Los seis meses que pasó en Francia en un tiempo sabático que no lo fue tanto, no lo desconectaron de la contingencia chilena. Mal que mal, Eugenio Tironi no sólo es un apasionado del estudio de las personas y los fenómenos sociales, sino que también vive de ellos. Es presidente ejecutivo de Tironi Asociados, donde después de un profundo proceso de restructuración en 2013, pasó de tener el 80 por ciento de la propiedad a un 10 por ciento, mismo porcentaje que tendrá de ahora en adelante un grupo de ejecutivos que les pagarán a él y a otros socios antiguos en un plazo de 10 años, según las utilidades de la propia empresa. En otras palabras, socializaron la propiedad de la consultora. “Hay que predicar con el ejemplo”, explica, porque Eugenio Tironi está preocupado de la igualdad, que en su caso no se refiere a las oportunidades, sino derechamente a que todos tengan más o menos lo mismo.

En París hizo clases en el Instituto de Altos Estudios en América Latina, dependiente de la Sorbonne Nouvelle, donde dictó un curso sobre felicidad en América Latina y otro sobre comunicación política. A fines de abril, en tanto, publicará un nuevo libro, que se llamará Anti-Modelo. Cómo la ciencia y los expertos pueden minar la democracia y ahogar a la empresa. Lo viene trabajando desde hace varios años y será una suerte de resumen de los mundos por los que este sociólogo, ex mapu y actual empresario-asesor de empresarios, además de ‘opinólogo’, navega desde hace dos décadas y que lo convierten en un espectador y analista privilegiado para los tiempos que corren, donde la mezcla entre la empresa y la calle está dando una nueva forma a nuestra democracia.

—¿Se puede construir relato a partir de obras y no de una ideología?

—Las ideologías están más vivas que nunca. El hecho de que un gobierno no precipite al país en una crisis económica, mantenga el orden público o incremente la ayuda a los grupos más vulnerables es algo obvio y no logra configurar un elemento distintivo, que es lo que hace el llamado relato. Si el ex Presidente Piñera creyó que iba a lograr que la gente se identificara con su gobierno a través de las puras realizaciones de éste, estaba en una parada bastante troglodita, porque es de marketing básico saber que gran parte del valor de las obras tiene que ver con lo que ellas simbolizan.

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—¿No era movilizadora la idea de alcanzar el desarrollo con énfasis en lo social y sin poner en riesgo el libre mercado?

—Es lo mismo que antes hicieron Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet. Creo que Piñera estuvo pololeando con ciertos relatos, el primero de los cuales fue la famosa ‘nueva forma de gobernar’, que era introducir la lógica de la competencia de la empresa privada en la gestión del Estado y preferir de manera consciente a gente de negocios  por sobre los políticos. Piñera era una suerte de garantía de que el Estado iba a funcionar o volar como los aviones de Lan y fue esta oferta la que en definitiva le permitió ganar.

—Dentro de lo razonable y con un terremoto a cuestas, se cumplió con muchas de las  transformaciones que se prometieron. ¿Por qué la gente dejó de entusiasmarse entonces con ese relato?

—Primero que todo, porque el Estado no voló. Para poder ser elegido presidente, Piñera colocó mucho sobre la mesa y de cierta manera ganó sin tener la mayoría, con un MEO que le comió un 20 por ciento a la Concertación. Se presentó como de centro con un alto perfil empresarial y que podía llevar a Chile a ser líder mundial, frente a una clase política desgastada simbolizada en Frei.

—Curioso que la mayoría haya comprado esa idea siendo que siempre ha existido en este país una suerte de resistencia histórica a los empresarios y a los ricos…

—El clima de la población es muy errático. Sarkozy, por ejemplo, fue elegido con el mismo discurso de Piñera, un tipo joven y decidido, que iba a acercar Francia a Estados Unidos para olvidar a la vieja Europa, también rodeado de gente con mucho dinero que venía del mundo privado. Después de cinco años los franceses votaron por la antítesis de Sarkozy, porque Hollande es un hombre criado en los círculos de la política y de cierta manera ‘muy normal’, igual que Bachelet. Cuando uno ve a la Presidenta da la idea de que después de una sesión de gabinete está lateada o apurada por irse a hacer las compras porque es el día de la verdura. Y eso es lo maravilloso que tiene. Lo que la gente vio en Piñera se esfumó casi inmediatamente, porque era muy frágil. Cuando se deposita el deseo de cariño en obras y en resultados se está corriendo un riesgo muy alto, porque son deseos medibles e insaciables. Por eso lo mejor es levantar una suerte de épica hacia algo más colectivo, intangible y trascendente, que no es el desarrollo, sino conceptos como la igualdad, la justicia, la fraternidad o el mundo libre, la Francia de De Gaulle, algo que entronca con la historia y con el futuro. Piñera no tenía nada de eso.

