Una vez estuve allá. Fue en mi viaje de estudios, hace 17 años. Desde hace algún tiempo le daba vueltas a la idea de volver. Cada persona que iba volvía hablando maravillas del lugar. Yo tenía algunos recuerdos. Buenos recuerdos, aunque algo vagos. Hasta que lo decidí y partí. 17 años después –qué estrepitosa caída de carné– volví hace algunos días a San Pedro.

Los recuerdos, ya está dicho, eran vagos (yo, en ese tiempo, no lo hacía mucho mejor). Un pueblo chico, con un par de horas de luz gracias a un generador eléctrico. La Hostería, único lugar donde alojar. Un par de locales disponibles para hacer algo de vida nocturna. El Valle de la Luna, con una caminata eterna para llegar a lo alto de la duna y luego bajar, medio corriendo, medio rodando, otra vez hasta la base. Poco más.
La comparación es injusta, sí; aquella primera vez era un escolar, contando los pesos para subsistir. Ahora volvía a uno de esos nuevos hoteles –el Tierra Atacama–, con cierta holgura presupuestaria (aunque con el sistema all inclusive, no había mucho de qué preocuparse), algo más contemplativo, reposado. Viejo, si se quiere. Pero más allá de la disparidad de las dos visitas, me sorprendió lo cambiado que está el pueblo y la zona en general.

Donde había poco más que un caserío, hoy se ve un pueblo lleno de comercio, bastante oferta nocturna, variedad de hoteles que, haciendo honor al cielo completamente despejado de la zona, muestran varias estrellas. La plaza a un costado de la iglesia, completamente “alumbrada” con wifi.
El cuidado por el entorno también ha cambiado. Ya no se puede, por ejemplo, subir o bajar la gran duna del Valle de la Luna por cualquier parte; hay ahora un sendero para subir bordeándola, sin que las huellas dañen el paisaje. Al llegar arriba, una zona acordonada permite admirar la vista, sacar algunas fotos y volver, por el mismo sendero, hasta la base. Y así con otros atractivos turísticos, como el Salar de Atacama o los géiseres de El Tatio. Todos lugares que dejan sin habla.

¿Qué pasó? Creo que es un tema de supervivencia: con el flujo de visitantes actual, había dos posibilidades: cuidar el entorno o comenzar a despedirse de él. La cantidad de gente hacía inviable un turismo no sustentable.
Hay cosas que chocan, sí. El local de The North Face en pleno centro del pueblo, tanto o más surtido de productos que su símil de cualquier mall capitalino, por ejemplo. Entrar es como trasladarse de vuelta a la ciudad. No pregunté, pero sospecho que las ventas no deben ser malas. La cantidad de extranjeros, también. La oferta hotelera de primer nivel, realmente desproporcionada para un pueblo de ese tamaño. Salvo que se trata de San Pedro.

Más allá de la maravillosa experiencia de estar en un hotel así, ubicado en un lugar así, aprendí algunas cosas en este viaje. El turismo de alto nivel se puede ofrecer en Chile, paisajes tenemos de sobra. Hay gente, principalmente extranjera, dispuesta a pagar bien por este tipo de oferta. La experiencia all inclusive puede ser mucho más que tirarse al sol a pedir tragos tropicales. Y por sobre todo, nuestros paisajes pueden ser rentables, muy rentables, sin necesidad de destruirlos. Algo que, como sociedad, deberíamos tener claro a estas alturas: el desarrollo también está en lo sustentable.

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