Es la opción del Sí o el Sí. Tema candente que, como un fantasma, ha ocupado su lugar en los salones. Si el Presidente Pinochet no garantiza la victoria, habrá que nominar un “candidato de la mayoría” que lo haga.

Y es que a la luz de las encuestas, la candidatura de Pinochet no ha conseguido sumar nuevos adeptos. Tal vez se dio el vamos con demasiada anticipación y se produjo el natural desgaste. Tal vez el gobierno prefiere un momento de descanso antes de arremeter con toda su energía. O tal vez tras los palos emergió con fuerza la alternativa del No opositor, posponiendo por ahora la demanda por elecciones libres.

Todo eso lo sabe el general Pinochet. Él es antes que nada un buen estratega que planifica, mide sus fuerzas y se prepara para el contraataque. Y la evaluación fría de la campaña debe decirle, necesariamente, que la amenaza de “yo, o el caos” esgrimida como leitmotiv no ha dado los resultados esperados.

Por varios motivos: uno, que el argumento tan usado en el plebiscito de 1980 por gastado ha ido perdiendo fuerza. Y está la razón esgrimida por círculos políticos y jurídicos, que resulta incongruente sostener que la propia Constitución engendrada por el régimen y sus colaboradores permita abocar al país para que éste opte por el caos.

pinochet-horizontalEsa es la reflexión que explica y motiva las cuestionadas opiniones de los miembros de la Junta de Gobierno: en algún momento de este año o a más tardar el 10 de febrero de 1989, ellos deberán convocar a unos siete millones de chilenos -incluidos por primera vez los miembros de las Fuerzas Armadas- a aceptar o rechazar rechazar el candidato que propongan. No pueden, por lo tanto, sino defender la institucionalidad que proclaman y dar a las dos opciones igual validez jurídica.

Así, el general Fernando Matthei ha dicho que “a unos les gusta así, a otros asá pero los chilenos determinarán con el Sí o el No -libremente- cuál de las dos va a ser”. Y el almirante José Toribio Merino recalcó que “cualquier alternativa democráticamente adoptada es respetable y será respetada: cualquiera que sea la opción que se adopte el país volverá a la democracia…no habrá vencedores ni vencidos, salvo el país que, como en todo, será el vencedor”.

En los pasillos de La Moneda las afirmaciones sonaron como un duro golpe para el triunfalismo oficial, que no concibe sino la victoria. Y fue el jefe del gabinete, Sergio Fernández, quien tomó la palabra para explicar los alcances de lo dicho: que el triunfo del No, tal como lo entiende la oposición, conduce “necesariamente al caos”.
Por sobre el tema queda una conclusión: ejecutivo y legislativo corren la misma carrera en diferentes pistas. Mientras algunos están en la campaña por Pinochet, los otros se empeñan en defender la institucionalidad que fabricaron. Lo que no aleja ni por un segundo a la Junta de ir tras el triunfo del Sí, que es precisamente lo que abre la opción negociada.

Sin pan ni pedazo

Ese es un punto de la discusión. Pero los integrantes de la Junta han ido más allá en el debate. Al menos los generales Matthei y Humberto Gordon han expresado que el próximo Presidente no será comandante en jefe de nadie. Y Merino fue aún más directo: “Si el Presidente Pinochet se retira y es civil, a lo mejor lo nombramos”.

Dicho de otro modo significa que si se ha acordado ya que Augusto Pinochet será el candidato, esa nominación no será un cheque en blanco. Y que condición sinequanon es su renuncia a la comandancia en jefe del Ejército.

La duda es cuándo. Renunciar luego de vencer en el plebiscito y antes de asumir, o renunciar antes de que éste se realice. Para Pinochet sólo cabe una respuesta: accedería a regañadientes a hacerlo una vez triunfador, y tal vez con la fuerza de la victoria ni siquiera lo haga entonces. Lo contrario equivaldría a quedarse ” sin pan ni pedazo” ante una eventual derrota, salvo su asiento vitalicio en el Senado a partir de 1990. Y Pinochet no tendría por qué estar dispuesto a desperdiciar los ocho años de inamovilidad en la comandancia que le asegura la Constitución.

Plebiscitar al comandante en jefe del Ejército conlleva el peligro, en un triunfo del No, de dejar vencido no sólo al candidato sino a las instituciones armadas. Difícilmente los comandantes en jefe querrán correr ese riesgo.