—¿No hubiera sido más épico, transparente y acorde con su sector político levantar las banderas de la libertad individual como principio rector, idea que hizo que los republicanos volvieran al gobierno con Reagan después de años de derrotas?

—Si lo hubiera hecho así no habría ganado ni por asomo. Los republicanos están viviendo en Estados Unidos el mismo drama que enfrenta la derecha chilena, porque ese paradigma está hoy sobrepasado en todo el mundo.

—¿Estuvo bien entonces que la derecha renegara de los principios que le son más propios o esto le pasó la cuenta?

—Es que Piñera no fue electo con un discurso de derecha y no es una persona de derecha. Piñera es rico, muy rico, multimillonario, pero no es de derecha. El dijo muchas veces que personifica una nueva derecha y esto también lo presentó como uno de sus logros… Pero no fundó una nueva derecha, la destruyó. Su nueva derecha es solamente Sebastián Piñera. La derecha tradicional chilena, conservadora, más bien religiosa, nacionalista, con una idea muy presente de la familia y un cierto apego a la cultura rural y con un orden social jerarquizado, ese talante conservador que le hace bien a la sociedad que exista, se pulverizó con Piñera.

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—Si la coalición estaba tan encantada con el poder, ¿por qué da la impresión de que no le hizo las cosas fáciles al gobierno?

—Aparte del libro de Jovino Novoa, que fue como el canto del cisne, nadie levantó una visión alternativa a la de Piñera y cuando los grandes caciques de la UDI entraron al gobierno para enmendar el rumbo, terminaron enamorándose del Presidente. La derecha se entregó con los brazos amarrados; Chadwick, Longueira y el propio Allamand tuvieron una verdadera epifanía en La Moneda. La fascinación por el poder fue más fuerte que las convicciones y terminaron sin poder y sin convicciones, sólo con el presidente. El gran drama de esto es que la derecha sin Piñera no puede gobernar.

—¿A Piñera sólo lo anima el poder?

—Nadie llega a ser presidente si no hay ambición o ego, pero tampoco solo por eso; se requiere el concurso de muchas personas y un proyecto. Piñera representa a una generación que aprovechó la transición para incrementar en forma estratosférica su patrimonio y red de negocios. Entraba y salía de la política como de los negocios, compraba barato y vendía caro y de repente vio que se le presentaba la gran oportunidad cuando Lavín se vino abajo y le pegó el zarpazo final. El que ganó el gobierno fue Piñera, no la derecha, ni la patrulla juvenil, ni RN o la UDI; fue un grupo de hombres de negocio y digo hombres porque todos son hombres… Es el famoso tercer piso.

—¿Podría repetirse el fenómeno el 2017?

—El carisma empresarial que tenía valor hace cuatro años hoy es un pasivo. Cuando él dice que va a dedicarse a una fundación, que yo asumo que financia él, y se va a Tantauco con todos los ministros, pasea en helicóptero, dice que irá al Mundial y a las Olimpíadas y que no se va a dar la lata de meterse en clubes de ex presidentes, y al lado se ve a Bachelet, que es como uno, lo más lejos imaginable a este señor multimillonario, la asintonía que plantea Piñera con el Chile de hoy es total. Cuando aparezca en la tribuna del estadio Maracaná con toda la familia y sus amigos, no creo que lo vean con simpatía. El mundo ha cambiado demasiado; es muy complicado llevar vida de magnate y presentarse como cruzado de la igualdad.

—¿Más que un discurso pro igualdad de oportunidades, hay espacio en Chile para uno derechamente igualitario?

—Es así en todo el mundo, no sólo en Chile. El tema de la desigualdad y la brecha entre los ricos y pobres está presente de forma dramática en China, Rusia, Estados Unidos, Europa, India, donde se quiera mirar. No es odio de clases, sino rechazo hacia una elite económica que concentra una cantidad de poder monetario, cultural y político impresionante. Esto se ha acentuado por efecto de la globalización y hoy la industria del lujo es tal vez la más poderosa.

—La gente ve que se puede avanzar y ya no se contenta con lo que tiene, ¿el sistema de libre mercado se dispara a sí mismo?

