—¿Qué posibilidades reales hay de que Cuba extradite a los presuntos autores del asesinato de Jaime Guzmán y se haga justicia en el caso?
—Entiendo que esos trámites se han hecho, pero sin resultados. No tengo antecedentes que permitan opinar sobre nuevas gestiones. Ni siquiera sé si esa gente está aún en Cuba.
José Miguel Insulza —que recibió a CARAS en su despacho de la OEA y luego vino a la Cumbre Celac UE— mantuvo el tono mesurado ante el tema que, según muchos, fue asunto central en el encuentro: la gestión del gobierno de Piñera ante Raúl Castro para que colabore con todo al esclarecimiento del crimen de Jaime Guzmán Errázuriz, hace 22 años.
Para la UDI ese gesto del Presidente resultaba clave. Para Insulza, esperable, porque “el derecho a pataleo, a reclamar y aprovechar oportunidades para plantear lo que uno cree es algo que existe en democracia y no hay que escandalizarse”.
Conciliador frente al gremialismo que pide se ejecuten órdenes de captura internacional para Ricardo Palma Salamanca, Raúl Escobar Poblete, Juan Gutiérrez Fischmann, Alexis Soto y Marcela Morales —quienes según la UDI se encontrarían o habrían viajado a Cuba—, el ex canciller chileno recalcó que “esto no es un asunto de prófugos. Esta gente fue juzgada por el sistema judicial chileno y condenada. Estaban cumpliendo condena y se escaparon”. Por eso es lógico que los afectados exijan cumplimiento de la sentencia, agregó.

—El senador DC Patricio Walker ve como “contrasentido que el único dictador de Latinoamérica asuma la presidencia pro témpore de la Celac.
—Eso sólo puede responderlo la Celac. A ella le corresponde definir los requisitos para ocupar la presidencia. Yo soy secretario general de la OEA.
José Miguel Insulza no necesita presentación, ni en Chile ni en América Latina. Como político, ex canciller y ministro del Interior, socialista, ex Mapu, a los 69 años, el secretario general de la OEA es una figura más que conocida. Controvertido, despierta pasiones. Unos lo detestan, otros lo quieren y admiran. En la región ocurre algo similar. Lo han insultado y halagado. Las críticas dentro de la OEA —y también fuera— no son pocas. Apuntan a su gestión, personalismo, la calidad de la gente que ha traído a su gabinete, entre otras. En el frente regional se han levantado voces de reprobación frente a como ha enfrentado episodios como los de Paraguay y Venezuela, entre otros. El se encoge de hombros y dice “soy como soy”. Aunque confiesa que los insultos “me molestan”.
Vive en Washington con Georgina Núñez, su mujer mexicana, y su hijo menor, Daniel. Javier se quedó en Chile y la mayor, Francisca, en Montreal. Ignacio murió en la nación azteca a muy temprana edad. Insulza tiene seis nietas —más una en camino— que lo enloquecen.

—DICEN QUE ‘CADA VEZ QUE HAY CRISIS EN LA OEA, INSULZA SE VA’…
—Esa crítica no la había escuchado. Me voy de viaje quince días al mes. Ojalá se inventara una fórmula. Me cargan los viajes, los aviones, pero en este trabajo hay que atender a 34 países. Es un enorme y creciente sacrificio. De todas las críticas que se me han hecho, ésa es la más injusta. No sólo no me voy cuando hay crisis sino que cuando hay me quedo en Washington.
—¿Aguanta el matrimonio este trabajo?
—Sí, la familia se acostumbra a todo. Además que voy dos o tres días y vuelvo.
—Sobre la posibilidad de que postule como senador, usted habría dicho que antes de tomar una decisión debía ‘clarificar su situación en el estamento internacional’. ¿Despejó la neblina?
—No recuerdo haber hecho esa declaración usando esas palabras. Dije que no hablaría de la política chilena mientras ejerciera el cargo en la OEA. Por lo tanto, no tengo en este momento ninguna fecha en la cual me vaya a Chile a ser candidato a senador. Si ocurriera, será después de que haya dejado la OEA. Y le explico la razón: cuando alguna gente me sugirió hace cuatro años que fuera candidato a presidente, estuve mucho tiempo yendo y viniendo, que sí que no… Fue un error. Me debería haber ido de la OEA primero, si es que lo iba a hacer, y postular después. O haber rechazado la idea. No hice ninguna de las dos cosas. No volveré a cometer el mismo error.
