De independiente, nada. El mismo aclara que dejó de serlo cuando apoyó a Piñera públicamente en 2005. “No milito en un partido, pero mis posiciones ideológicas y políticas son claras”. Del dicho al hecho, hoy asesora en temas económicos al candidato Andrés Allamand en su comando.

—¿Qué tiene Allamand que no tenga Longueira?

—Una trayectoria de trabajar bien con todos los sectores políticos, es más liberal, tiene un discurso más alejado de lo que es el prototipo de la derecha. Es un político muy honesto, muy aterrizado, que sabe escuchar, con un liderazgo adecuado para los tiempos que corren.

—¿No se podría decir lo mismo de Longueira?

—Longueira tiene un pasado, una trayectoria similar a la de Allamand, pero hay gente que lo asocia con una posición más extrema, justa o injustamente, con el gobierno de Pinochet. Andrés estuvo en la creación de Renovación Nacional, votó sí para el Plebiscito, pero cuando estaba en eso siempre estuvo como a regañadientes, buscando la mejor manera de terminar democráticamente con el gobierno de Pinochet y pasar a otra etapa.
Recuerdos del pasado. A pocos meses de las elecciones presidenciales, Felipe Morandé está empeñado en que su candidato llegue a La Moneda, aunque tampoco abandona el realismo político y admite que la pista está cuesta arriba.

—¿Qué posibilidades tiene la derecha de seguir en La Moneda?

—A juzgar por el apoyo que tiene el gobierno hoy y lo que dicen las encuestas sobre el grado de aprecio que despierta Bachelet, las posibilidades son ínfimas. Pero en noviembre habrá una elección disputada. La derecha no debiera sacar menos de un 45 por ciento de respaldo y, desde esa perspectiva, está en un buen pie para abrigar la esperanza de ganar. Pero hacer pronósticos ahora es súper complejo. Lo que sí sabemos es que la señora Bachelet es muy popular y el gobierno es muy impopular. Pero también sabemos que alguien que está tan arriba sólo puede bajar en términos de intención de voto.
Se le recuerda como el ministro de Transportes y Telecomunicaciones de Piñera que heredó el fardo del Transantiago y que duró un año en el cargo. En el plano anecdótico, es difícil olvidar la reacción de su hija Francisca que, en un arranque de pasión juvenil y lealtad con su padre, twitteó un mensaje con epítetos inconfundiblemente chilenos para el Presidente de la República.

Wp-Felipe-193—Cuando salió se dijo que fue por una mala evaluación de su gestión.

—¿Mala gestión? Para nada. Pueden decir cualquier cosa del ministerio, pero que me echaron por mala gestión, definitivamente no. Uno venía con la idea de que había que resolver este problema del Transantiago de alguna manera y, ciertamente, era mucho más complejo de lo que parecía. Lo que acordamos con el Presidente en un comienzo era que había que sincerar las tarifas, que estaban absolutamente subevaluadas, incrementar el monto de subsidio del Estado —eso lo conseguimos— y mejorar el servicio. Para eso había que modificar los contratos y tramitamos, con éxito, una ley especial para aquello. Las tarifas empezaron a subir en 2010 y la gente lo sintió en el bolsillo. Coincidió con que la popularidad del Presidente comenzó a bajar y sus asesores le decían que parte de la explicación estaba en el alza de las tarifas del Transantiago.

—¿Comparte esa apreciación?

—No. Las tarifas se congelaron posteriormente y la popularidad del Presidente siguió bajando.

—¿Fue una salida injusta? ¿Se sintió maltratado?

—Uno termina por aceptar estas cosas porque en política las decisiones no se toman sobre la base de la justicia sino en torno a otras variables. A la larga, me hizo un favor porque he tenido después una mejor calidad de vida.

—Pero el tema del Transantiago aún no está resuelto.

—No, porque siempre hay insatisfacción respecto de la frecuencia del servicio. Esta situación tiene una salida pero es un sistema muy caro. Para que funcione bien necesita una cantidad enorme de recursos.

A los 58 años, con un nutrido currículum a cuestas, este economista de la Universidad Católica es también doctor en Economía de la Universidad de Minnesota. Sencillo, de trato afable y buena estampa, fue también investigador y consultor en Cieplan y en el Banco Central; en el Banco Mundial, el FMI y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), entre otras instituciones públicas y privadas. Hoy reparte su tiempo, aparte del comando, como decano de la Facultad de Emprendimiento y Negocios de la Universidad Mayor, integrante del Consejo Asesor de Política Fiscal, y de los directorios de Enap, Ripley y Megavisión. Adicionalmente, desde hace años está a la cabeza de una empresa consultora que presta asesorías económicas, financieras y tributarias, entre otros servicios. Está casado (por segunda vez) con la periodista Carolina Zúñiga y tiene cinco hijos.

—El Presidente Piñera aclaró que su mensaje del 21 de mayo “no fue un anuncio del adiós”. ¿Coincide?

—No fue porque aludió a problemas que tienen una repercusión no para los próximos seis meses, sino para los próximos 20 o 30 años. No es el mensaje de alguien que está tratando de cortar varios flecos sueltos antes de irse.

—¿No ve al Presidente Piñera como un lame duck (pato cojo)?

