El caso de Enrique Orellana, con sus 3 juicios declarándolo inocente, culpable e inocente, en ese orden, de la acusación de abuso sexual y violación de sus hijas, ha despertado muchas cosas.

Me cuesta tomar partido, en especial sabiendo tan poco de procedimientos penales y demás leguleyismos asociados que tanto se escuchan por estos días. Pero hay cosas que llaman la atención, que hacen ruido, más allá de los desconocimientos técnicos. Cosas de sentido común.

La primera: la contradicción en los fallos. Es fácil entender que pruebas presentadas en un juicio fueron desestimadas en otro, que apareció algún nuevo perito o testigo, que los jueces son diferentes. Los factores que explican esta contradicción son varios y obvios, pero hace ruido cuando la tan cacareada “verdad jurídica” cambia tan radicalmente. La relatividad de esta verdad es lo que me hace ruido.

La segunda: el juicio público que se pasa la presunción de inocencia por donde no llega la luz del sol. Con una “opinión pública” (nunca me ha gustado el término) con mayor acceso a expresarse, con columnistas y blogueros que aparecen debajo de las piedras (me incluyo), con redes sociales… cualquiera puede condenar públicamente. Ni hablar de rostros de TV emitiendo juicios que hoy, al parecer, se tienen que tragar. Suele ocurrir en estos casos que la sola acusación es suficiente para que se lapide en la plaza pública al (presunto) culpable.

Es lo que ha pasado en el caso Orellana, pero no es la primera vez, no será la última. ¿Recuerdan la acusación contra Pablo Mackenna por abuso contra una menor en el casino de Viña del Mar? Por suerte para él, las cámaras de seguridad registraron todo. O nada, en realidad: era un invento de la madre de la menor. En el intertanto, al (esta parte es difícil) ¿rostro de TV?, ¿conductor?, ¿poeta? lo condenaron muchos, y muy duramente.

Parece ser que necesitamos descargar nuestra rabia, nuestras frustraciones, nuestro repudio contra alguien. El problema es con qué fundamentos lo hacemos. No se aplica, en la opinión pública –y aquí incluyo a los desconocidos con algo de tribuna, como yo, al usuario común y corriente de las redes sociales, pero también a rostros de TV con infinitamente mayores índices de llegada al público– la presunción de inocencia.

Ahora, para complicar más las cosas, podemos combinar los dos puntos: ¿qué hacer? En este caso, por ejemplo. Esperar prudentemente el juicio para emitir una opinión. Opinar. Condenar. Ver cómo anulan el juicio. Volver a esperar. Opinar en contrario. Ver cómo lo vuelven a anular. Esperar el nuevo juicio. Volver a la primera opinión. ¿La verdad? No da. Simplemente no da.

El problema de fondo, creo, es que nos pasamos (sí, me vuelvo a incluir) de opinantes. De todo: fútbol, fallos judiciales, diseño, ropa, comida, economía, impuestos. Usted elija el tema, búsquelo en las redes sociales y verá cómo miles, millones de usuarios, opinamos sin tener idea.

Aprovechando que todavía estamos en septiembre, mes oficial de los mea culpa, quiero hacer el mío: he caído muchas veces en la tentación de opinar de lo que no sé. Me ha servido a veces para aprender, sí, pero hay temas delicados en los que no me parece recomendable el ensayo-error. Este es uno de ellos.

¿Opinar sobre el caso Orellana? La verdad, prefiero pasar. Como papá, cualquiera de los dos casos posibles –Orellana culpable u Orellana inocente y su ex mujer inventando y exponiendo a sus hijas a todo esto– me pone los pelos de punta. Juicios contradictorios en sus resultados de por medio, creo que es difícil llegar a saber la verdad. La verdad-verdad, si se me permite, no la judicial, que esa ya la tenemos, considerando que el tercer juicio es el definitivo, según me he enterado.

¿Qué queda, al final? Para mí, sólo dudas. En la justicia, en los implicados, en los peritos, los testigos. Acusaciones cruzadas, dos opciones posibles, cuál más terrible. ¿Qué hacer? No sé. De verdad no sé.

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