“Mis padres reunieron el dinero para nuestro pasaje de avión desde Asmara (Eritrea) a Manchester. Yo llegué hace 5 años. Mi hermano se vino hace tres y nuestros padres llegaron al Reino Unido el año pasado”. La historia de Aziz, el taxista que me lleva hoy a la estación de trenes, es una de las afortunadas. Él y su familia forman parte de las 250.000 personas incluídas en el registro de inmigración neta anual al Reino Unido desde el año 2010. En la actualidad, unos 5.000 coterráneos de Aziz con el afán de arrancar del régimen totalitario del presidente Afwerki, terminan anclados en campos de refugiados en el puerto francés de Calais esperando cruzar el canal de Suez para llegar a Inglaterra. O aún peor, en campos de detención en Libia. En ambos casos son víctimas de inmorales contrabandistas de refugiados, que cobran hasta 3 millones de pesos chilenos, por cruzar el mediterráneo y llegar a la soñada Europa.

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Vivo desde hace 10 años en Inglaterra. Mis vecinos más cercanos son una pareja de profesores universitarios de Beijing, mi manicurista es vietnamita, nuestro restaurant favorito tiene un nuevo administrador kurdo, mi médico es de origen indio, una de mis mejores amigas es de Kosovo y los taxistas son casi todos pakistaníes, somalíes, iraníes o como Aziz, de Eritrea. Inglaterra ha mantenido una tradición de hospitalidad con extranjeros en busca de asilo durante los diferentes conflictos mundiales y aunque el gobierno del primer ministro Cameron ha rechazado el sistema de cuotas de asilados sugerido por la Union Europea, 900 millones de libras se han invertido en campos de refugiados en Siria desde que comenzó la guerra civil en ese país. Sin duda, la estremecedora foto del cuerpo sin vida del pequeño Aylan Kurdi a orillas de una playa en Turquía, precipitó decisiones y puso presión en Downing Street. Este lunes David Cameron anunció oficialmente que Gran Bretaña recibirá 20.000 refugiados desde Siria en un periodo de 5 años. Los acogidos provendrán exclusivamente de los campos dispuestos en Siria, en un intento de desincentivar a los traficantes de personas que acechan como buitres en puertos y carreteras a los desesperados dispuestos a arriesgar la vida en atiborradas balsas o camiones, con la esperanza de llegar a países que les den una oportunidad. El tercer punto mencionado por la autoridad, fue la resolución de fortalecer la guerra contra Isis como una manera de ayudar a terminar con el conflicto en su origen, mencionando ataques ya perpetrados por drones a ciudadanos británicos yihadistas en Siria. Declaraciones no exentas de polémica y que han provocado reacciones encontradas entre los británicos, considerando algunos las cifras y las medidas insuficientes, otros exageradas y no pocos, inapropiadas.

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Las fotos publicadas en los medios del éxodo desde Siria son apocalípticas y los números provistos por las Naciones Unidas aplastantes: 600 millones de personas se desplazaron desde las áreas de conflicto el 2014, y solamente el pasado domingo 10.000 refugiados llegaron a Munich procedentes de Hungría luego de un largo periplo desde Siria.

Caras sonrientes, ojos brillando con esperanza. Sin embargo, un doloroso camino queda aún por recorrer para los nuevos inmigrantes y una dura tarea para los gobiernos que los reciben. Colegios, infraestructura, programas de integración en el caso de estos últimos. Vivir en otro idioma, trabajar en lo que venga, superar traumas de bombardeos que asesinaron a seres queridos para los recién llegados. Tengo ejemplos cercanos. Mi suegra, llegó a este país a los dos años desde San Petersburgo con el pasaporte Nansen dado a los refugiados que escapaban del régimen de Stalin. Su madre se rehusó toda la vida a hablar en inglés, y mi suegra se debatió siempre entre su origen ruso y su nueva nacionalidad, debido a la violencia con que debieron abandonar la Rusia zarista. Mi amiga Ramize, de Kosovo, llegó a Gran Bretaña en 1998 luego de pasar semanas en un campo de refugiados en la frontera de Macedonia y después de haber caminado por días con sus dos pequeños hijos. Tenía una hermosa casa, su propia farmacia y un marido físico. Aquí debieron comenzar de cero. Aunque agradecida de la cálida acogida de los ingleses y la generosidad de este pueblo, cada vez que nos reunimos a tomarnos un café, me cuenta diferentes escenas de su historia y no hay ocasión en la que sus ojos no se llenen de lágrimas. Hoy sus hijos son jóvenes ingleses y eso le hace difícil regresar. “Fue el precio de la paz” me dijo el otro día. Su historia se parecerá a otras cientos de miles que comienzan hoy.