En un edificio estilo fiscal en José Miguel de la Barra, sin lujos ni decoración, tan sólo un solitario sillón raído por el uso, en los cuarteles de Ciper todo recuerda a las viejas redacciones periodísticas en las que se fumaba hasta la madrugada con el tecleo de las máquinas como ‘música’ de fondo. Aquí también el olor a tabaco está impregnado en las paredes, de las que cuelgan varios diplomas por el rol del Centro de Investigaciones Periodísticas en la denuncia de temas que —hasta antes de sus 9 años de existencia— parecían vetados.

En medio de este escenario, acelerada y de coqueto vestido negro, aparece Mónica González. Pelo rubio, poco maquillaje, intensos ojos celestes. Aguda, de energía incombustible, fuma casi sin parar mientras su celular va acumulando llamadas perdidas y mensajes de Whatsapp. Eso mientras que el último reportaje del medio que dirige —sobre los bienes de Lucía Pinochet— enciende las redes sociales. La familia del dictador fue una de las obsesiones de esta periodista y así queda claro en Apuntes de una época feroz, reportajes y entrevistas en dictadura (Hueders), una selección de su trabajo en Cauce (enero-septiembre de 1984), Análisis (1985-1990) y el diario La Nación (1990-1993). Una treintena de textos que realizó luego de once años de exilio en Francia y que retoma, era que no, con la investigación sobre la lujosa mansión que construía la familia Pinochet en Lo Curro justo en plena crisis económica. Resultado: el dictador debió echar por tierra sus planes de habitar la mansión.

Instalada en su escritorio con vista a José Miguel de la Barra, Mónica González asevera: “Con Pinochet se inició la corrupción en Chile”. Corrupción que hoy tiene por resultados los casos de colusión y financiamiento político irregular que acaparan los titulares y la indignación ciudadana, desde el rol y acciones cometidas por varios ex discípulos y admiradores de la escuela económica de Chicago (como Eliodoro Matte, Carlos Alberto Délano y Carlos Eugenio Lavín) pasando por Ponce Lerou, yerno de Pinochet, quien financió a casi todo el espectro político, incluida a la propia Concertación.
Hija de padre ferroviario y madre dueña de casa, Mónica se crió en Estación Central. “Estudié en un liceo con número. Mi vida es la de cualquier persona normal. Una época muy sana, linda, plena, con amigos maravillosos”.

Tenía 12 años cuando su padre murió entre las vías del tren, tema del que ella prefiere no hablar. Se criaron solas con su hermana y su mamá, aunque eso no cambió un ápice su carácter intenso: a los 14 entró a militar a las filas del PC y a los 18 nacía su primera hija.
Una escena estremecedora emerge con la imagen de una joven rubia, a punto de parir en la sala de maternidad del Hospital del Salvador. “La joven camina por un pasillo de baldosas frío y tétrico, hasta el baño. Con dolores profundos y desgarradores que le atraviesan el vientre, sufre deseos incontenibles de expulsar todo lo que lleva en su interior. La muchacha no alcanza a llegar al baño. La vergüenza y el dolor provocan un llanto angustioso de la parturienta”. La reacción airada de la auxiliar que la maltrata verbalmente y la muchacha que le propina una sonora cachetada.
“Esa parturienta era yo. Fue mi primer trabajo firmado para la revista Ahora (1971)”. El texto le valió su primera querella. “Fue una comparación entre el parto de mi primera hija —donde no teníamos dinero—, y la segunda, en una clínica. La diferencia fue brutal. Pero vengo de una escuela donde uno no es protagonista, así que no dije que era yo. Entonces el director del hospital, cuando vio el libro de partos, me dijo: “Cómo fue tan irresponsable de venir aquí. No sabe los animales que llegan a parir a este lugar…”.

Mónica no oculta —ni pretende hacerlo— que viene del pueblo. “En una época en que a la gente le encanta esconder su origen popular, para mí es un orgullo. Ahí aprendí principios, lealtades. Creíamos que cambiaríamos el rostro de miseria del país. Pero nos quemamos las manos. Por eso me da rabia que, luego de que en dictadura denunciamos los crímenes y los negocios, me califiquen de conflictiva: ‘Ella no, que es comunista, dice lo que piensa…’ como si eso fuese algo terrible. No tengo que dar pruebas de blancura, en cambio hay otros que transitan por la vida haciendo grandes concesiones, renuncios, cobardías”.

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—¿Gente de la política, del periodismo?
—De todos lados (dice sin ganas de dar nombres). Y no es sólo un mal nacional: se da en todos los países. Pero aprendí a conocer y a amar a un chileno del cual me siento parte y que tiene características y una idiosincrasia bien especial; no se creen el mejor en nada, aunque se saben poseedores de condiciones y valores especiales. Que cuando estamos en lo mejor saboreando un gran festejo, justo viene un terremoto, un maremoto, una inundación.

—Eso en contraste con un país consumista, donde se cree que el que hace pillerías gana… Da la impresión de que ese chileno que usted describe existe sólo en libros como Apuntes de una época feroz.
—Por suerte esa época se acabó. Habría dado cualquier cosa por no haberla vivido. Aunque también tienes razón: en ese período pudimos conocer lo mejor y lo peor de nosotros. Por eso me hizo tanto sentido cuando el Presidente Sebastián Piñera habló de los cómplices pasivos.

—Hoy él es investigado por triangulación de platas políticas, y no se ha pronunciado.

—Con LAN fue lo mismo. Aunque no está sólo él: la UDI también está herida en su esencia porque además de recibir platas irregulares influyó en la confección de leyes para favorecer a empresarios. Así con casi todo el abanico político. Y si miramos un poco más al lado, el Ejército está con un fraude de enormes repercusiones; en la Iglesia hay arzobispos que se confabulan, a lo que se suman los casos de corrupción entre empresarios y colusión.

