La tensión se hizo sentir desde el primer instante en que Evo dijo que sí y confirmó su presencia al acto de cambio de mando del próximo 11 de marzo. Nada peor que una situación como ésta para reavivar conflictos.

Con la efervescencia de un sector que no puede contener su alegría ante la oficialización de un nuevo signo político y el estrés de los otros —los vencidos— que deberán convertirse —ahora sí— en la nueva minoría. Cosa de imaginar a Michelle Bachelet nerviosa al entregar por segunda vez la banda presidencial a Sebastián Piñera. A Heraldo Muñoz, su fiel canciller, ajustándose con crispación la corbata. A Piñera estirando una y otra vez el cuello de su camisa. Y ahí, acaparando los reflectores, Evo.

Como esos invitados que a nadie le gustan pero que es obligatorio (porque así lo dicta el protocolo) participar. Ni paracaidista ni convidado de piedra, su presencia resulta indigesta en especial ad portas de los alegatos de La Haya, este 18 de marzo. Evo, fiel a su estilo efectista ya adelantó que mandó a confeccionar la bandera más grande del mundo: 70 kilómetros de tela —en su mayoría azul como el mar— que ondearán mientras Chile y Bolivia se ven las caras en Holanda. El como nadie sabe manejar los golpes comunicacionales, y su presencia en Chile le cayó casi como un regalo cuando su evaluación según las encuestas se encuentra en su peor momento y él, ironías de la vida, lo que menos quiere es un cambio de mando y más bien aspira a perpetuarse ad eternum en el Palacio Quemado.