Francisco Vidal pasa por días extraños. Por un lado le pareció acertada la decisión de la Presidenta Bachelet de efectuar —de una vez por todas— un cambio de gabinete. Sin embargo, le dolió ver caer a Rodrigo Peñailillo, de quien es muy cercano, tanto que se le considera uno de sus ‘padres políticos’. Fue él quien advirtió que la vieja guardia de la Concertación —léase Viera-Gallo, Pérez Yoma, Insulza, Martínez—, no descansaría hasta ver fuera al ex titular de Interior. “Y lo consiguieron”, dice después de ver confirmado su pronóstico, sentado en la terraza de la Fundación Chile 21 mientras fuma un cigarrillo tras otro, como en sus tiempos de vocero, cuando se despachaba dos cajetillas diarias. Claro que ahora Vidal vive las tensiones desde afuera, siguiendo atento los pasos de Nicolás Eyzaguirre, de quien es muy amigo; y de Michelle Bachelet, como uno de los pocos que conforman su círculo íntimo. De ahí que no tema afirmar que a la mandataria “le costó sangre, sudor y lágrimas sacar completo al gabinete político, más Arenas”. Decisión que, sin embargo él justifica. “Comparto el diagnóstico de la Presidenta; estamos tocando fondo”, declara después de las lapidarias cifras de la última CEP —que catalogó por el suelo tanto a la Alianza como a la Nueva Mayoría, mientras que Bachelet obtuvo la peor evaluación de un gobernante en años—, a lo que se suma el mayoritario rechazo a las reformas, un cuadro ante el cual no había más alternativa que “un gran remezón”. 

—Y después del remezón ¿qué?

—Ese es el punto central. Porque la derecha destapó champaña en cuanto juraron los nuevos ministros. Para ellos se terminó la ‘retroexcavadora’ y volvió la alfombra roja para que ellos pasen en gloria y majestad. Por supuesto, tienen en la mira a la reforma laboral, la AFP estatal, la nueva ley de Isapres, la nueva ley del consumidor y, la madre de todas las batallas: la nueva Constitución. Ansían el retorno de la vieja Concertación y, por tanto, de los acuerdos.

—La famosa política de los consensos. 

—Claro, pero estos serían acuerdos para obstruir, para no avanzar. Un ejemplo: en la reforma laboral son dos los artículos esenciales: la titularidad sindical y la derogación del reemplazo en la huelga. ¿A qué pacto se puede llegar aquí? La única opción es que no haya titularidad sindical y que no se derogue el reemplazo en la huelga. ¡Imposible!

—¿En la Alianza celebraron como un triunfo la salida de Alberto Arenas?

—La derecha anda muy contenta con Rodrigo Valdés porque esperan a un Andrés Velasco dos. Pero a diferencia del primer gobierno, donde Velasco reinaba, el de ahora tiene un compromiso que trasciende a los jefes de Hacienda y que radica en el programa. Eso es, de hecho, lo que permite que exista la Nueva Mayoría.

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—Sin embargo, ¿este cambio no se interpreta como una concesión a la elite, a la derecha y, por cierto, a los empresarios?

—Sí. De hecho, al día siguiente de este anuncio subió la Bolsa y los grandes inversionistas internacionales quedaron fascinados, convencidos de que este gobierno no cumplirá con su programa… El desafío de la Nueva Mayoría, de los partidos, del gobierno y de la misma Presidenta es dejar las cosas bien claras: no se equivoquen, porque van a tener que dormir la mona y al despertar se encontrarán con que la reforma laboral viene y todo lo demás también.

—Pero haber removido al ministro del Interior y al de Hacienda juntos puede ser interpretado como un síntoma de debilidad, por último como una salida más dialogante…

—Hago aquí un acto de fe: confío en la Presidenta. El programa se va a cumplir. También conozco a los dos nuevos ministros y ambos son honorables; si estuvieran en contra del programa no habrían aceptado el cargo.

—Entonces, según usted, la Presidenta buscó marcar un nuevo rumbo.

—Este es un segundo tiempo con un nuevo elenco. Claro que pueden tener flexibilidad táctica, pero sin alterar el objetivo estratégico.

—¿Si no?

—Entonces se rompe la Nueva Mayoría. Así de claro.

—¿No teme que se produzca una nueva cocina, como sucedió con la reforma tributaria?

—Cometimos un error con esa reforma (admite). La gente se olvida, pero sus objetivos eran dos: que fuera recaudadora, cosa que se cumplió; y redistributiva. Después de la cocina de Zaldívar y las galletas de Fontaine tengo dudas de si se cumplió esto último.

Y agrega:

—Llegamos a un punto donde lograr un acuerdo con la derecha es imposible. Que conversen con canapés, con champaña… pero las reformas no se tocan.

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“Con Rodrigo Peñailillo trabajamos muchos años juntos”, dice sobre el ex ministro, convencido de que su salida no tuvo que ver con las reformas sino con su pésimo manejo de las boletas que entregó a la empresa de Martelli. “A eso se suma que él fue un buen denunciante de la vieja guardia. Por eso muchos de ese sector querían su cabeza. Edmundo Pérez Yoma, sin ir más lejos, pidió públicamente la renuncia de él y de todo el equipo político. Curioso, él estuvo invitado al cumpleaños de Peñailillo en diciembre, ¡las vueltas de la vida!”. 

