“¿Usted cree que Santiago de Chile está caro? ¿En qué lo nota, si lo nota?”, preguntamos en Twitter y las respuestas llovieron en cosa de minutos. El aparente encarecimiento de la vida en la capital es asunto que a la gente le preocupa y le indigna.

La comparación con otros países es inevitable: “Llevo tres meses viviendo en Vancouver —Canadá— y acá gasto menos en alimentación y lo mismo en arrendar departamento amoblado”, cuenta Juan Pablo, ingeniero civil. Catalina, chilena residente en España, señala que “en comparación con Madrid, el supermercado es más caro en Santiago. Lo mismo salir a comer fuera”. El relato de Alejandra, periodista y viajera frecuente, apunta al precio de las viviendas, uno de los reclamos más extendidos: “En arriendos y ventas inmobiliarias estamos como si todo Santiago mirara al Central Park (…). En comida, México y Madrid, están mucho más baratos”. Pablo, que reside en Australia, dice que Sydney, una de las ciudades más caras del mundo, “en comida y otros bienes es más barata” que la capital chilena. Algo parecido relata Sofía: “¡Viví en Holanda y la mercadería costaba lo mismo!”.

El constructor civil Tomás M. es casado, tiene dos hijos pequeños y vive en una buena zona de las afueras de Santiago. Junto a su mujer son bastante ordenados respecto de los gastos y mensualmente hacen un registro Excel, lo que les permite hacer constantes comparaciones: “En dos años subimos el costo del supermercado en más de un 30%, comprando las mismas cosas”, relata. Cuenta que para evitar los gastos en exceso identificaron que algunos productos son bastante más baratos en algunos supermercados que en otros, por lo que no adquieren todo en el mismo lugar. “El pollo, por ejemplo, lo compramos por internet”, señala el profesional.

De acuerdo a las últimas cifras del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), los alimentos han subido un 7.2 por ciento en un año, lo que instala a Chile como el segundo país de la OCDE, después de Turquía, donde más se han incrementado los precios. Según la radiografía del mes de septiembre, de los 76 productos medidos, 35 registraron alzas mensuales.

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Pero a diferencia de lo que ocurre en Chile, la tendencia mundial es la disminución del precio de los alimentos. De acuerdo al índice de precios de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), entre septiembre de 2014 y septiembre de 2015 en el extranjero han bajado en promedio un 18.9 por ciento. El aumento del precio del dólar, sin embargo, encarece los productos que Chile importa, como el aceite, el azúcar, parte de la carne de vacuno, algunos lácteos y, estacionalmente, los cereales. La sequía, por otra parte, aumenta el precio de la producción interna.

A través de Twitter, una mujer de nombre Gracia escribe un tuit con uno de los reclamos más repetidos últimamente: contra el supermercado. “Echas cuatro o cinco cosas y la cuenta es de 50 mil pesos. Angustiante”.

La mayoría de los chilenos se abastece en los supermercados. Pero aunque todos tienen costos de comercialización, cada vez se toma mayor conciencia de que existe una diferencia importante de precios entre unos y otros. Lorena Mejías, por ejemplo, es trabajadora de casa particular y hace algunos meses realiza sus compras en una cadena de tamaño pequeño que tiene sus bodegas, sobre todo, en comunas de la periferia de la ciudad. Compra abarrotes, lácteos y productos de limpieza. “Hago una compra al mes para 12 personas y todo me cuesta 100 mil pesos”, señala.

Consuelo Goeppinger, cronista gastronómica y autora de Dónde, una guía de compras gourmet en Santiago, conoce precios de productos en diferentes zonas de la ciudad. La periodista señala que la Vega Central sigue siendo mucho más barata que los supermercados y no solamente en frutas y verduras. “En el supermercado, un cuarto de queso cualquiera cuesta $ 1.000. En la Vega, por el mismo dinero, compras uno de verdad”, señala Goeppinger, que también se ha percatado del considerable aumento de precios de los restoranes. Indica que a diferencia de lo que sucedía hace cinco años en Santiago, actualmente solo es posible comer bueno y barato en determinadas zonas como Franklin, donde existen lugares que ofrecen comidas de calidad por $ 2.000 a $ 3.000, a precio de picada. “Destacados restoranes de comida chilena, que antes eran amables para el bolsillo, ahora cobran $ 8.000 por una plateada de 300 gramos, cuando sabemos que el kilo cuesta $ 5.000. Hasta el restorán más mediocre tiene sus platos a $ 7.000”, señala la crítica gastronómica.