Se trata de un tema crítico. Plebiscitar al comandante en jefe del Ejército -han advertido círculos políticos- conlleva el peligro de, en un triunfo del No, dejar vencido no sólo al candidato, sino a las instituciones armadas. Difícilmente los comandantes en jefe querrán correr ese riesgo.

Para los integrantes de la Junta el problema es una camisa de fuerza. Saben que si el general Pinochet persiste en ser nominado deberán apoyarlo. Pero también son estrategas y evalúan sus fuerzas, lo que pesa como un boomerang en los círculos de palacio.

El mes límite

Pese a los esfuerzos desplegados en la campaña y a los millones destinados a afirmar que ” Somos millones”, sus ideólogos saben que el apoyo al Sí es fluctuante. Así, mientras a fines de 1987 una encuesta del Cerc daba un 26,3 por ciento de apoyo al Sí con el general Pinochet como candidato, a mediados de abril, según la misma entidad, la adhesión era del 26,1 por ciento. A su vez el No aumentó del 43,7 al 44,1 por ciento.

Esa es una fuente. Gallup en cambio, registró en una muestra de enero pasado un 39,4 por ciento de apoyo al Sí, contra un 26,6 al No y, en marzo, su sondeo determinó que un 47,2 por ciento cree que es mejor que gane el Sí, enfrentado a un 29,4 que estima lo contrario, independientemente de cómo vayan a votar, se aclaró.

Para el gobierno la situación ha sido agravada por el hecho de que los amigos, lejos de ayudar, han complicado el panorama. No hizo otra cosa el espectáculo protagonizado por Renovación Nacional, uno de los sectores de derecha más proclives al régimen. Lo claro es que se quebró el único grupo con arrastre para cautivar a los indecisos hacia el Sí. Y fueron justamente los que no estuvieron de acuerdo en presionar a la Junta para que nombrara a Pinochet como candidato, quienes se quedaron con el partido.

Eso, mientras la oposición se solazó mirando la disputa y siguió su campaña un tanto festiva destinada a borrar el caos que esa sobre ella.

En todo caso junio se percibe como el mes límite. Para Pinochet, si quiere buscar otra salida -le queda la fórmula de convocar a un plebiscito para para que el país decida si quiere plebiscito o elecciones libres- y para la Junta, para evaluar fuerzas. Caras supo que mediante encuestas separadas las Fuerzas Armadas exigirían un 55 por ciento de apoyo al candidato. De no tenerlo Pinochet, intentarían el camino de Sí o el Sí. lo que vuelve todo al terreno del candidato negociado, al parecer nunca olvidado.

¿A estas alturas qué puede negociarse? Nombres hay muchos, pero más importante que ellos es el cómo se presente la alternativa. Mientras para sectores partidarios de Pinochet, como Avanzada Nacional, la sola idea es inaceptable y condenable por ser un acuerdo de cúpulas partidistas, la oposición estaría atenta. Si se nomina a un civil u otro militar, y el general Pinochet permanece en la comandancia en jefe. Se ganan los votos de la derecha, pero no el apoyo opositor. Para estos últimos sería “un tongo, donde el Presidente se convierte en un hombre de paja de Pinochet, quien mantiene la tutoría y el poder”.

Nombres Tolerados

Otro cuadro es el de un civil o militar acordado previa negociación con los sectores políticos, incluidos los opositores, ante un árbitro neutral como la Iglesia Católica. Menos probable, no imposible. ¿Nombres tolerados? El general Ernesto Videla; los civiles Carlos Martínez S., Fernando Léniz, Francisco Bulnes, Sergio Onofre Jarpa, Manuel Feliú, Fernando Monckeberg, Ricardo García y José Miguel Barros. En distintos ambientes todos tienen partidarios y detractores.

pinochet-horizontal-2Sin duda se trataría de un civil de derecha o centroderecha, como límite. La DC, por ejemplo, ha reconocido públicamente que no puede aspirar a que el nombre salga de sus filas.

Es la idea acariciada por el Partido Nacional que -como colectividad- aún se niega a abanderarse por el Sí o por el No y casi majaderamente repite la necesidad de una negociación. Pese a que lo han negado, tendrían una lista de personalidades posibles. Proclaman que aún es tiempo de ir tras un candidato de consenso y transformar el plebiscito en un proceso de reencuentro y no de confrontación.