—Por supuesto, y a eso se suma que hay niveles de riqueza como nunca antes en la historia. Para entrar a las tiendas de lujo en París hay que hacer colas de una cuadra. Chile está lejos de ser el caso más extremo y creo que todavía hay un cierto decoro; la gracia es que nos escandaliza y es un tema de políticas públicas.

—¿No está de acuerdo con las voces que sentencian el fin del Estado benefactor?

—Eso es una caricatura, pequeños recortes por aquí y por allá. Es un hecho que la tendencia en todo el mundo es salvar las diferencias y proveer desde el Estado beneficios en favor de los más desposeídos. Esta discusión se zanjó en el propio gobierno de Piñera, porque no redujo ni un milímetro la cuota de beneficios, sino que más bien los incrementó, aumentó los fiscalizadores, los impuestos, las regulaciones, todo.

—¿Es la igualdad un bien en sí mismo?

—Para entender el concepto de igualdad me remito a las enseñanzas de Jesucristo y lo que ha dicho la Doctrina Social de la Iglesia y este Papa; no se habla de igualdad de oportunidades, sino de una igualdad esencial como seres humanos y una responsabilidad del Estado de garantizarle a todas las personas el acceso a los bienes básicos que los hacen humanos. Eso es todo.

—Pero pueden estar todos con sus necesidades básicas satisfechas y aun así haber enormes diferencias entre ricos y pobres….

—La brecha es una agresión, un acto de violencia y sí importa que algunos coman porotos y otros filete, no es un asunto baladí, porque es una provocación y muestra que no somos hermanos, porque los hermanos comen lo mismo. Esa idea de la igualdad de oportunidades y de la parábola de los talentos, que se interpreta muy mal además, es una falacia y la legitimación de la desigualdad.

—¿Cómo se logra en la práctica que todos tengan los mismos bienes y recursos?

—Cobrando más impuestos, y si eso significa que algunos no van a poder renovar el Porsche cada año, qué pena por ellos. Es una utopía esperar acabar con todas las brechas, pero sí debiéramos aspirar como sociedad a no tener un régimen de desigualdad tan fuerte como el actual.

—¿Cómo ve a este gobierno concretando ese ideal ante el poder de la calle?

—Siempre han existido presiones, lo que pasa es que antes venían de la elite y había que mirar las caras en CasaPiedra; en buena hora que apareció la calle, porque quiere decir que nos hemos democratizado y hay que estar atento también a las voces de la Alameda, Aisén o la Araucanía. Es obvio que las cosas están más difíciles, porque gobernar en democracia requiere mucho arte, pero vimos una muestra cuando Bachelet se abrazaba con Isabel Allende en el Congreso. Si antes fue la nueva forma de gobernar, ahora es la vieja forma de gobernar, porque Bachelet se trajo a gente con trayectoria en política y yo veo bien aspectado a este gobierno. La famosa calle es de pronto un tigre que ruge mucho, pero que araña menos de lo que se piensa y si no botó a Piñera menos lo va a hacer con Bachelet.

—¿No hay pérdida de legitimidad del sistema cuando la agenda la marca la calle?

—En Chile tenemos una situación muy excepcional. No conozco otro lugar en el mundo donde haya existido una rebelión popular tan extendida como la que tuvimos entre el 2010 y 2012, y que ahora tenga sentados en el Congreso apostando por el juego institucional y jurando por una Constitución que muchos consideran ilegítima, al líder de la rebelión de Aysén y a los dirigentes estudiantiles. Esto es realmente extraordinario y por eso no tengo miedo al futuro.

—¿Cómo asume el eventual conflicto de interés al hablar sobre la brecha entre ricos y pobres o la falta de altura moral de políticos y empresarios pro Pinochet, siendo muchos de ellos sus clientes?

—Soy el mismo en todos los campos que me muevo, no tengo ciertas opiniones en privado y otras en público en función de mi cuenta corriente y no tengo ninguna censura para emitirlas, ni practico el cinismo. No creo que el hecho de haber participado en el régimen militar sea un problema moral; el derecho humano número uno es poder ser pecador y no voy a juzgar a nadie por haber pecado, porque yo también soy pecador. En el otro aspecto, no participo ni convivo con actitudes de rico, no me gusta y la gente con la cual trabajo me conoce. Lo que me atrajo de incorporarme al mundo empresarial fue entrar en lo que para algunos es el mundo del pecado y en esto soy como jesuita, me gusta estar entre pecadores. Eso no significa que esté dispuesto a pagar el peaje de renunciar a mis valores o estilo de vida y tampoco nadie me lo ha exigido, lo que habla bien del país y del mundo empresarial.