Salvo un puñado de ex colaboradores a los que no les apasionó tanto el Estado ni el servicio público como para volver nuevamente, Sebastián Piñera cuenta con más de mil nombres que aspiran a ser parte de su gobierno entregados por Renovación Nacional, la UDI, Evópoli y el PRI.

Obviamente la carpeta más importante es la de los candidatos a ministros que, tal como dijo Andrés Chadwick, están siendo elegidos por el presidente electo, en su escritorio, a solas, con su lápiz rojo y su block. Salvo la lealtad hacia el equipo que lo escoltó desde que dejó La Moneda —Chadwick, Gonzalo Blumel, Cecilia Pérez y, en menor medida Felipe Larraín—, Piñera no tiene otra presión más que mantener un equilibrio entre los partidos que lo apoyaron.

Esto, si es que lo desea, porque, incluso, su triunfo en segunda vuelta, le dio margen para saltarse algunas formalidades. A diferencia de 2010, Piñera no tiene hoy la necesidad de abrir su gabinete hacia la DC, como lo hizo con Jaime Ravinet, en una de sus apuestas fallidas más ruidosas.Tampoco existe la presión que hicieron sentir hace ocho años los entonces todopoderosos “coroneles” de la UDI, cuando Jovino Novoa, por ejemplo, impuso a Ena von Baer. Y no tiene un presidente de RN que le esté respirando por la espalda, como lo hizo Carlos Larraín.

Hoy, además, no todos los políticos más avezados de la centroderecha se encuentran en el Parlamento, como antes. Esta vez Alberto Espina, Hernán Larraín, Valdo Procurika, Cristián y Nicolás Monckeberg, entre otros, decidieron no repostular a la espera de trabajar en el gobierno. Salvo Andrés Allamand, cuyo nombre vuelve a figurar en la lista de ministros. Se agrega un conjunto de ex legisladoras con varios periodos en el Congreso en el cuerpo que perdieron, como Andrea Molina, Lily Pérez y Claudia Nogueira… Pero lo más importante, señalan sus cercanos, hoy no siente la presión del mundo empresarial al que pertenece y que marcó su primer gabinete.