—Y a usted, ¿cómo lo golpeó su caída?

—En lo personal me afecta porque conozco a Rodrigo desde hace tiempo, y es un muy buen ser humano. Y me llega en lo político por la tentación de la derecha y de la vieja guardia de considerar que en la nueva coalición gobernante no somos mayoría para hacer los cambios. Me lo dijo el propio Viera-Gallo en Estado Nacional. ¡Tal cual!

—Usted es cercano a Bachelet, ¿cómo la ha visto después de atravesar un año potente? El  último episodio fue eliminar a su hijo político.

—Está muy afectada, muy comprometida emocionalmente. Eso se expresa en sus gestos cuando le dice a Kreutzberger que le pidió la renuncia al gabinete. Y se le quiebra la voz. Porque es una cosa dolorosa. Peñailillo la conoció en el año ’99, en la campaña de Lagos; en 2005 lo llevó a su comando y lo tuvo cuatro años, todos los días, veinticinco horas diarias, como jefe de gabinete; después él le armó la pre-campaña, la segunda campaña, hasta ser su ministro del Interior. La persona de mayor confianza política de Bachelet es, o era, Rodrigo Peñailillo.

—¿Cuál fue entonces su mayor pecado?

—Manejó mal el tema de las boletas.

—¿Pecó de soberbio también?

—Sí, de repente demasiado sobreseguro. A veces eso genera animadversión. Y además, el fuego amigo, los matices de Walker el año pasado, las pataletas de Escalona y Andrade, la quinta columna de Aleuy. Todo eso va generando una desestabilización. Pero lo que lo mató fue la explicación de las boletas. La entrega por goteo de información, el copy-paste. Un desastre.

—Otro tema duro para la Presidenta ha sido el Caso Caval

—No, si este ha sido un año maldito desde el punto de vista de esas emociones vinculadas a la política.

—En la prensa se dijo que estas situaciones tan personales y dolorosas la han llevado a aislarse, lo que se vio cuando analizó en solitario la composición de su nuevo gabinete.

—Ella siempre ha sido autónoma. Tiene una vida que le ha exigido ser muy independiente como persona, mujer, madre, pareja y política. Si eso lo juntas con la estructura institucional del país, donde el Presidente de verdad está solo, entonces no es novedad ni tampoco un drama, lo que pasa es que se conjugaron las tensiones emocionales con la tensión política.

—¿Recuerda algún presidente que haya enfrentado tamaña situación?

—Allende, tanto que decidió suicidarse. El enfrentó el desmorone y posterior quiebre de la Unidad Popular; el polo revolucionario y el reformista. Pero claro, son situaciones distintas. A Aylwin le tocó el boinazo; a Frei la crisis económica de 1999; y a Lagos el tema del yerno, de Gonzalo Rivas y Corfo-Inverlink. Pero esto es diferente porque se sumaron dos situaciones muy fuertes para la Presidenta: la crisis del gobierno de la Nueva Mayoría y la crisis familiar. Pero quedé más confiado en Bachelet, en su fortaleza, que además es la marca de su vida. Su vida es una fortaleza.

—Fue muy criticada por no haber reaccionado a tiempo en el caso de su hijo. En cambio con Peñailillo fue radical…

—Dime si hay otro político que reconozca los errores con la franqueza, sinceridad y transparencia que Bachelet. La decisión de remover al equipo completo de La Moneda más Arenas, es una decisión que le costó sangre, sudor y lágrimas. Pero la sacó adelante porque ve el interés del país en general, y del proyecto político en particular.

—¿Mató políticamente a Peñailillo?

—No, no. El va a ser un estupendo candidato a senador en 2017. El es un animal político, no se va a ir a hacer lobby.

—¿Se rompió para siempre la relación entre ellos?

—No sé el detalle, pero seguramente hay algún grado de afectación mutua.

—Cuando se nombra a Jorge Insunza en la Segegob para gestionar los proyectos de ley con el Parlamento cuando fue lobbista de Enrique Correa, ¿no es un error que profundiza las desconfianzas entre la opinión pública?

—Hay dos lecturas: el vaso medio vacío es que se trata de un gran triunfo para Correa porque puso a un agente del lobby en La Moneda. Pero conozco a Insunza hace 20 años en el PPD. Es un tipo honesto, serio, reflexivo. No dejará que se le acerque Correa estando en La Moneda. 

—Insisto, ¿no fue un error?

—Lo pudo haber evaluado la Presidenta, pero si tomó la decisión es porque las virtudes son más grandes que los defectos o los riesgos.

—No es el único vinculado a Correa: su hijo, Carlos, sigue estando a la cabeza de la Secom; y el actual vocero, Marcelo Díaz, trabajó en Imaginacción, su empresa de lobby… 

—Espero que no sea el poder de Correa lo que domine. Sigo confiando plenamente en Bachelet. Me genera dudas, me preocupa, veo los flancos que se abren; pero finalmente ella va a sacar esto adelante, con un nuevo equipo. Ahora, para mí lo esencial es que cumpla con la ciudadanía que votó por ella, con las reformas que comprometió. Sólo cumpliendo el programa recuperamos la mayoría ciudadana. Si nos quedamos en la mitad vamos a recibir el reproche de la mayoría que nos votó y de la derecha eterna que no quiere que hagamos las cosas. Ese es mi punto de no retorno.