Es la fórmula que permitiría dirimir la “agenda contenciosa” que divide al país: se acerca a las elecciones abiertas y admite la posibilidad de reformar la Constitución.

Porque aún en medio de la campaña por el Sí o por el No sus más ardientes defensores saben que lo que puede venir es un quiebre profundo del país. Y que serán meses duros, cualquiera sea el vencedor.

Lo saben también los empresarios, que han estudiado con detención el tema. Aunque la inversión nacional y extranjera está en su gran mayoría segura del triunfo del Sí y casi unánimemente apoyan al Presidente Pinochet, varios han confesado que preferirían otro nombre. Pero más allá de eso los empresarios se mueven por su visión de la situación económica y la perciben como auspiciosa, dando por descontado que ella va a influir en los desenlaces políticos en términos favorables.

Distinta es la mirada opositora que ve en el posible triunfo del Sí con el general Pinochet una “dictadura personal de 25 años, antesala de la catástrofe social, que lleva a la destrucción de los espacios de convivencia”. Su conclusión: Se produciría la condena de las posturas moderadas “por su ineficacia para botar a la dictadura”.

El temor al No

Para el general Augusto Pinochet, en cambio, son los ocho años necesarios para llevar a la práctica todo lo normado. Será una nueva etapa esencial para consolidar la democracia estable y protegida que el régimen ha venido construyendo durante ya 16 años. Un aval que se extiende hasta el 11 de marzo de 1997.

Con todo, el país vive un arduo proceso preelectoral, para enfrentar lo que muchos consideran el mayor momento de decisión de las últimas décadas. Y el país también sabe que el No no está exento de tensiones. Y sobre todo de temores. Pese a la campaña destinada a ofrecer garantías y tranquilidad, lo que más infunde el No en un amplio sector de la población, seguramente los indecisos, es el temor a la contradicción real que produce entre el itinerario constitucional y las aspiraciones opositoras.

Para el gobierno, según está establecido, el triunfo del No deja el poder en manos del general Pinochet por un año más para en ese lapso convocar a elecciones presidenciales y legislativas, los que asumirán el 11 de marzo de 1990. Un calendario que interpretan como la póliza de seguro necesaria para que el tránsito sea pacífico y estable. Y exigen que si la oposición participa en el plebiscito debe acatar su resultado con todo lo que éste supone.

Los opositores, al contrario, lo consideran como “el año que viviremos en peligro” por la mantención del general Pinochet en el poder. No creen que su persona pueda ser garantía para la elección prevista para 1990. Su argumento es que el triunfo del No significa un No al general Pinochet y su sistema. “Lo que procede”, aseguran, “es revisar entonces lo que quiere la mayoría. Lo contrario es lo que leva al caos: quedarse con el poder aunque haya perdido”.

Como sea, el país vivirá meses agitados. Si Pinochet se mantiene en el poder, perderá iniciativa y deberá enfrentar la reacción callejera. Diversos sectores aseguran que ese escenario confrontacional postplebiscito es la principal razón para cambiar la fórmula por elecciones directas o negociadas cuando aún hay tiempo.

Los pronósticos

De no lograrse, el escenario negociador será postplebiscito. Y para visualizarlo cobra fuerte importancia el ambiente de confiabilidad que rodee al acto eleccionario, las garantías bajo las cuales éste se realice y la moderación de sectores oficialistas y opositores.

Porque la negociación, impostergable en ese momento, importará más que nada a las Fuerzas Armadas que, entonces, querrán asegurase una salida digna. Para la oposición su carta estará dada por lo contundente del triunfo. Como resulta difícil que alguna opción arrase, tendrá que dar entonces garantía democrática y oír la voz del alto porcentaje de derrotados.

Con todo, sin considerar opciones alarmantes, el triunfo del No abre paso a un segundo momento crucial, el de la elección abierta. Frente a ella ya hay pronósticos que mencionan a un candidato de centro como el más probable ganador, quizá un democratacristiano. Y también temores, especialmente de sectores económicos que miran con pavor los retrocesos que en la materia puedan producirse.

No será un panorama fácil el de los meses venideros. Menos aún, ante el vertiginoso acontecer de los hechos políticos.

Así, una simple pregunta abre dos escenarios de insospechadas proyecciones y temores. Y serán los casi siete millones de chilenos los que a solas en una caseta electoral inclinen la decisiva balanza.