‘Rubio clarísimo plata irisado ceniza’ es el nombre de tintura más famoso de la cadena Netflix. La poderosa plataforma de programas y películas tuvo un impacto directo en la industria cosmética gracias a esta coloración —la Nº 20,21— que Claire Underwoood (Robin Wright) llevó a otro nivel de popularidad en House of Cards, la serie política más comentada de este milenio. Por eso, como matea y fanática de este show, a Lily Pérez no le importó estar con el producto químico en su cabeza hasta pasada la medianoche para lograr la fantasía de replicar a uno de los personajes femeninos más enigmáticos y elegantes de la pantalla.

La senadora estaba de vacaciones cuando recibió la invitación de CARAS para posar como la protagonista de HoC y, a modo de ‘juego’, cruzar la ficción de esa historia ambientada en los círculos del poder en Washington con la realidad de la política chilena. Y no fue tímida en las comparaciones.

En esta fantasía —y ni tanto— contó con una cómplice: su hija y productora de moda Paola Beher, también fan del drama, quien buscó los diseños y colores para dar con el personaje. “Desde el primer capítulo quedé impactada. Y le dije: Mamá, ¡eres tú!”, bromeó con ella. Entre la salida de RN (2014) y la inspiración de la pantalla vino la decisión del cambio de look a una melena asimétrica que abrió rápidamente las comparaciones y comentarios.

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Para los ‘vírgenes’ del programa: Claire es la mujer del influyente senador Frank Underwood. Político con grandes ambiciones y una agenda secreta bajo la manga, que recurrentemente deja caídos en el camino. Matrimonio con una voluntad de poder sin límites, frío, a la par y con un pacto de retroalimentación para lograr sus metas individuales en el ‘servicio público’.

“No me aguanté. Me levanté temprano para terminar los pocos capítulos que me quedaban de la tercera temporada. ¡La última escena! ¡Ohhh!”, escribe desde su celular la actual integrante de Amplitud.

A un mes del estreno del último ciclo y ya se había devorado los trece episodios.

Para esta portada la idea era dividir la conversación en dos: televisiva y de la actualidad. Pero a los pocos minutos, la ficción de la serie y la agitada escena política cruzaron veredas.

Después de la sesión de fotos, la senadora sigue mostrando sus piernas doradas (y sin un poco de celulitis) con un vestido corto y andar coqueto que le dan sus altos tacones. Mientras caminamos por las tranquilas calles de Ñuñoa en busca de un café, las personas con las que se topa no pueden evitar el mismo guiño: la saludan y también se detienen en su destapada figura. Se cuida: pide una ensalada verde con salmón. ¿El postre? No existe.

—¿Cómo llegó a la serie?

—Deja acordarme… Me la recomendó Salustio Prieto (ex gerente comercial de Correos de Chile), un gran amigo desde la época de la universidad. Hoy me acompaña en Amplitud. Fue él quien insistió en que tenía que verla.

—¿La primera impresión?

—Los primeros capítulos me parecieron… (Se detiene unos segundos controlando el primer impulso) Este matrimonio es ambicioso —retoma— y Frank Underwood es un desgraciado (ríe, ya sin autocensura). Al principio encontré que tenía muchos rasgos de humor, pero después se fue poniendo dura y violenta. Incluso, las imágenes se tornaron más oscuras: muchos interiores, de noche y con más…

Pérez, como seguidora de la fórmula Netflix (que pone a disposición todos los capítulos de una vez), trata de escoger las frases correctas para no romper el pacto tácito de los fans: no entregar adelantos de la trama.

—¿Es un placer personal?

—No, todas las temporadas la veo con mi marido (el abogado Miguel Bauzá) y la vamos comentando. Comemos y nos metemos a la cama a revisar la serie. Lejos, el mejor panorama para mí es ver películas, ir al cine o al teatro. Soy poco de vida social. 

—¿Qué le parece esta mujer?

—A ver… Lo que me gusta de Claire es que es fuerte, poderosa y muy femenina. Me encanta porque también soy así: power. Pero jamás me he masculinizado, sino que todo lo contrario. Eso me llamó la atención, porque en general las mujeres que están en política y aspiran a cargos muy relevantes se masculinizan mucho, hablan muy duro, golpean la mesa o usan garabatos. Se ponen vulgares como muchos hombres, y eso es algo que a mí nunca me ha agradado.