—No, en el sentido de que tiene la energía y el ímpetu de seguir trabajando hasta el último día. Pero sí, obviamente, la va a tener más difícil en lo que tiene que ver con el trámite en el Congreso.

—Piñera admitió haber cometido errores. ¿Cuáles han sido los más serios?


Son muchos más los aciertos que los errores. Un error importante se refiere a la situación de Barrancones, la intervención del Presidente interrumpiendo el proceso institucional en relación a ese permiso ambiental fue una decisión que, creo, él mismo lamenta hoy día.

Son muchos más los aciertos que los errores. Un error importante se refiere a la situación de Barrancones, la intervención del Presidente interrumpiendo el proceso institucional en relación a ese permiso ambiental fue una decisión que, creo, él mismo lamenta hoy día. Ha tenido una marca muy fuerte en lo que ha sido la crisis energética y ha llevado incluso a pronunciamientos de la Corte Suprema.

—¿Algún otro?

—Faltó un mayor énfasis proactivo en el tema de la educación. No había en el programa de gobierno una lectura de lo que estaba pasando a nivel de educación superior. Hubo una advertencia estudiantil el 2006; se creyó que con la reforma a la ley educacional eso se calmaba, pero ahí había algo latente.

—¿Usted recoge eso?

—No. Lo que impulsó el ministro Beyer es lo que debió haberse hecho desde un comienzo.

—Así es cómo le fue al ministro…

—Lo sucedido con él tiene una cantidad importante de matices que no tienen que ver con que sus propuestas sean buenas o malas. Las propuestas que hizo el gobierno al comienzo fueron un poquito desordenadas, un poco al fragor de los disturbios. No hubo una perspectiva de largo plazo. Eso se corrigió cuando llegó Beyer. Le puso orden al debate y encausó las políticas hacia donde debían ir.

—¿Le pesará ese error en un año electoral y como legado a la derecha en sus pretensiones de seguir en La Moneda?

Wp-Felipe-193-2—Sí, porque las protestas estudiantiles provocaron que el tema de la educación, que antes estaba en el quinto o sexto lugar en la lista de las preocupaciones de las personas, pasara a un lugar más prominente. Hoy todos los candidatos tienen propuestas educativas y, según las encuestas, la gente siente que esto aún no se ha resuelto.

—Para ser justo, ¿cuál ha sido el principal acierto del Presidente Piñera?

—Este gobierno será recordado, entre otras cosas, porque fue de alto crecimiento, de una fuerte creación de empleo, mucho dinamismo económico y un fuerte acento en el emprendimiento con innovación.

—Lo que no es menor y, sin embargo, la gente no lo quiere.

—Yo tengo una teoría curiosa sobre esto, la de las manchas solares. Cuando los economistas no somos capaces de explicar un fenómeno económico con una variable conocida, recurrimos a esta figura. Cuando el sol tiene un mayor grado de actividad, genera estas manchas y la teoría —no probada, por cierto— sostiene que la gente cambia su comportamiento y aparecen rasgos de furia o enojo. Lo que hemos tenido en estos años ha sido un cabreamiento —para usar una palabra española— generalizado. Hemos visto manifestaciones regionales, medioambientales, de los enfermos, de quienes se oponen a las empresas eléctricas, mineras. Hasta los agricultores se han tomado alguna vez las carreteras. Cualquiera hoy manifiesta su descontento con rabia, incluso con violencia. Muchas veces lo hacen ante situaciones que son objetivamente injustas y la gente tiende a simpatizar con estas causas.

—Así como lo pinta, pareciera que Chile está lleno de encapuchados. Ha habido muchas expresiones de malestar que no han sido violentas.

—Es verdad, estoy exagerando un poco. No estamos en un nivel de guerra civil ni mucho menos, pero uno querría manifestaciones más civilizadas en general.

—Está claro que el gobierno próximo se enfrentará a un ciudadano más empoderado.

—Sí, la gente tiene claridad sobre sus derechos y demandas. Hay que reconocer que esto también ha sido como el lado B del éxito económico porque, claramente, alguien está más dispuesto a ir a desfilar si es que tiene la posibilidad de que si lo echan de la pega encuentra otra muy rápido. Hay un mayor coraje para protestar porque existe una situación más cómoda desde el punto de vista económico.

—Sin embargo, se vaticina que ya no tendremos tasas del seis por ciento de crecimiento.

—Cierto, tendremos una desaceleración de la economía y los indicios apuntan a que no será nada dramático. No llegaremos a una tasa cero o a una recesión.

Se calcula que creceremos entre un cuatro y medio a cinco por ciento este año. Además, tenemos cuentas públicas sólidas, un Banco Central que sabe lo que tiene que hacer.

Se calcula que creceremos entre un cuatro y medio a cinco por ciento este año. Además, tenemos cuentas públicas sólidas, un Banco Central que sabe lo que tiene que hacer. Para después, los eventuales cambios políticos podrían provocar que la inversión se vea afectada negativamente.

—¿Si llega la Concertación nuevamente al poder, ¿advierte algunas amenazas a la salud de la economía?

—¿En ese caso hipotético y poco probable? (se ríe). No quiero aparecer haciendo una campaña del terror pero hay cosas que se han planteado en la campaña de Michelle Bachelet que causan nerviosismo en el sector privado. El hecho de plantear una reforma tributaria, todavía sin magnitud y sin forma, claramente, provoca algún grado de incertidumbre.