“Yo escuchaba que Cristina gritaba y gritaba, entonces Néstor apareció enojado. Le pregunté qué le pasaba y me dijo: ‘Es bipolar’. No es un menoscabo, es un problema de salud. Ella es una persona muy capacitada para el discurso, es brillante, siempre lo ha sido. Lo que no tiene es preparación para la toma de decisiones porque nunca lo ha hecho. El que sabía era Kirchner, más allá de que uno pudiera estar o no de acuerdo”.

La confesión pertenece al ex Presidente Eduardo Duhalde. En ella entrega íntimos detalles de un encuentro con el entonces mandatario Néstor Kirchner, quien en esos momentos evaluaba presentar a su mujer como candidata a sucederlo.

Este es uno de los primeros indicios que recoge Nelson Castro en su libro Secreto de Estado sobre el trastorno bipolar que afectaría a la Jefa de Estado argentina. “Una de las cosas que busco es generar polémica”, sostiene el médico y periodista reconocido por sus fuertes críticas a los turbulentos años del kirchnerismo. El texto apunta a esclarecer un mito popular, instalado sobre todo en sectores de la oposición trasandina, que habla de ciertas alteraciones psiquiátricas de Cristina Fernández.

Como era de esperar, el libro causó el rechazo de la Casa Rosada. En una de sus tantas cadenas nacionales, la Presidenta se dio el tiempo para aclararlo: “Los bipolares son enfermos que tienen una gran dosis de inteligencia y que tratados con su medicación son excelentes. Dicen que Einstein era bipolar ¿no?, mirá vos… lo lamento, podría parecerme a Einstein pero no soy bipolar”.

“No lo digo yo, lo dicen sus médicos”, asegura Nelson Castro, quien contó con los testimonios del círculo más íntimo del doctor Alejandro Lagomarsino, una eminencia de la psiquiatría argentina que habría tratado a Cristina antes de fallecer en 2011. “Indican que sus conductas, tanto las públicas como las privadas, son producto de cinco factores: la bipolaridad, el stress, la atrofia frontal, el narcicismo y el síndrome de Hubris”.

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Este último es conocido como “la enfermedad del poder”. Se trata de un trastorno de personalidad transitorio caracterizado por la desmesura y la pérdida de la perspectiva de la realidad. Margaret Tatcher, Hugo Chávez y George W. Bush lo habrían padecido.

Para llegar a estas conclusiones, Secreto de Estado hace un exhaustivo análisis a las apariciones públicas de la Presidenta. “Son una apología del yo, todo el tiempo habla de sí misma. Además son una muestra de una visión muy particular de la realidad donde ignora y pocas veces habla de problemas. Las cadenas nacionales terminan siendo una excusa para que ella exprese su opinión, forman parte de un modus operandi de gobernar para descalificar a los opositores”.

—¿Usted cree que Cristina Fernández tomó decisiones en un estado de alteración evidente?

—Es probable. Cuando uno ve las apariciones públicas de la Presidenta, los síntomas son totalmente compatibles. El síndrome de Hubris tiene como característica que la persona que ejerce el poder se cree el centro de atención y de la historia. Piensan que las decisiones que toman son siempre las mejores, descree de las opiniones críticas, las menosprecia y toma acciones en base a su idea de lo que es la realidad, sin medir las consecuencias negativas que tiene para la gente. Por ejemplo en Argentina, el cepo (nombre que recibe el control cambiario que impide el libre acceso a moneda extranjera).

La publicación sugiere que la mandataria alguna vez fue tratada con medicamentos para controlar sus repentinos cambios de ánimo. Médicos de su círculo más íntimo habrían recomendado recurrir al ácido valproico. Una fuente del libro que prefiere mantenerse en reserva dice: “Yo creo que esa medicación para una personalidad como la de Cristina funciona como un dique de contención muy valioso. Porque aparecen la elación, la grandiosidad, la sobreestimación que, en el marco de una persona sin duda inteligente, es una combinación peligrosa”.

