La pelea –iba a decir “disputa”, pero puede prestarse a malas interpretaciones– entre los candidatos presidenciales Evelyn Matthei y Franco Parisi debe ser de lo peor que se ha visto en la política chilena. Y eso no es poco.

Porque la nuestra es una política plagada de escandalillos, de acusaciones cruzadas, de malas prácticas y un largo etcétera de tejados de vidrio que los mismos políticos suelen olvidar al momento de lanzar sus dardos a los ocasionales contrincantes, que luego serán aliados según la conveniencia. Recordemos, sin tener que alejarnos demasiado de esta historia, el episodio de la radio Kioto, con Sebastián Piñera y Evelyn Matthei recurriendo a todas las artimañas posibles para hacerse daño. Los mismos que, no taaaantos años más tarde, serían aliados y presidente-ministra. Así es la cosa.

Pero esta pelea está yendo más allá. Porque, motivaciones políticas aparte, conveniencias circunstanciales para lanzar las acusaciones, los argumentos –si se les puede llamar de esa manera– dejan bastante que desear.

Abrió los fuegos Matthei, con la acusación por la deuda previsional que mantendría Parisi con profesores de dos colegios que administraba junto a su familia. Vino el contragolpe de Parisi, con una deuda previsional de Matthei con un par de ex empleados. Y culpar al hermano, y hablar del hermano, y el “al menos mis hermanos están reconocidos”, y así.

La historia es sabrosa. Una rivalidad electoral llevada a sacar al aire los trapos sucios del oponente. Nada tan nuevo. Pero si a eso le sumamos el video de Parisi jactándose de haber comprado los colegios que ahora desconoce haber tenido, un Porsche y una polola mucho más joven que él, una pelea llevada a las redes sociales por los propios candidatos y sus adherentes, tenemos una teleserie.

Pero, ¿por qué quedarnos ahí? Agreguemos una querella de los masones, la acusación de la “Operación Italia” –mis manos al fuego que esa es una teoría del asesor comunicacional de Parisi, muy dado a la conspiranoia– y el producto mejora. Sólo falta que salgan al baile los Illuminati y jubilamos a Dan Brown. De hecho, dicen que el estadounidense estaba escribiendo “El Código Parisi”, no se sabe si precuela o secuela del Código Da Vinci, y que abandonó el proyecto indignado porque no iba a poder competirle a la historia real.

Ese cliché, indignante como todos los clichés, de “la realidad supera a la ficción”, pareciera haber sido creado para esta pelea. Porque en un cameo en esta serie aparece Antonino, el hermano de Franco Parisi, a quien el candidato culpa de todo. Pero el hombre, ambicioso, quiere hacer crecer su personaje, que se convierte en secundario con una acusación por violencia intrafamiliar.

Por los palos asoma otro personaje interesante, que no es parte directa de la trama central pero que va construyendo una interesante historia secundaria: el candidato Marcel Claude y su orden de embargo por deudas – Chile, larga y angosta franja de endeudados– con ex periodistas del Diario Uno.
Llega un punto en que uno se pregunta qué más podría pasar. Los guionistas se nos desbocaron, consumieron alguna sustancia alucinógena que los hizo escribir historias que no cabrían ni en la más afiebrada mente. Y ahí está la trama, en las páginas de los medios, en las pantallas de TV, en las redes sociales. Y nosotros, el público, expectantes ante el próximo ataque, la siguiente acusación, la nueva cuchillada, ya no por la espalda sino frontal, a cara descubierta y con gesto de ira contenida.

Por lo pronto, al menos yo ya perdí la capacidad de asombro. Si se devela que todo esto es una pelea pasional por un antiguo y tórrido romance entre Parisi y Matthei, ni me despeinaría. Todavía queda casi un mes para las elecciones, así que quedan capítulos por delante. A ver qué nos depara el desenlace.

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