—Eso mientras en la calle la gente se esfuerza y trabaja sin descanso para cambiar de auto, de casa. Y vuelta a endeudarse…
—Esa fue la revolución de Pinochet: cambió nuestros parámetros. Es el resultado del modelo exitista: un Chile endeudado, arribista, donde la plata dulce se lo come todo.

—Aunque también da la sensación de que la elite se está desmoronando.
—Pero no te olvides que el vacío que deja una elite lo llena otra. Y una defensa está en reconocer tus orígenes. A mí nunca me ha interesado pertenecer al poder. Lo que me hace feliz es tener plata para ir a La Vega, comprar cosas ricas, preparar una comida exquisita para mis amigos y mi familia, reírme, cantar, bailar, contarnos las penas.

—¿Y el amor?
—¡Por supuesto! Si yo no soy una extraterrestre (sonríe coqueta).

Pero de amores no larga prenda así es que retoma sus reflexiones. “Estamos en un punto de inflexión, y eso es lo que me preocupa. Si permitimos que esta suerte de pacto tácito entre la Fiscalía y el SII sepulten el Caso Caval, y nos quedamos sólo con Penta y SQM, será la consagración de la impunidad”.

—¿Qué rol debiera jugar Bachelet?
—Esto no es para un Batman y una Superwoman. Es la sociedad la que debe involucrarse. La transparencia no debe ser solo para los discursos o para que discutamos en la sobremesa. La información y la transparencia son para mejorar las políticas públicas, para eliminar los focos de corrupción, para crear instancias de fiscalización idónea; si no, seremos nosotros los que nos haremos el daño.

—¿Qué siente al ver que a través de Ponce Lerou hubo políticos de la Concertación que se beneficiaron económicamente?

—Me da asco.

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—¿Se lo esperó?
—Honestamente, no. Pero en algún momento algo nos pasó. De repente siento que hay un grupo de gente que vive en un limbo, en una burbuja… La gran gracia del país en el que nací es que en el Congreso había obreros, diputados y senadores que seguían viviendo en su población; no cortaban el contacto con la gente. Tampoco me olvido de todos aquellos amigos y gente maravillosa que conocí y que murió luchando por sus convicciones democráticas. Perdimos a dos generaciones de gente maravillosa y tal vez ese fue el costo, pero ¿cómo pudimos haber convertido la política en esto tan sucio, cuando el camino fue tan arduo, con tantos muertos?

—Tampoco se revisaron a conciencia las privatizaciones que se hicieron en dictadura. ¿Hubo un pacto?

—Existía mucho miedo, pero fue un grave error; haber aceptado como piedra angular de la nueva democracia el no revisar ninguna privatización so pena de que volvía el autoritarismo y que Pinochet saldría con sus soldados a la calle, no sólo fue una mentira, sino que también un grave error, porque la corrupción que estamos viviendo hoy nace ahí.

—Hoy Ponce Lerou es uno de los seis hombres más ricos de Chile. Su fortuna está ahora en las Islas Vírgenes a nombre suyo y de sus cuatro hijos, todos nietos directos de Pinochet.
—El pulpo Soquimich metió sus tentáculos en todos los sectores. Pero no fue el único. ¿De dónde sacó su fortuna el señor Matte? ¿Cuánto incrementó sus negocios él y varios de los dueños de los principales grupos económicos del país? El subsidio del Estado siempre estuvo presente, la teta no la han soltado jamás. Ahora sería bueno que viéramos el mapa de una manera distinta, sin caretas, donde el propio Estado ha subvencionado y provocado esta concentración de la propiedad y que es una vergüenza junto con la desigualdad y la distribución de la riqueza. Es la gran roca que no hemos podido permear en 25 años de democracia. ¿Por qué? Porque estos empresarios cooptaron al Estado y a buena parte del espectro político, al amparo de la Concertación. Tendremos que revisar todas las leyes y analizar con lupa cada letra chica, desde la ley de pesca, el Código de Aguas, pasando por una nueva nacionalización de la minería.

—Para algunos se trata de una idea pavorosa, aun dentro de la Nueva Mayoría.

—No nos olvidemos por qué fue el golpe de Estado: porque Allende se atrevió a nacionalizar el cobre. De no haber sido por eso, no tendríamos los recursos para financiar políticas públicas, salud, educación.

—¿Existe el coraje para revisarlo todo?

—De mi parte por lo menos sí. O mejor me voy a hacer mermeladas a mi casa. Los periodistas aquí somos esenciales.

—Usted ha reconocido a Alvaro Saieh (dueño de Corpbanca y Copesa) como el financista de Ciper. Sin embargo, ¿nunca ha tenido conflictos con que se trate de un Chicago boy?

—Desde que nació Ciper en 2007, una de las decisiones editoriales fue no esconder jamás nuestro origen, y en todo este tiempo Saieh nunca ha intervenido en nuestra línea editorial.

—¿Conversan, se juntan, discuten?
—Muy poco, pero lo hemos hecho. Por supuesto no tenemos ninguna concordancia ideológica. Pero le voy a estar eternamente agradecida por habernos dado la libertad editorial para atacar al sistema que él mismo propició.

—¿Y si la oportunidad se la hubiera dado Agustín Edwards?
—Mi respuesta habría sido que no; hay una diferencia fundamental: no voy a olvidar jamás que él se fugó de Chile cuando asumió Salvador Allende y se puso al servicio del Departamento de Estado norteamericano, de la CIA y de una máquina de terror y muerte. Yo con un hombre así no voy ni a la esquina. Hay principios que no se transan.