El ex Presidente norteamericano Ronald Reagan alguna vez respondió que renunciaría a su cargo si su salud mental declinase, mientras los mandatarios franceses George Pompidou, François Miterrand y Jacques Chirac enfrentaron fuertes encrucijadas a la hora de informar los males que los aquejaban. Secreto de Estado recoge estos ejemplos, algunos de ellos debidamente informados a la opinión pública, y ahonda en las enfermedades que han afectado tanto a Cristina Fernández como a su difunto marido, Néstor Kirchner. “La salud de un presidente es una cuestión de interés público en la que no se debe guardar silencio”, afirma tajante Castro.

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El caso más llamativo es quizás el cáncer de tiroides que se le diagnosticó a la Presidenta en diciembre de 2011. El anuncio provocó alarma tanto en Argentina como en la comunidad internacional. La tiroidectomía realizada el 4 de enero de 2012 fue todo un éxito, sin embargo, la sorpresa llegaría después. “El estudio (…) descartó la presencia de células cancerígenas, modificando el diagnóstico inicial de la punción”, rezaba el comunicado del gobierno días después de la intervención.

El error provocó la indignación de varios dirigentes políticos junto con poner en duda la reputación de la medicina argentina. Con el tiempo, la Casa Rosada no se refirió más al tema.

A pocas semanas de entregar el mando, pocos se atreven a aventurar cuál será el destino político de la mandataria. Mientras algunos estiman que se recluirá por un tiempo en su casa de la sureña provincia de Santa Cruz, otros consideran que seguirá muy presente en la contingencia trasandina.

“Va a ser duro para ella el llano. Su gran motor cuando deje el poder va a ser volver al poder. Toda la energía va a estar puesta en eso. Me parece que va a ser el motivo fundamental de su vida desde el 11 de diciembre en adelante. La posibilidad de que Cristina vuelva depende del éxito del futuro gobierno. Esa es la apuesta, así de claro, así de patético”, argumenta Castro.

La Presidenta deberá afrontar cuatro años en los que, gane quien gane, el kirchnerismo dejará el sillón de la Casa Rosada. El candidato oficialista Daniel Scioli mantiene profundas diferencias con los más acérrimos militantes K, mientas el segundo candidato en discordia, Mauricio Macri, ha sido históricamente sindicado como la antinomia del modelo impulsado en la última década.

“El peronismo no quiere al kirchnerismo y Cristina no está haciendo mucho para que gane Scioli. Va a ser criticada si pierde. Además, sabe que si Scioli gana y le va bien, ella no vuelve más, y cree que si gana Macri ella puede volver. Va a ser difícil. El peronismo le va a facturar esa derrota”.

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—¿Están las condiciones dadas para que el presidente que venga pueda tener un gobierno exitoso?

—Es un futuro inmediato difícil, porque el ajuste económico lo va a tener que hacer cualquiera que venga. Yo espero que superado eso, pueda venir un gobierno que dialogue con todos los sectores, que no se crea que es el dueño absoluto del poder y que trabaje en pos de reconstruir la república.

—En las últimas semanas ha existido una campaña que busca atemorizar a los votantes de Macri diciéndoles que su elección significaría la vuelta a los noventa neoliberales de Carlos Menem. ¿Existen diferencias tan antagónicas entre el candidato del gobierno y la oposición?

—Los dos van a tener que hacer más o menos lo mismo. Los dos deben levantar el cepo, los dos deben producir una alteración de la estructura impositiva del país, los dos tienen que generar confianza para atraer inversiones. La diferencia es si uno lo va a hacer gradualmente o el otro en estado de shock. Nada más.

—La historia dice que ningún gobierno no peronista desde la creación del peronismo ha podido terminar su mandato. ¿Cree que este es un karma que le podría jugar en contra a Macri?

—La Argentina tiene un desafío. Hasta que no haya un gobierno no peronista que gobierne bien, la esencia de la democracia, que tiene a la alternancia como un instrumento fundamental, va a estar dificultada. Mientras eso pase, el país va a estar muy dominado por el unipartidismo del peronismo y eso siempre es malo. Hoy el peronismo ya no es una ideología, es una metodología de ejercicio de poder según el cual se construye poder a partir del Estado.