El anuncio promocional del programa Estamos Invitados, subraya la idea de una conversación íntima, la promesa que se dirán cosas nuevas. “Porque hay cosas que sólo se cuentan de noche”, dice el propio Mario Kreutzberger en el spot. En aquel anuncio, el animador irrumpe en un enorme bar con aires sofisticados, en donde se suceden primeros planos de copas de martini, un bartender de buen ver y las piernas de una mujer sentada en la barra. Una voz en off anuncia que los invitados a conversar en el nuevo programa contarán incluso aquello que no se atreverían a decirle a su sicólogo. Esa es la promoción, o sea la fantasía de una fantasía, ofrecida en un celofán colorinche y crujiente que trae de vuelta a la principal figura de la televisión chilena. El problema es que la promesa dista mucho de la realidad. Demasiado.




Bastó tener al primer invitado para darse cuenta de que la artillería de preguntas no distaba mucho del tono de aquellos cuestionarios habituales de Noche de Gigantes, el primer ensayo de late show de nuestro medio conducido por Don Francisco, un calco del modelo norteamericano adaptado a las restricciones de la audiencia dócil y pacata de los ochenta. En el primer capítulo de Estamos Invitados el actor Jorge Zabaleta debió responder a todos los clichés habituales que durante décadas caracterizaron las entrevistas de Don Francisco y que parecían satisfacer las ansiedades de la época, muy diferentes de las actuales. El animador incluso hizo la más clásica de las preguntas a las estrellas de telenovela, aquella que interroga a los actores sobre los besos en pantalla, la disposición de la lengua y la posibilidad de sufrir algún entusiasmo durante la escena romántica. La frescura prometida no era tal. Quizá la escenografía variaba, pero el ánimo y la posibilidad de que la conversación fluyera más allá de las risas nerviosas y cierta sensación de pánico al vacío, se instalaba en el ambiente.




El esfuerzo de la producción por reunir entrevistados diversos, con atractivos particulares termina diluyéndose desde el momento en que las promesas se rompen: la primera de ellas tiene que ver con el anuncio de una conversación nueva que no es tal, la segunda es la instantaneidad fingida con el uso de las redes sociales. La decisión de incluir a una encargada de leer los tweets es sencillamente un engaño: la interacción vía Twitter es nula, porque el programa es grabado y los mensajes que se muestran en pantalla no son la reacción a lo que están transmitiendo en ese momento.




La tercera y quizá más imperdonable de las faltas, es hacerle creer a la audiencia que el animador está al tanto de los detalles de los personajes, que fue él quien quiso invitarlos, que el propio Don Francisco sucumbió ante el video de la niña de Coronel que pedía audiencia con la Presidenta. La simulación innecesaria sólo termina agravando la falta de sinceridad de una propuesta que no tiene necesidad de pretender ser otra cosa: un programa de entrevistas del animador más importante de nuestro medio. La pregunta es si las nuevas generaciones, aquellas que no crecieron con Sábado Gigante y conocieron los late shows extranjeros antes que los locales, encontrarán en el estilo de entrevistas de Mario Kreutzberger una fuente de entretenimiento lo suficientemente atractiva, como para sintonizar su programa en horario nocturno y pasar por alto que se les trate de pasar gato por liebre.

Comentarios

comentarios