del sentido común. Uno puede estar de acuerdo con lo que se pide, con las insuficiencias del sistema, como el crédito CAE, las pruebas estandarizadas. Pero, por favor, ¡no me rompan los colegios! Las cifras de destrozos llegaban a los 400 millones de pesos, algo que muchas veces es irrecuperable, porque los presupuestos sencillamente no alcanzan.

—¿Pero la medida significó un avance?

—Por supuesto. En los últimos diez años, nunca habíamos tenido un primer semestre con menos días de colegios en toma. Logramos bajar en un 75% esa cifra respecto al año pasado. El ‘rompe paga’ funcionó.

—Más allá de las malas prácticas, ¿no cree que hay algo sintomático en una juventud frustrada?

—Absolutamente. Pero por otra parte uno también se da cuenta de que los jóvenes quieren que el Instituto Nacional vuelva a brillar. La inmensa mayoría quiere estudiar. Pero esa frustración acumulada existe y de eso tenemos que hacernos cargo como sociedad. De ahí que ahora estemos trabajando para conseguir fondos para mejorar infraestructura. Por otro lado, no es un secreto que el 80% de los alumnos de los colegios de Santiago vienen de otras comunas. Yo feliz de que así sea, pero también exijo deberes. En eso soy categórico, porque yo vengo a hacer la pega. No estoy ocupando este puesto como una plataforma política.

Cuando ganó la elección no quiso salir al balcón municipal que da a calle Monjitas. Echó por tierra la tradición de aparecer junto al amigo abanderado , el aliado, que después se perfilaba como carta segura a la presidencia. “Sólo saldré a saludar cuando sienta que hemos cambiado la vida de los santiaguinos”, dice. Esa vez, cuando la derrota de Carolina Tohá era inminente, partió a celebrar con los vecinos del pasaje Viel. “Hasta allá llegaron los presidenciables a saludarme, los saqué a terreno”, bromea.

Junto a su mujer, Alejandra Baumann, una sicóloga limeña que vivió muchos años en Estados Unidos, también recorre la ciudad. Su estilo de trabajo lo resume como 70/30, es decir, un 70% en la calle y otro 30% en la oficina y asuntos protocolares. De ahí que sea capaz de ver un nuevo paisaje demográfico . “Con Recoleta e Independencia somos las tres comunas que recibimos mayor número de inmigrantes. Aquí no sobra nadie, esta es una comuna inclusiva y no permitiremos ningún tipo de estigmatización. Los peruanos han hecho un gran aporte en la gastronomía. El pueblo haitiano día a día demuestra su enorme compromiso con el trabajo”. Lo que más le preocupa, sin embargo, es cómo conservar la ciudad sin perder de vista su lema de campaña: Un Santiago seguro, limpio y ordenado.

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—Los rayados en edificios patrimoniales, la basura y ahora las campañas. ¿Cómo defenderá la ciudad y su patrimomio?

—En mi campaña lo dije y ahora lo repito: Santiago no se raya. Y seguirá siendo así. Creo que es el momento de mandarle el recado a todos los candidatos: seré implacable con los excesos de propaganda, con los rayados. Sobre todo ahora que, además de las elecciones presidenciales, se suman las parlamentarias con ocho candidatos distritales. Hay que tomar medidas y seré enérgico.

—¿No teme perder la simpatía política de quiénes lo han apoyado? Santiago es un blanco electoral muy cotizado.

—No tengo miedo. Es una advertencia para todos y por igual.

—Así como en su familia hay dos presidentes y varios parlamentarios, ¿cuál es su siguiente paso?

—Ningún otro que no sea la reelección. Un exitoso plan de trabajo toma al menos ocho años. Pero es algo difícil, de hecho ningún alcalde lo ha logrado en estos últimos 20 años. No me gustan los cargos parlamentarios, lo mío es lo ejecutivo. Mi plan perfecto es cumplir 49 años, con dos periodos como alcalde y luego sencillamente colgar los botines.