—Valga la aclaración porque en Chile se cree que su decisión estaría casi tomada…
—No está tomada ni casi tomada. Me carga hablar de mi futuro mientras esté aquí, pero tampoco daré un “no” rotundo porque significaría amarrarme a decisiones que nadie me puede exigir.
—¿Está con ganas de volver?
—Siempre he querido volver. La cantidad de años que he estado aquí… es fuerte.
—Son casi ocho. En este tiempo, ¿advierte cambios significativos en Chile?
—Uno es la despolitización. Gran drama. Eso forma parte de la autocrítica. La politización es una batalla que perdimos por nuestros propios errores.
—Y nos fuimos al otro extremo.
—Sí, en las noticias uno ve puras banalidades. Y uno va a otros países y ve que la gente encuentra el tiempo para ver noticias del mundo, de la política, la sociedad. En Chile, los espacios para eso son cada vez menores. Además, la despolitización favorece el ‘no cambio’.
—Echemos una mirada a la política nacional. Mal que mal, usted es un animal político….
—Permítame decirle, antes que nada, que la expresión “animal político” nunca me ha gustado. Soy una persona política.
—La mayoría de los chilenos cree que Michelle Bachelet volverá a ser candidata presidencial. ¿Tiene esa certeza?
—Sí. No me lo ha dicho ella, pero si uno mira como son las cosas, los tiempos que quedan, el hecho de que no haya rehusado nunca una candidatura, me parece muy difícil que la rechace.
—¿Es bueno que ella corra?
—Ciertamente.
—¿Porque no hay otro o porque es ella?
—Es que a lo mejor no hay otro porque es ella. No es ni lejos la second best, es tan lejos la mejor candidata que no hay otros reales. Quedan pocos meses, es obvio que ya es ella la candidata.
—Ha dicho que “la Concertación no goza de un liderazgo claro. Que ve muchos proyectos individuales pero no el colectivo”. Es tan cliché esto del “proyecto país”. ¿Qué quiso decir?
—Mire, hay distintos niveles… Por ejemplo, hay que hacer realidad que todos somos iguales, que merecemos las mismas oportunidades. ¡Hay gente que no lo cree! El tema de la igualdad de género, libertad de expresión, la desigualdad, la eliminación definitiva de la pobreza… Mi convicción, y espero que la de quienes anden conmigo, es que el Estado debe proveer educación, salud, vivienda, transporte y seguridad de calidad a todos. No significa que todo lo anterior no pueda también ser privado.
—¿A qué colegio fue usted?
—Al Saint George. Mi padre pudo mandarnos a un liceo, al Valentín Letelier, al Instituto Nacional, pero mi madre quería que aprendiéramos inglés. Además ella era católica. En esa época existían opciones; ahora, salvo el Instituto Nacional o el Manuel de Salas, los otros no existen.

—¿ESTÁ DISPUESTO A hacer UNA AUTOCRÍTICA GENUINA como dirigente concertacionista?
—Por razones religiosas o políticas, hay gente que cree que hacer una autocrítica es como hacerse el harakiri, un tremendo mea culpa por los pecados cometidos… eso no me lo escuchará nunca.
—¿Qué le puedo escuchar?
—Una matizada aceptación de las cosas que faltaron. Cuando voy por los caminos de Chile y recuerdo que antes eran todos de tierra y ahora la mayoría están pavimentados, cuando recuerdo que antes había 60 mil estudiantes universitarios y ahora son más de un millón, cuando veo lo que veo, me parece difícil decir ‘hicimos todo mal’, como plantean algunos dirigentes concertacionistas.
—Vamos con su autocrítica.
—Primero: podríamos haber sido mucho más radicales en las exigencias respecto al cambio del sistema político que es primitivo. Durante años aceptamos que grupos políticos que obtenían hasta el 30 por ciento sacaran un solo parlamentario. Quizá deberíamos haber sido más intransigentes en eso. Segundo: tratamos bien los temas de la pobreza, la disminuimos sustantivamente pero no hicimos lo mismo respecto de la desigualdad. Priorizamos el crecimiento, no la forma en que se distribuían los bienes. Tercero: permitimos una cierta despolitización de la sociedad. Cada vez fueron más amplios los espacios de farándula…
—¿La política volverá a ocupar su lugar?
