Moderados por Lester Holt, los candidatos plantearon propuestas, se enfrascaron en discusiones y atacaron a su adversario. ¿Qué podemos concluir luego de este primer encuentro?

Primero, toda la discusión posterior ha estado centrada en quién ganó el debate. Pero esta pregunta es ambivalente. Ganar un debate no puede evaluarse bajo un estándar absoluto porque cada candidato busca distintas cosas al entrar a un evento de este tipo. El objetivo político de Clinton era – como mínimo – mantener su ventaja de 2% en intención de voto y eventualmente incrementarlo. Trump, en cambio, buscaba acortar esa distancia y – posiblemente – mostrar un carácter de persona de estado. Sólo a finales de esta semana (cuando las encuestas serias y estadísticamente representativas se conozcan) podremos determinar quién obtuvo ventaja en este punto. Dicho esto, los datos iniciales parecen mostrar una inclinación favorable hacia la candidata demócrata.

Segundo, es interesante observar las enormes expectativas que generó el debate, tanto desde el punto de vista mediático como electoral. Si bien es cierto un debate puede sepultar las aspiraciones de un candidato (se dice que eso es lo que le ocurrió a Nixon en su conocido debate con John F. Kennedy), en términos puramente electorales los debates presidenciales en EEUU no entregan ventajas decisivas. Si tomamos todos los debates realizados desde 1970, nunca nadie obtuvo un alza de más de 4,4% después de participar de estos eventos. Esto ocurrió después del primer debate entre Obama y Romney en 2012, cuando el entonces candidato republicano incremento su apoyó en ese porcentaje. No obstante, esto también depende de quién llega con la ventaja inicial. Salvo en dos oportunidades (desde 1970 nuevamente) el contendiente que llega en desventaja termina superando a su adversario – ocurrió con Reagan en 1980 cuando debate contra Jimmy Carter y con George W. Bush cuando debatió con Al Gore.

En tercer lugar, cabe destacar que, bajo la estructura actual, los denominados debates son todo menos eso. Es absolutamente imposible entregar una visión política en los tiempos específicos requeridos por el medio de comunicación. No hay tampoco beneficios en seguir una línea de pensamiento coherente y en oponer a fondo las ideas entre los adversarios. Por la misma razón, los debates dicen nada o casi nada respecto de las posturas de los contendientes, habiendo – más bien – una tendencia al eslogan, la reiteración conceptual excesiva y la ambigüedad. Consecuentemente, su utilidad no está en mostrar el potencial carácter presidencial de los candidatos, ni su visión de mundo, ni sus presupuestos ideológicos. El debate premia, casi con exclusividad, la forma en que un candidato responde bajo presión, la rapidez mental que demuestran, la capacidad de improvisación que tienen y la locuacidad – y por ende la retórica – que pueden proyectar ante la audiencia. Ninguna de estas cualidades puede ser replicable en un escenario de mandato presidencial, porque, incluso las respuestas bajo presión suelen ser muy poco comunes para los presidentes, teniendo, hasta en crisis políticas, espacios y tiempos de reflexión, aunque sea mínimos. El debate de ayer se concentró en apelar a la emoción, al lenguaje corporal, el autocontrol (especialmente por Clinton) y en algunas ideas sintetizadas al máximo en un par de minutos.

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En cuarto lugar, este debate fui visto por tres tipos de votantes: los decididos, los indecisos, y aquellos que, pudiendo votar, no lo harán. Uno esperaría, por ende, que los discursos estuviesen centrados en los últimos dos. Y, en este caso, es dudoso que Trump haya podido ampliar su base de representación electoral. Esto por dos razones: por un lado, porque aquellos indecisos (que representan algo así como el 18% del electorado total) tienden a inclinarse hacia Clinton cuando se les obliga a elegir entre las alternativas de Trump y la de la secretaria de Estado. Por otro lado, porque dentro de los que no irán a votar hay una porción importante de población latina (15% del electorado, del cual irá a votar sólo el 8%) de población afro-americana y de votante joven. Estos grupos son decisivamente proclives a una candidatura de Hillary Clinton con excepción de los jóvenes, quienes la ven con sospecha y quienes, de forma muy importante, se inclinaron por Sanders en la campaña por la nominación demócrata. La pregunta, por tanto, es ¿dónde Trump buscaba conseguir ventaja? Una hipótesis que he avanzado en el último tiempo es que, quizás, la idea no es ampliar su propio electorado sino limitar (y potencialmente disminuir) el electorado de Clinton. Si Trump logra hacerla aparecer como alguien poco confiable, hipócrita o cínica (todas cualidades que los votantes indecisos observan en ella por lo demás), eso pudiese causar decepción y, por tanto, falta de motivación para ir a las urnas. Los primeros 20 minutos del debate se concentraron en esto último. Pero después de eso, Clinton – a mi juicio – mostró manejo, tranquilidad, perspicacia e inteligencia; lo que proyectó una imagen de sí más transversal de lo que hizo Trump durante todo el encuentro. Clinton no fue brillante, pero no fue necesario serlo considerando el desarrollo de su adversario.

En quinto lugar, el estudio histórico y estadístico demuestra que, por lejos, el primer debate es el que más incide en el resultado final. Esto será especialmente importante porque (en algo que prácticamente no ha sido mencionado), Estados Unidos tiene, para alguno de sus estados, un sistema de votación temprana (early voting) y que, justamente, se activa a partir de esta semana. Los debates generan un efecto emocional, y es importante apelar a ese factor considerando que, en el margen, esto puede movilizar a un votante que cuenta con una epidermis política relativamente sensible. Se piensa que, para esta elección, 1 de 3 votantes lo hará de forma temprana, coincidentemente justo después de este primer encuentro.

Finalmente, ambos bandos intentarán declarar a su propio candidato como vencedor. Esto es normal. Lo interesante es que lo mismo ocurrirá para los electores de ambos. Prácticamente ningún espectador de un debate se enfrenta a éste mediante una suerte de tabla rasa en su entendimiento, sino que lo que escucha y ve, lo codifica a partir de sus propios paradigmas e ideas. En este sentido, resulta natural concordar con aquellos que piensan como nosotros (fenómeno conocido como parcialidad de confirmación), y rechazar las ideas de aquel que se ubica intuitivamente en las antípodas de nuestras cosmovisiones políticas. El resultado de esto es que hay una predisposición a no analizar o escuchar el contenido de las propuestas de los candidatos, sino de aceptarlas o rechazarlas automáticamente en función de nuestra cognición subjetiva. El debate de ayer consolidará las preconcepciones que ya existen sobre los candidatos y por eso resultará ser tan importante cómo se comporta el elector que aún no se define por ninguno.

*Guido Larson. Analista Internacional de la Universidad del Desarrollo.