—La vulgaridad no se toma a las mujeres de HoC. Son rudas, pero no vulgares, excepto en la intimidad.

—Exactamente, es distinto. En cambio, en Chile sí se da.

Semanas después de esta conversación, Robin Wright aparecía en la portada de Vanity Fair. Y aunque esa entrevista es a la actriz y ex mujer de Sean Penn, la figura de Claire Underwood está en el título con la definición del personaje: “Reina de Hielo”.  “Probablemente algunos piensan que ella es un ángel y otros que es un demonio. Es difícil adivinarla. Es absolutamente impredecible. Creo que eso despierta un tremendo imán para la gente”, apunta la parlamentaria.

—En HoC las mujeres son gélidas. ¿Hay que ser así en política?

—Es lo ideal, pero a mí nunca me ha resultado: soy de las que lloro y sufro. Sería lo óptimo. Hay mucha gente disociada en la política, que divide mucho sus afectos de la conveniencia. Por eso hay tantas deslealtades, traiciones… Tienen definida una meta política y aquello de que El fin justifica los medios.

—¿Se puede compartir el poder?

—Es inviable. Imposible que termine bien.Creo que los matrimonios o las parejas en que los dos funcionan en torno al poder —político, de una empresa o de un medio de comunicación— son difíciles. Uno tiene que contener al otro. 

—En esta ficción se ve un vínculo motivado por la ambición más que por el cariño.  

—Se casaron conociendo sus ‘debilidades’. Intuyo que Claire sabía perfectamente las de Frank… De su pasado en una academia militar y eso a ella no le produce nada. Ambos utilizan el sexo como una herramienta de poder para alcanzar sus metas.

—El sexo.

—Está subyacente, pero hay mucho sexo en la serie. Y en la vida real, en la política chilena, también. Es así: subyacente. Existe mucha gente en política —hombres y mujeres— que lo usan para trepar o conseguir cosas. 

—¿Es algo tan abierto en Chile?

—Hay cosas que se saben… Se conoce porque hay personas que tienen bastante disociados sus afectos y el poder. También están otros y otras que desde siempre han usado el sexo como una forma de escalar o de conseguir cosas. Por lo tanto, más que rumor, hay historias que sí se saben en política. Entonces, no es tan ficción esa parte de House of Cards

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El programa ya es parte de la pauta alternativa en los partidos y hemiciclo. “Hubo una época durante el gobierno del Presidente Piñera que se comentaba en La Moneda quién era el Frank Underwood. Y no era él…”. 

—¿Clasifica alguien como Claire?

—No. Habría que ver la serie entera. Pero hasta el momento, no.

—La política no es femenina

—En general, para nada. Ojalá hubiera más interesadas. Pero no cualquiera, sino que aquella que realmente esté dispuesta a sacrificar muchas cosas. Cuando la vocación política es fuerte, uno la sufre y la ama. Y eso es muy fregado. Uno de los efectos que vemos hoy con el caso Penta y Caval, entre otros, tiene que ver con que a la política llegó gente que no es vocacional; gente que llegó para mentir, para ganar plata, para tener estatus, para trepar. Se juntó mucha cosa: personas que vienen de mundos muy distintos y que, desgraciadamente, han confundido mucho lo que es la política. La serie refleja bien eso. 

—Aunque en House of Cards el poder está antes que el dinero…

—Es verdad. En Chile hay muchos políticos que optan por el dinero. En eso no hay similitud.

—¿Antes fue distinto…?

—En la política vocacional el poder es para materializar decisiones. La política aspiracional es para tener dinero.

—En la serie los políticos quieren hacer historia, ¿en Chile quieren hacer patrimonio?

—No puedo poner a todos en el mismo saco. Pero, en el aire, uno huele que sí.

—Desde sus días en las municipales.

—Absolutamente. Miran más el dinero que el poder. 

HoC muestra un sistema en que los lobbistas y articuladores son personajes reconocidos. A vista de electores. 