En Santiago, los trabajadores hacen malabares para comer diariamente fuera de sus casas. Un alto ejecutivo que trabaja en la zona de Nueva Las Condes, en Rosario Norte, comentaba hace unas semanas que una ensalada cuesta más que en Manhattan. Debido a esta realidad, el comercio informal se ha instalado en el barrio y ofrece comidas baratas que de baratas tienen poco: un plato cualquiera, vendido en la calle o en la oficina, cuesta unos $4.000 sin bebida ni postre.

Paola, abogada, trabaja en el centro y dice que en esa zona tampoco se consigue nada por debajo de los $6.000: “Por eso la comida chatarra es opción generalizada”, nos relata por Twitter.

Algo similar sucede con los hoteles. Jesús D. es español, vino a Santiago junto a su mujer y se quedó en un hotel pequeño de Providencia, a unas diez cuadras del metro Los Leones. No podía creer que le costara lo mismo que el alojamiento en cualquier ciudad grande de Europa. “Me salió la noche en torno a 90 ó 100 euros. Acabo de estar en Valencia, en un hotel 4 estrellas, limpio y nuevo y me ha costado 70 euros. Saca tú misma la conclusión”, nos relata desde Madrid. “En España, un hotel 4 estrellas oscila entre 75 y 100 euros, dependiendo de su ubicación y estado de conservación. Pero estamos hablando de España y de precios y salarios españoles”.

El tipo de cambio del dólar favorece a los extranjeros —los argentinos hacen colas para comprar tecnología y ropa en las tiendas de marca—, pero algunos precios siguen sorprendiendo a los visitantes y a los residentes de otras nacionalidades. Carlos S. es español, vive en Santiago hace seis años junto a su familia y cuenta que previamente pasó una temporada en Chile. “Entre 1999 y 2000 los precios eran accesibles y tenían relación con lo que ganaba la gente. Pero todo lo que antes me parecía una ventaja, está a precios alucinantes”, señala.

Para el economista Ricardo Ffrench-Davis, el aumento de precios, como los de restoranes y hotelería, es una mala consecuencia de la globalización. “Los valores de algunos de estos servicios en Santiago se han ido asimilando a los niveles de las economías desarrolladas. ¡Pero a las partes más desarrolladas de esos países! Nueva York, San Francisco, Londres y París”, señala el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales 2005. Ffrench-Davis dice que el aumento de precios se produce por el libre mercado y no responde a un encarecimiento objetivo de la producción: “La globalización debiera respetar los costos relativos locales, porque los salarios de los mozos chilenos no están al nivel de los mozos franceses y neoyorquinos. Entonces lo que se dispara, en realidad, es la utilidad de los dueños de los restoranes y de los hoteles”.

Marco Kremerman, economista de la Fundación Sol, también se detiene en la desigualdad de salarios que existe en Chile, un tema clave para dimensionar la magnitud del fenómeno. “De acuerdo al último informe del Banco Mundial, el 1 por ciento más rico concentra el 33 por ciento de los ingresos en Chile”, explica. “Esa pequeña elite dispara los precios en los sectores donde ellos se mueven y no solo para ellos, sino para sus altos ejecutivos, por ejemplo”. Kremerman señala que los altos precios que algunos pueden pagar produce un efecto contagioso hacia el resto de la economía, pero que a la inmensa mayoría de la población le resulta dificultoso o derechamente imposible pagar por ciertos productos o servicios: “El 50 por ciento de los trabajadores chilenos gana menos de 305 mil pesos líquidos”, señala el experto.