—No estoy muy seguro porque atraer la atención de alguien cuesta cada vez más. Yo tengo fe en las redes sociales, aunque son muy inmediatas, tú me dices, yo te digo, tú me insultas, yo te insulto.
—¿Twitea?
—No, porque como tengo mal carácter; twitearía cosas de las cuales a los dos minutos estaría arrepentido. Y como no hay forma de destwitear…
—¿Cómo ve el gobierno del Presidente Piñera?
—Mire, yo no hablo… Usted sabe que tengo un compromiso…
—No, no sé.
—A mí me eligió y me postuló a este cargo el gobierno de Chile y, por tanto, no voy a criticarlo mientras esté en la OEA. Critico al país, pero ‘Piñera hizo esto bien, Piñera hizo esto mal’, eso no.
—¿Se impuso esta autocensura?
—Sí, es sano. Para serle bien franco, no es mi gobierno. Probablemente, mientras fui secretario general durante el mandato de Bachelet hablaba de esas cosas porque formaba parte de ello. Hoy soy reconocidamente de otra fuerza de oposición… Al día siguiente que deje el cargo le puedo asegurar que hablaré, pero nunca será demasiado feo porque no creo mucho en la crítica negativa. Lo único que diría sobre este gobierno y cualquier otro es que se demuestra que, finalmente, la evaluación de los ciudadanos tiene que ver con un montón de cosas, no sólo con lo económico.
—Hablemos de Chávez y Venezuela. Ha defendido la legitimidad de su ausencia…
—He defendido la legitimidad de los sistemas políticos de los países. ¿Cómo puede alguien pretender que me arrogue el derecho de decir que el Poder Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial de un país están equivocados en la interpretación de la Constitución? ¡No se puede!
—No es un misterio que usted no es chavista.
—Algunos sostienen que lo soy. Hay un señor que me manda cartas que dicen que Chávez debe conocer secretos terribles sobre mí para que yo lo defienda de esta manera… Para empezar, no voy a Venezuela desde que comenté negativamente la decisión del Presidente de cerrar Radio Caracas Televisión. Eso, hace más de cinco años.
—Irónico porque al menos un sector de los norteamericanos lo considera chavista.
—Y del otro lado me consideran imperialista…
—¿Qué queda del Panzer?
—El Panzer está intacto. No tiene todas las atribuciones que quisiera, pero no me quejo.
—¿Se va a jubilar si no es senador?
—¡¡¡No!!! Quiero pasarlo bien el resto de mi vida, tranquilo, haciendo cosas.
—¿Tiene ganas de ser senador?
—Mire, tengo una cierta curiosidad. Postulé una vez al Parlamento sin ninguna posibilidad cuando era del Mapu pero, ciertamente, me gustaría ocupar un cargo público. Tengo vocación para eso.
—¿Cuánto le dolió el que no haya prosperado su candidatura pre-presidencial en 2009?
—No me dolió porque no tenía derecho a eso: no fue decisión mía. Si yo la hubiese tomado habría sido candidato, por lo menos, en una primaria. Pero no era justo salir del cargo a la incertidumbre.
—Apareció como una indecisión suya.
—No, no fue indecisión. Decirles antes de cumplir tres años en el cargo, ‘muchas gracias por elegirme, qué buenos fueron ustedes, con permiso, me voy’. ¿A qué? Bueno, voy a ver si resulta… No puedo dejar botadas las cosas para lo cual me eligieron a cambio de una aventura.
—Ese mismo vale ahora.
—Aprendí que uno no habla de una cosa hasta no terminar con la anterior.
—Algunos sostienen que a la OEA le falta relevancia y presencia.
—Dicen que le falta punch. Esta es la OEA de los tiempos en que Piñera le entrega a Castro la secretaría de la Celac y nadie chilla. En la OEA se necesitan tres cosas: que todos los países sean miembros; que todos sean democráticos, y que todos se sientan incluidos, que no haya unos a quienes se apunta con el dedo y a otros que se les perdona todo.
—¿Se le ha puesto más duro el cuero?
—No sé. De pronto uno advierte que se ha hecho de enemigos. Hay gente que dice cosas horribles.
—¿No los tuvo antes de asumir el cargo?
—No. Había tenido adversarios, no enemigos.
—¿Hoy tiene ambos?
—Hay gente que tiene encono conmigo.
—¿Le afecta?
—Molesta. El insulto es contrario a la política.