Házte fama y échate a la cama’… Un refrán glorioso en Hollywood hasta los años ’50, en los tiempos en que los grandes estudios todavía eran una mezcla de cintas enlatadas, largos collares de perlas y champagne. Pero todo terminó el día en que Robert Harrison, un hijo de inmigrantes rusos que creció en el Bronx, decidió ser rico por cuenta propia.

Y con unas pocas páginas impresas a dos colores y títulos llamativos, lanzó Confidential, una suerte de pan recién horneado con noticias calientes de la vida privada de aquellos que, en el Olimpo del poder, la política y el celuloide, pensaban que podían seguir durmiendo tranquilos…
Humphrey Bogart, Rock Hudson y Frank Sinatra fueron los primeros en caer como moscas aplastadas. Que el primero era un infiel; que el segundo frecuentaba círculos de jóvenes gay, y que el tercero estaba vinculado con la mafia. Los dos últimos le tuvieron miedo y jamás se atrevieron a enfrentarlo. Sólo Bogart se atrevió y bautizó a Harrison en todos los círculos sociales de Los Angeles y NY, como el ‘Rey de la mirada lasciva’, en alusión a la famosa obra de Skakespeare.

El comediante americano Groucho Marx tampoco le perdonó sus intrigas. Pero respondió con humor fimo, por TV: ‘Si no deja de escribir historias escandalosas sobre mí, dejo la suscripción’. La anécdota sacó carcajadas y multiplicó las ventas de Confidential.
Harrison se transformó en un monstruo para el poder. Su máxima: “Contamos los hechos y decimos los nombres”. No le importaba dejar títere sin cabeza, todo bajo el amparo de la primera enmienda de la Constitución estadounidense que protegía la libertad de expresión. Con astucia esquivó los dardos legales. “El fin justifica los medios”, respondía cada vez que salía victorioso de un tribunal de justicia entre flashes.
¿Su modus operandis?

PERSECUCIONES EN AUTO, grabaciones con pequeños aparatos camuflados, infiltrados en fiestas privadas y periodistas de ‘baja monta’ disfrazados de mucamas o choferes.
cazanoticias, según sus editores. Y ese menosprecio detonó sus ambiciones. Por un buen tiempo vendió avisos publicitarios para prensa escrita y aprendió del negocio. Luego se cambió a revistas con contenido sexual. Un sinfín de páginas ilustradas con mujeres en ropa ligera, bocas insinuantes, fetichismo y poses descaradas.
Lo que vino después fue un cataclismo en la entonces apacible vida de las estrellas.
Con Harrison, la beautiful people dejó de ser intocable. Para lograrlo sacó ideas de todas partes. Su círculo de hierro reveló que al editor le impactó la investigación que en 1950 realizó el senador Estes Kafauver, quien logró junto a los servicios secretos desmantelar la red de crimen organizado. Sus juicios a la mafia se transmitieron por televisión con un éxito de audiencia apabullante. La gente dejó de lado concursos y series del Lejano Oeste para sintonizar esta historia de villanos con sobrenombres sicilianos, vidas encandalosas y enigmas el hampa. El público quería más. Nada mejor entonces que redirigir la mirada candalosas y enigmas el hampa. El público quería más. Nada mejor entonces que redirigir la mirada hacia otro norte: el de gente que aparentemente tenía una vida exitosa, apasionante, glamorosa, pero que, finalmente, eran hombres y mujeres reales. Personajes carismáticos que escondían vicios prohibidos y un abismo de promiscuidad. Ese universo tenía un solo nombre: Hollywood.

ARMÓ SU ESCUADRÓN, UNA SUER-TE DE RED DE ESPIONAJE periodístico sin formación ni estudios universitarios, compuesto principalmente por camareras de hoteles, damas de compañía y taxistas. Todos ganaban dinero a cambio de información sabrosa y privilegiada. Operaban fundamentalmente de noche y el mismo Robert Harrison bautizó a su equipo como Hollywood Research Incorporated. La administraba una de sus sobrinas y una troupe de secuaces encabezados por el columnista de sociedad Walter Winchell, periodista de salón que recibía los mejores rumores que no podía publicar en medios oficiales.
A partir de ese momento, paralelamente se inició una ‘cacería’ particular y aún más terrible, donde conocidos cineastas e intelectuales (como Charles Chaplin, Alvah Bessie, Albert Malt y Dalton Trumbo) eran sospechosos por sus conexiones con el Partido Comunista bajo las investigaciones del senador Joseph McCarthy.
En 1952 y bajo el título Se levanta la tapa, el primer número de Confidential convirtió la famosa fábrica de los sueños en un nido de ratas y serpientes: Rock Hudson como un cínico semental que escondía su homosexualidad, Frank Sinatra como un potencial miembro de una banda de lavado de dinero, Elizabeth Taylor anoréxica e infiel, y Lana Turner sin escrúpulos para conseguir un rol protagónico…
En menos de un año, era la revista más vendida de Estados Unidos. En 1955 superó la impresión de más de cinco millones de copias por número. El estilo de los cronistas no tenía límites: insinuaciones, datos parcialmente corroborados, comparaciones odiosas, suposiciones a partir de detalles muchas veces inverosímiles. Confidential sembró el pánico en los estudios de Hollywood y en las residencias de Beverly Hill. Y los titulares eran del tono de: Bing Crosby golpea a su mujer; Robert Mitchun tiene problemas de adicción.

La industria tambaleó. No podía dejar que sus sex symbols —aquellos galanes que en sí mismos encarnaban el éxito de un filme— sencillamente se fueran a la borda por culpa de una prensa “mal intencionada”. Actuaron en bloque y le ofrecieron a Harrison rumores y escándalos de estrellas menores, generalmente debutantes de provincia. ¿El precio? Dejar en paz a sus rostros emblemáticos. Muchos de esos aspirantes aceptaban felices que se escribiera sobre ellos de cualquier cosa, convencidos de que hasta una mala reputación servía para conseguir algo de popularidad.

El dueño de la revista aceptó el trato, les siguió el juego y, luego, olvidó todo: Confidential nuevamente lanzó palos hacia todos… Lo único que consiguieron los grandes estudios fue dejar en evidencia que nadie estaba protegido.

Lea el reportaje completo en la edición del 1 de marzo.