Pero si la economía está desacelerada, algunos precios han subido y la mayoría de la ciudadanía tiene bajos ingresos, ¿por qué el centro comercial y los espectáculos caros se siguen llenando? “Por el nivel de endeudamiento”, responde Kremerman. “En un país de 17 millones de habitantes, existen 10.8 de personas endeudadas, con 3.5 millones de morosos que tienen un promedio de 5.3 documentos impagos”, señala. “Un dato que llama la atención es que un 28 por ciento de los chilenos se está endeudando para comer”, indica el economista.

La locomoción pública es otro ítem problemático: si una persona trabaja en promedio 23 días al mes y gasta a lo menos un pasaje de ida y otro de vuelta —640 cada uno— gasta por lo bajo $ 29.440 mensuales. Representa el 15 por ciento de un sueldo mínimo que está en $193.000 líquido.

El ingeniero en transporte y académico de la Universidad Diego Portales, Louis de Grange, ha analizado la tarifa del Transantiago y la ha comparado con otras ciudades del mundo. “Por pasajero transportado —la tarifa que paga el público más el subsidio— es el sistema de transporte público más caro de Latinoamérica. Considerando solo la tarifa que paga el pasajero, es el segundo más alto de la región, después de algunas ciudades brasileñas”, informa el especialista.

Una profesional que vive en Chicureo relata que solo para venir a Santiago y regresar a su casa gasta mensualmente $300 mil, considerando los $50 mil de estacionamiento en su oficina de Providencia, $100 mil de peaje y el resto en bencina. De Grange ha hecho el cálculo y asegura que usar un automóvil en Santiago cuesta entre 10 mil y 30 mil pesos diarios.

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Pero debido al descenso de los precios de los propios automóviles, la entrada de marcas chinas y el acceso al crédito, entre otras causas, el parque automotriz ha aumentado un 83,1 por ciento entre 2003 y 2013 en Santiago, señala el ingeniero. De acuerdo a sus análisis, el valor del estacionamiento ha subido a la par que las viviendas: la media hora cuesta $480 en Recoleta y $650 en Las Condes. Pero la capital no tiene los estacionamientos más caros del mundo, aclara el ingeniero. Según el análisis de los precios en 155 ciudades el mundo, Santiago se encuentra en el número 94 del ranking. Londres es la más cara —cuesta unos mil dólares el estacionamiento mensual— y a nivel latinoamericano nos encontramos por debajo de ciudades como Buenos Aires, que se ubica en el 65 de la lista.

El precio de la vivienda en la capital también ha subido en los últimos cinco años y es una de las principales quejas de los residentes de la ciudad: tanto el valor de los arriendos como de la compra se ha disparado en todas las zonas de la Región Metropolitana, aunque sobre todo en las comunas que están dentro del anillo de Américo Vespucio y en el sector oriente. Entre 2011 y 2015, por ejemplo, algunos departamentos han triplicado su valor en Providencia. El urbanista Iván Poduje explica que se debe principalmente a tres razones: ha aumentado la cantidad de gente que puede comprar, el interés creciente por vivir a una distancia no mayor de cinco kilómetros de la Plaza Italia y la reducción de la oferta. Poduje señala que justamente por el alza de precios, el Banco Central hace un par de años analizó la existencia de una posible burbuja, que finalmente fue descartada. “Pero es necesario monitorear cada cierto tiempo, porque siempre hay riesgo”.

Para el economista Marco Kremerman existe un factor clave que incide en la percepción de que las cosas están más caras: la ausencia en Chile del llamado salario social. “No es lo mismo para un hogar enfrentar los gastos mes a mes cuando la educación y la salud es gratuita que tener que desembolsar sumas de dinero en estos dos ítemes”, señala el especialista de la Fundación Sol. De eso habla Paulina Astroza, que acaba de llegar a Chile después de cuatro años viviendo en Bélgica, donde realizó un doctorado en Relaciones Internacionales. “Una de las cosas que más me impactó fue el precio de los remedios. Un antibiótico para mi hijo me costó $23 mil. En Bruselas pagaba 0.68 céntimos por el mismo (unos 520 pesos chilenos)”.