Para el filósofo Michel Foucaultla escritura no se trata de darle una segunda vida a las cosas representadas. El acto de escribir está profundamente ligado a la muerte. Del mismo modo en que su padre cirujano utilizaba el bisturí para abrir cuerpos y hacer autopsias, él considera la pluma su herramienta para explorar ese aliento vital que ya no está. 

En Taxidermia, la nueva novela de Alvaro Bisama editada por Alquimia, es esa vida dudosa que depende de un formato y no de un cuerpo la que se mira con la misma delicadeza que dedicaría un taxidermista a trabajar con los cadáveres de los animales que pretende conservar. En la novela, un cineasta se ha dado la tarea de contar la vida de un dibujante de cómics que terminó colgándose del palto de su casa. Para esto sólo posee algunos recuerdos de un pasado común en la universidad, diversos VHS donde quedó registrada su figura y un baúl donde el ilustrador guardó sus cómics. En ellos se repiten las imágenes de hombres sin rostro, con la cara vendada, o con el gesto escondido tras una deformación. El ejercicio resulta en una serie de fragmentos y páginas con manchas de tinta que se asemejan a la nieve que se ve en los televisores cuando no se consigue la señal o cuando la cinta de VHS se ha borrado. 

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La reconstrucción de una historia que ocurre en los márgenes del gran relato nacional se vuelve un acto complicado que debe sortear el desgaste de los formatos perdidos y la dificultad de acceder a ellos, donde los recuerdos se han convertido esas manchitas de tinta: apenas pedacitos de recuerdos que alguna vez fueron completos.

El nombre de la novela se hace elocuente: el oficio de disecar a los animales implica trabajar con un cuerpo inerte y tratar de frenar o disfrazar la descomposición en él. Sabemos que los animales disecados están muertos, pero lo que se admira es el gesto vivo capturado. La imagen audiovisual produce el mismo efecto: el presente pierde esa capacidad de desaparecer en el instante para quedar registrado en un formato reproducible tantas veces como se pueda apretar Play. Y el acto se vuelve perverso; la vida se indaga en el mismo momento en que se vuelve confusa ante la conciencia de su finitud. Como dijo Foucault, “ese punto de vista de los otros donde su vida se hundió en la muerte es para mí el lugar de la posibilidad de la escritura”.