—Por eso era tan clave cambiar el binominal. Si no lo hacíamos íbamos a caer en que un articulador u operador podía mover todos los votos de un partido o grupo político. Hacia allá estábamos avanzando. Gente que le iba a vender los votos a una corporación económica: el Caso Penta. Un grupo económico financiando principalmente a un partido político: la UDI. En el caso Soquimich todavía no sabemos qué grupo político se ha beneficiado. Entonces, por eso era tan importante modificar el sistema electoral. No solamente por un tema de mayor justicia, sino que es romper la fuente de un financiamiento espúreo de dos grandes bloques que se han financiado de manera absolutamente irregular. Es falso cuando varios de ellos argumentan ‘Todos lo hacen’. ¡Absolutamente falso! Al decir eso quieren ‘empatar’, dejar a todo el mundo igual ante la opinión pública para, en el fondo, amnistiar o blanquear una situación irregular. Y eso no es así, porque hay leyes que nos rigen. Nosotros tenemos claro que debemos respetarlas y que se rinden las cuentas. Ganar con trampa o buscar fuentes de financiamiento de esa naturaleza con un gran operador —que está consiguiendo a través de boletas dinero para un partido con nombre y apellido— lo que hace es manejar esos votos frente a proyectos importantes. Si no cortábamos el binominal, íbamos a terminar igual que en la serie: donde hay uno o dos operadores políticos dentro del Congreso de Estados Unidos que manejan los votos de los republicanos y demócratas, que en el fondo son en Chile la Nueva Mayoría y la Alianza. 

—¿Cómo son los códigos en estas negociaciones en Chile? En HoC es increíblemente frío. Le dicen a la gente a la cara que no los van a elegir.

—¡Son horribles! Cuando voté en contra del lucro con fondos del Estado hace tres años —la única de mi sector—me trataron muy mal. Desde un par de editoriales de día domingo en El Mercurio atacándome de la peor manera. Era la derecha dura que estaba reaccionando. Y hasta tuve al ex presidente de RN gritoneándome en las reuniones. 

—De frialdad, cero.

—O sea, ¡nada! Cuando una persona se sale del redil de ellos, o de los intereses que protegen, es muy notorio. Y eso ha pasado en la Alianza y en la Nueva Mayoría. Cuando Patricio Walker no votó por destituir al ministro Harald Beyer —y no sé cómo fue en la interna—, lo que se vio y se supo fue horrible. Estas cosas son así. 

—Con varias décadas en política, ¿qué momento de la serie es un espejo de lo que ha visto?

—En general son varios episodios donde hay juegos a dos o tres bandas: pasan información como por un teléfono roto para hacer ‘pisar el palito’ a alguien. He observado a gente joven con poco talento a quienes unos políticos más antiguos o con más ‘carrete’ los engrupen. El clásico Dile al tonto que es forzudo... Lo refuerzan con que es bueno y que va a ganar… He sido testigo de personas que se endeudan y pierden a su familia. 

—¿De cuál se acuerda?

—¡Uhhh! Conozco muchos. Varios.

—¿Llegaron al Congreso?

—No, pero los usaron. Alguien que les servía en un minuto que estuviera en un cargo determinado. 

Barack Obama reveló que House Of Cards es una de sus series favoritas y eso causó entre risa y controversia…

—¿Le dijeron que no se inspirara ahí? (ríe)

—Finalmente hay algo de realidad, más allá de las exageraciones.

—Claro. Hay ciertos pasajes en que uno reconoce a personas. Por supuesto que en este programa hay cosas que sorprenden por su grado de violencia. Pero dentro de la política nacional, todavía hay situaciones que me siguen asombrando. Es impresionante.

—¿Qué la mueve a seguir el mismo juego?

—Siempre me he sentido como ‘prestada’ en esto. O sea, no me veo eternamente en la política. Va a llegar un minuto en que voy a perder la motivación y ahí la voy a dejar. El día que vea que no hago ningún aporte o que he caído en la rutina. Igual reconozco que estos momentos que vivimos me achacan harto. Lo que me ha remecido del Caso Penta, más que lo judicial, es lo humano.

—¿La codicia?

—Sí. Una profunda decepción humana. Al final, son personas con las que te encuentras. Me produce malestar.

—Pero la política es así: frágil. Como un castillo de naipes.

—Es frágil porque está llena de trampas pero también de momentos muy lindos. Otras que te entusiasman, como, por ejemplo, cuando tienes un proyecto de ley que se vota y se gana. Lo mismo cuando triunfas en una elección dura y difícil: allí recibes ese alimento de la gente que te apoya. Ese instante en que tienes mucha popularidad. O sea, todo eso es la parte más rica.

Tironi en una columna —a propósito de House of Cards— apuntaba a que el poder era más hot que el sexo.

—Para Frank Underwood de todas maneras, porque el gallo es súper raro, rarísimo. Pero no, a mí no me pasa eso, la política no sustituye al sexo para nada.