Como toda bella fantasía, la idea de gratuidad en la educación se instaló cual panacea que promete todo, pero en realidad no ofrece nada. Desde la épica estudiantil del 2011, que sirvió apenas para perfilar el liderazgo de algunos veinteañeros que ahora han de vérselas con la “fronda aristocrática” (asumo que evitando contagiarse o perder el alma bajo las órdenes de partido) y para que miles de familias abrigaran la ilusión, igual que cuando se acumula un juego de azar y la esperanza de cambiar de vida se hace espacio en medio de los esfuerzos por sobrevivir, lo cierto es que hasta ahora hemos visto más bien ruido y confusión. Un panorama que cada vez se pone más oscuro.

Quienes en algún momento creyeron que el regreso de Michelle Bachelet al poder sería el comienzo de la anhelada y necesaria revolución ciudadana, han tenido que ver con resignación que el discurso, las intenciones, los programas, los compromisos públicos y los privados, son ingredientes que prometen una ensalada no precisamente apetitosa, sobre todo si se mezclan a puertas cerradas y ni el chef se entiende a sí mismo cuando trata de explicar la receta. Ahí donde se esperaba un cambio profundo, idealmente a cargo de un talento nuevo y desprejuiciado capaz de sacar debajo de la manga una solución brillante y novedosa, o al menos a un líder lúcido como aquellos que ganaron en las calles su escaño en el Congreso, alguien sin miedo a quedar mal con quien fuera necesario, hemos visto a puros rostros ya conocidos del cuoteo político.

El actual ministro de Educación Nicolás Eyzaguirre, parecía dar ciertas garantías, aún siendo alguien que se sentía a sus anchas en una administración que a pesar de su rótulo de socialista no hizo más que profundizar el  experimento capitalista (¿ya nadie se acuerda de la privatización de las sanitarias y las obras públicas, de la educación regalada a los bancos, del escándalo de los sobre sueldos?) y que luego fichó muy campante como alto ejecutivo de los grupos económicos oligarcas que se oponen al más mínimo cambio del “modelo”. Aún así su carisma daba cierta tranqulidad. Hasta que se le ocurrió hablar de más. Durante algunas horas cundió el pánico después de que aseguró en una entrevista con El Mercurio que la cacareada gratuidad de la educación superior sería parcial, limitada únicamente a los primeros cuatro años de estudio, equivalentes a un college, debido a que el escueto PIB chileno no da para lujos.

Al margen de lo cantinflero de sus explicaciones, de si se equivocó, mezcló ideas, fue sacado de contexto, incluso más allá de la eventual vuelta de carnero, en un país donde el analfabetismo funcional es una epidemia, resulta triste que el ministro de Educación deba estar constantemente aclarando lo que dice. Antes Joaquín Lavín, por no entender la diferencia entre lucro y ganancia legítima, luego Harald Beyer por ser demasiado honesto, ahora Eyzaguirre por dejar escapar el lado histriónico de su herencia materna y regalarle a la oposición un argumento de lujo para que le disparen a la línea de flotación (la plata no alcanza).

Mi tesis es que alguien como él cae fácilmente en la tentación de agradar a los lectores de El Mercurio y por eso se atrevió, o se vio obligado, o no se dio cuenta –como su mentor político, aquel inefable estadista que prometía a cada cual lo que quería escuchar–, y lanzó una idea espontánea sin temor a las consecuencias, total, en realidad lo único gratis en este país es culpar a los periodistas de tergiversar todo.

La Presidenta prefirió –todo indica– llamarle la atención en privado y salir ella misma a aclarar las cosas. “Lo vuelvo a decir para que a nadie le quede duda: habrá gratuidad para la educación superior de todas y todos los jóvenes que estudian en instituciones universitarias o técnicas que tengan los convenios con el Estado que va a definir la reforma”, dijo y agregó: “Queremos que haya gratuidad pero que además haya calidad, porque gratis y malo no lo necesita nadie”.

(Ojo con la letra chica: “…convenios con el Estado que va a definir la reforma”).

Me pregunto, bajo estas circunstancias, en una sociedad tutelada por el capitalismo, que transa para hacer creer que avanza y teniendo a cargo de los cambios profundos a gente que el único cambio que ha protagonizado en sus propias vidas fue pasar de ser un revolucionario perseguido a miembro de la aristocracia reinante, ¿cómo lo harán para no entregar educación gratis y mala? Sobre todo cuando nadie sabe cuál es la buena y si alguno sabe, no le preguntan… Porque todos los que nos tratamos contra la enfermedad del analfabetismo funcional sabemos que lo que esta sociedad televisada e hiperconectada entiende por educación es en realidad capacitación de mano de obra y entrenamiento de consumidores obedientes sumisos, y por oportunidades, la posibilidad de tener casa, auto y vacaciones. ¿De qué calidad hablamos cuando nadie parece conocer media palabra sobre cómo funciona el alma humana, el mundo interno, el tricerebro, la sicología de las multitudes? ¿Educación de calidad dónde un libro es más caro que un teléfono?

Así las cosas, comienzo a temer que el precio de la gratuidad será muy caro.

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