Admiro la vocación de la abuela de mi mujer que nada más guardado el árbol de Pascua, ya se pone en campaña de comprar los regalos para la Navidad siguiente. Admiro, también, el tiempo que se toman algunas personas para confeccionar, con sus propias manos —en una suerte de homenaje al bricolaje o a la revista Hágalo usted mismo—, los obsequios que entregarán para la Nochebuena a un pelotón de familiares. Y algo parecido me ocurre con la persistencia de la tía de un amigo, que año por medio regala el mismo sweater verde botella, con nieve, reno y trineos a sus sobrinos, en una costumbre importada desde los Estados Unidos.
Claramente, hay que tener una vocación particular para librar ileso y estoico del paso por ese trance que supone celebrar, cada año, la Nochebuena. Es cierto que de niños era una festividad que nos llenaba de ilusión. Pero desde el día en que descubrimos a nuestro padre poniendo los regalos bajo el pino recién cortado —y callamos para no echarle a perder la fiesta— sospechamos que podía convertirse en un trauma difícil de sobrellevar.

Con el tiempo, hay cosas que uno ya se atreve a decir: que el pan de Pascua con su lluvia de calorías no es el ideal para una noche tibia de diciembre, mucho menos si se acompaña con un vasito de Cola de mono sin helar; que hay pocas cosas más aburridas que los villancicos —hasta los seis años pasa, pero después de los quince deberían prohibirse porque de otro modo eres candidato seguro a la narcolepsia—; que las cartas al Viejito Pascuero siempre debieron ser breves telegramas o tuiteos, para no prolongar el estrés y la angustia que ellos conllevan.

Quiera el destino que no nos sorprenda el 24 de diciembre sin haber comprado algún regalo. Pillados en falta, lo buscaremos desesperadamente, pelearemos en los tacos con otros conductores, correremos de una tienda a otra, obviaremos almuerzos y compromisos y, en el intertanto, nos devanaremos los sesos tratando de dilucidar el obsequio perfecto para esa tía puntillosa que hace rato anunció visita desde el sur. ¿Cómo saber cuánto calza?, ¿preferirá los perfumes cítricos a los dulzones? Finalmente, lo conseguiremos con honores, porque ella se emocionará de veras cuando vea lo que le compramos. Lamentablemente no podremos decir lo mismo, porque esa polera que nos ha obsequiado, con la etiqueta de oferta que revela el poco aprecio que despertamos en ella, podríamos haberla lucido casi con orgullo cuando teníamos quince años, y el sentido del ridículo no estaba desarrollado aún, pero a los cuarenta y tantos…
Y ahí hay un tema que alguna vez dio trabajo a Freud: el qué se regala cuando se regala. ¿Regalamos lo que somos?, ¿lo que queremos ser?, ¿regalamos en la medida de nuestro cariño? Por otro lado, los regalos son pérfidas radiografías de quienes los hacen. El marido que le obsequia a su mujer el último centro de cocina o un set de ollas de ultratecnología no hace más que reafirmar su condición de talibán del machismo —esa caricatura que sitúa al hombre como el proveedor y a la mujer pelando las papas antes de freírlas—; así como la mujer que le da un libro a su marido no hace más que decirle: “¡Ponte a mi altura!, desarrolla tu lado sensible, ¡culturízate, animal!”.

SUFRIR PARECE SER LA CONSIGNA. Un artículo del escritor Juan Villoro postulaba esta tesis: “Aunque no todos recuerdan que la fecha conmemora el nacimiento de Jesús, una religiosidad indefinida pero certera se adueña de estos días. El principal componente religioso de la fiesta es el sacrificio, no de un buey ni de un cordero, sino de nosotros mismos. La Navidad sólo tiene sentido si viene precedida de molestias. Las horas de desquiciamiento en el tráfico, las colas para que te envuelvan un regalo, las tarjetas de crédito a punto de estallar son pruebas materiales de que mereces algo grandioso”.

No dejo de encontrarle razón. Hay años en que uno termina como un animal camino al matadero. Hecho un guiñapo. Y ahí tienes que estar, sentado a la mesa de tus suegros, poniendo cara de que aquí no ha pasado nada, como si esa cena de Nochebuena a la que llegaste con tu mujer y tus hijos —en una postal impoluta de la familia feliz— hubiese sido fruto del consenso y la armonía, cuando en realidad has estado la última semana casi encaramado a un ring de boxeo tratando de convencer a tu mujer que ahora les toca la Navidad con tus padres y no con los de ella.
Villoro agrega además un nuevo foco de conflicto: “La Navidad sería menos tensa, es decir, menos sufrida y religiosa, si no hubiera gente como la tía Herminia que de golpe ofrece: Puedo hacer un puré de camote genial. Hacer puré parece un acto solidario; se prepara como acompañamiento. Por desgracia, esto ha dado lugar a una peculiar sicología. Como el puré resulta sociable en sí mismo, la gente que lo prepara se olvida de que debe combinar con algo y no toma en cuenta lo que hacen los demás. Así, el menos impositivo de los guisos se convierte en un aerolito. ¿Pero quién se atreve a decirle a la tía Herminia que el camote no es genial y menos preparado por ella? Los pleitos y la falta de comunicación previos a la noche grande han provocado circunstancias como aquel menú en que no hubo pavo y sobraron tres purés. Mi plato parecía la cena de un astronauta”.

NO SE TRATA DE SER EL GRINCH. La Navidad también tiene su lado bueno y ofrece cosas como una magistral narración de O. Henry, seudónimo del escritor norteamericano William Sydney Porter. Se llama Los regalos perfectos y era uno de los cuentos favoritos del gran Jorge Luis Borges —a quien cuando chico le encantaba mirar cómo su abuela inglesa armaba el árbol, más allá de que sintiera que, como niño, no había hecho nada para merecer regalos navideños.

La historia es estremecedora: un hombre (Jim) y una mujer (Delia), jóvenes, sin grandes recursos, pero con un amor a toda prueba que los ha unido en matrimonio, deciden, por su cuenta y en secreto, hacer un regalo inolvidable al otro. Tienen tres chauchas y con eso no pueden comprar nada. Entonces, la mujer, que ha preservado por años un pelo largo hasta por debajo de las rodillas, decide cortárselo y venderlo. Con lo que obtiene, adquiere una hermosa cadena de platino para el reloj de oro que es el mayor orgullo de Jim. Cuando él llega a la casa, queda impactado, no tanto por el corte de su mujer como por aquello que él decidió comprarle: un juego de peinetas de carey, adornadas con piedras preciosas, que ya no podrá usar. Delia termina conmovida. Después, ella le entrega la cadena de platino. “¿Verdad que es hermosa la cadena, Jim? Ahora tendrás que ver la hora cien veces al día”, le dice. Pero Jim no podrá hacerlo: ha vendido el reloj para comprar las peinetas.
Aunque tiene un sentido distinto, el de O. Henry es un hermoso y premonitorio cuento. Nadie nos advirtió cuando niños lo que nos esperaba; nadie nos dijo que la Navidad también podía ser una celebración insufrible.

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