Pocos debates pueden ser más canallas que el que cada año enfrenta a gobernantes, gobernados y empresarios. Nada parece tan injusto y los argumentos tan equívocos y traidores como esto del sueldo mínimo. Ya su sola mención parece una afrenta contra todo aquel que se gana lo suyo trabajando y sugiere mala fé por parte de quienes firman los cheques. “Mínimo” es una palabra de mierda, hay que decirlo. Sobre todo cuando lo que se discute es el máximo mínimo. El techo de la pobreza. El borde de la indignidad.

Mientras en La Moneda se reunían -por enésima vez- los ministros y sus parlamentarios, repitiendo -otra vez- que siete lucas hacen la diferencia entre tener pega o irse al cuerno, en la Sofofa los empresarios estaban ocupados en lo suyo, pero aún así su líder, Andrés Concha, se dio la lata de explicar para la tele algo muy sensato. Dijo más o menos esto: el sueldo mínimo lo recibe un grupo que representa a lo más al 10% de la fuerza de trabajo, gente con muy poca capacitación y baja escolaridad, que se desempeña en empresas humildes, muy vulnerables a los aumentos de sus costos, donde probablemente siete lucas hacen la diferencia entre seguir funcionando o cerrar, entre contratar o despedir.
Esto es así y cualquiera que entienda algo básico de economía lo sabe. Dejémonos de leseras. En un país donde el mercado es Dios y uno de sus exponentes más prósperos es el Presidente, el credo dicta que el mercado se debe regular solito. Así, no debe extrañarnos que el debate político se enfoque más en disparar a matar al adversario que en pensar en ayudar a ese grupo reducido de chilenos. La prioridad es darle palos a la oposición o al oficialismo, en busca de una ganancia egoista (votos) antes que cubrir el costo marginal, ese 10% que, a fin de cuentas, se conforma con un bono. Papá fisco irá en su rescate de todas formas si necesita más.

Pero el asunto acá es otro. Las críticas, los ataques, las quejas, las disculpas, defensas, diatribas y ditirambos sobre, entorno y respecto al sueldo mínimo están mal enfocados. No se trata de economía, nisiquiera de sociología. Si hubiera una verdadera política, nisiquiera existiría el problema. El asunto es, otra vez, la patética condición del alma de la civilización que temenos. Construimos sociedades llenas de contradicciones, en que se exige que la gente se capacite para ser funcionaria durante los mejores años de su vida, memorizando esto o lo otro que casi siempre nada tiene que ver con lo que va a necesitar “en el mundo del trabajo”, para dedicarse a producir bienes y servicios que después debe comprar por el doble de su valor. Una sociedad que entrega seguridades mínimas como casa, pan y descanso a quienes se pliegan obedientes a la mayoría de los operarios obedientes del engranje que fagocita sus mentes, destruye sus cuerpos y ensucia sus almas. Y pobre del que se rebele, porque no tendrá cómo comprar plasmas, ni pagar sus cuentas, ni parar la olla. Curiosamente, el pináculo del éxito de este sistema está reservado para quienes tienen habilidades muy diferentes a las que se le exige a la mayoría. Los verdaderos millonarios, los culogordos de Forbes, no fueron a la universidad o no obtuvieron un título, nisiquera observaron rigurosamente la ley todo el tiempo y muchos de ellos, de hecho, no le ha trabajado un dia a nadie.

Cualquiera que investigue algo sobre el cerebro reptil que controla el 90% de nuestras acciones sabe que nuestro impulso básico es ganar lo más que se pueda a cambio de lo menos posible. Si hicieramos un plebiscito al respecto no cabe duda de que la opción mayoritaría sería trabajar cuatro horas dos dias a la semana, descansar los otros cinco y ganar un sueldo mínimo de siete cifras, además de todo el full equipo gratis, por cuenta del Estado. Justicia, calidad de vida y hasta los manoseados derechos humanos serían las razones esgrimidas. Los extremos se tocan ahí donde cada uno busca defender sus prevendas y satisfacer sus ansias carnívoras.

Cualquier psiquiatra, sacerdote o policía sabe que si alguien puede actuar de manera ilícita impunemente para sacar beneficio, lo hará. Todos sabemos que si se trata de vida o muerte, yo primero y que el resto se las arregle. ¿No me cree? Entonces le conviene informarse un poco sobre los estudios respecto al altruismo tan cacareado y la bondad y cómo aparecen solo si hay alguien mirando o algo que ganar. Pregunte en Google.

Ciertamente es inmoral que los “más favorecidos” (si consideramos así solo a los depradadores que están en los puestos de arriba de su escala alimenticia) acumulen márgenes gigantezcos de utilidades que jamás van a gastar y no quieran compartir ni siquiera con quienes trabajan para ellos. Lo cierto es que más allá del primer millón de dólares la diferencia es solo codicia y egoismo… Inmoral es hacer que un grupo de personas que no pudo capacitarse debidamente por las desigualdades que genera esta sociedad tonta, para tener el privilegio de convertise en engranaje de la máquina de moler carne, tenga que implorar por migajas para poder seguir girando dentro del mecanismo. Pero también es cierto que si esa gente que espera el milagro decidiera dejar de esperar y tomara la responsabilidad de su propia vida, otro gallo escucharía cantar. La verdadera injusticia acá no es que unos ganen mucho y otros poco, sino que lo que se valora sea algo diferente a la riqueza interior del ser humano.

Tan perdidos estamos que hablamos de cualquier cosa, antes que de lo esencial. Y tan culpables son quienes lo propician, para seguir profitando de sus privilegios infantiles, como quienes lo aceptan para seguir justificando no gobernar sus vidas y esperar sin más esfuerzo que mantener la mano estirada. Si entendiéramos que lo que das, te lo das a ti mismo, y que cada uno es al artífice de su destino, el mínimo para cualquiera sería, sin duda, el máximo posible.

>En Twitter: @Daniel_Trujillo