El electorado de Estados Unidos está enojado. Sobre todo los votantes de clase media y raza blanca que han organizado la vida política en su país desde la Segunda Guerra Mundial.

‘The average Joe’ (algo así como el ‘Juan Pérez’ gringo’) siente que su nivel de vida va en picada, que su futuro es incierto y, un dato, objetivo, que el índice de mortalidad de sus pares con baja escolaridad de entre 45 y 55 años se ha incrementado escandalosamente por culpa del alcohol, las drogas y el suicidio.

Esta frustración explica el inusual panorama electoral que dejó tanto para el partido Demócrata como para el Republicano los resultados de los caucus (asambleas) en el estado de Iowa y las primarias de New Hampshire que más que definir al ganador de cada sector político muestra tendencias, golpes de efecto o las sorpresas que acompañarán la carrera por llegar a la Casa Blanca que culminan en noviembre.

Pues bien, quienes dieron ‘el golpe’ en Iowa y llegaron mejor posicionados a la etapa siguiente (primarias de New Hampshire) son, por el lado demócrata, el senador por Vermont Bernie Sanders (74), el único aspirante que se declara ‘socialista-demócrata’ en un país con alergia a la terminología izquierdista. Por el sector republicano, en cambio, la ventaja del outsider corrió para el senador por Texas Ted Cruz (45), un hijo de inmigrante cubano de posturas ultraconservadoras y discurso evangélico.

De más está decir que hace ya mucho tiempo que el magnate Donald Trump también forma parte de este club de los candidatos rabiosos, cuyo segundo lugar tras Cruz fue un golpe a su ego, claro, aunque no tan fuerte como para dejarlo fuera de las pistas.

En otras palabras, si hay que elegir un favorito, este es el aspirante díscolo, marginal, revoltoso, ya sea liberal o conservador.

Bernie Sanders tiene el ángel del abuelo gruñón pero buena onda, del ex hippie al que hoy apoyan los hipsters. Bernie, como lo llaman sus seguidores obtuvo un empate técnico con Hillary en Iowa (la favorita de la elite demócrata) y lideró las encuestas en New Hampshire.

Una de las frases más recordadas del veterano senador de izquierda es: “I am angry” (estoy enojado) que tiene un déjà vu al: “the american people are angry” (los americanos están enojados) de Trump. Por supuesto que ambos están en las antípodas ideológicas, pero coinciden en que hay que ‘pasar la retroexcavadora’ (usando una frase chilena) por los cimientos de la política norteamericana.

Bernie está furioso con el sistema de financiamiento político de las corporaciones que donan millones de dólares a sus candidatos (Super PACs que él rechazó construyendo su campaña con aportes de personas de apenas 17 dólares), indignado con Wall Street y principalmente con la clase multimillonaria, usando otra vez una jerga que pone la piel de gallina tanto a sus detractores como a sus partidarios, que convirtieron sus mítines en los más multitudinarios de la temporada. El ‘Rey de la enmienda’, apodado así por aprobar más enmiendas que ningún otro político en sus cuatro décadas como congresista independiente, es tan, pero tan rabioso y atípico que se niega a fotografiarse con guaguas en la campaña, en una conducta que le valió un artículo del The New York Times.

¿Qué es lo que ofrece Hillary a cambio?

Experiencia, mucha experiencia. La mala noticia es que una parte importantísima del electorado está cansado de los políticos que han construido esta cualidad sobre la base de ignorar sentimientos muy arraigados en la cultura estadounidense como sentirse parte de un proyecto de nación que ofrecía igualdad de oportunidades a todos sus hijos. El trabajador de raza blanca siente que su elite le falló, que quedaron marginados en la era del multiculturalismo y de la globalización.

Bernie apela a este sentimiento con excelentes resultados, aunque incluso sus propios partidarios comenten en secreto que su campaña ‘socialista-demócrata’ no podría en una definición final con el ungido republicano que lo combatiría echando mano de todos los fantasmas de la Guerra Fría. Finalmente, la estrategia de Bernie sería obligar a Hillary a mover su discurso más a la izquierda y sacarla de la zona de confort del statu quo económico y político.

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Dos hijos de inmigrantes cubanos dieron el golpe de efecto por el lado conservador. El primero de ellos es Ted Cruz que humilló a Donald Trump al relegarlo a un segundo lugar en Iowa. El otro ‘latino’ es el senador por Florida, Marco Rubio (44), el más joven de todos los candidatos y que asoma como la esperanza del establishment del Partido Republicano.

Ya dijimos que al igual que Sanders, Trump capturó la frustración del electorado, en su caso, el de derecha. Al igual que Bernie critica el financiamiento electoral, claro que él lo hace desde la postura cínica del millonario que cuenta en sus mítines cómo los candidatos republicanos se postraban ante él cuando les hacía un cheque con varios ceros. La cúpula del partido se descompone ante estas declaraciones.

Algo parecido ocurre con Cruz. El senador por Texas y su discurso ultraconservador y evangélico. Además, sus ‘apóstoles’ del Tea Party (el ala más conservadora de los republicanos) están realizando un efectivo trabajo en terreno.
Cruz también recurrió a la ira de los votantes, aunque en su caso se trató de la ‘ira de Dios’ por lo mal que —según él— lo han hecho los políticos tradicionales de su partido.

Hijo de un pastor evangélico cubano, Cruz casi ignora su media mitad latina y tiene posturas duras contra los inmigrantes. Obstinado y arrogante, se ganó la enemistad de varios de sus correligionarios que también rechazaban la reforma de salud de Obama cuando, para impedir su tramitación, dio un discurso ininterrumpido de 21 horas en el Senado donde se dio maña hasta para leer un cuento de Dr. Seuss a sus hijas. El electorado evangélico, en cambio, lo admira como un hombre de ‘principios’, ‘confiable’ y que no negociaría valores cristianos por conveniencias políticas.

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Por eso es que frente a Cruz, el senador Rubio aparece como el salvavidas para el establishment republicano.

Rubio, descendiente de inmigrantes pobres, encarna el viejo sueño americano, pero con una cara más amable. Aunque en su trabajo legislativo ha demostrado ser muy conservador, tiene la flexibilidad política como para variar su discurso según las necesidades electorales, tal como ocurrió con las leyes de inmigración. Los más puristas lo acusan de ambicioso, oportunista y ambiguo y no sería nada de raro que, para conquistar el voto conservador duro, radicalice su discurso.

Al final, todos deberán hacer una pataleta si lo que desean es ganar el voto del ‘average Joe’ que está muy, pero muy enojado.