Las diferencias observables entre Hillary Clinton y Donald Trump son demasiado pronunciadas y numéricamente significativas como para intentar realizar una comparación exhaustiva. Sin embargo, parece importante detenerse un momento en evaluar las posiciones que ambos tienen en materia económica. No sólo se encuentran compitiendo por obtener la presidencia de la economía más importante del mundo, sino porque estarán en una posición que les permitirá incidir directamente en el futuro del planeta. Digamos algunas cosas al respecto.

Primero, es importante recalcar que el sistema político norteamericano se caracteriza por la división de poderes y por el equilibrio que entrega la estructura republicana.

Los presidentes no son figuras todopoderosas, por cuanto, como ocurre con las democracias modernas, deben gobernar con los contrapesos del poder legislativo y del poder judicial. Consecuentemente, hay un elemento de moderación que es necesario en el análisis dado que una cosa es lo que un candidato promete, y otra distinta es lo que efectivamente puede hacer – especialmente al considerar que la elección del martes 8 de noviembre también será sobre los escaños parlamentarios los que, de acuerdo a las encuestas, se encuentran más o menos divididos a la mitad.

Dicho esto, y asumiendo respaldo legislativo para alguna de las propuestas económicas, las plataformas de Trump y Clinton representarían impactos diversos en caso de que alguno de los dos fuera electo. Para simplificar analizaremos tres categorías: impuestos, comercio internacional y reformas económicas misceláneas.

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En el caso de Trump, su programa económico dedica amplio espacio a la reforma del código de impuestos. Hoy día, el sistema de impuestos está basado en rangos de ingresos (quienes ganan poco menos de 10.000 dólares pagan 0% de impuestos, quienes se encuentran entre 10.000 y 37.000 pagan 15% y así); habiendo 7 rangos posibles. Trump pretende simplificar el sistema y reducirlos solamente a tres, incrementando la cantidad de personas que estarían exentas porque ese rango que paga 0% empezaría en los 29.000 dólares y no en los 10.000 actuales.

Pero, además, su plan propone recortar en 6.5% el impuesto federal para el rango superior. Esto implica un ajuste a la baja desde 39.5% a 33% para quienes tienen ingresos superiores a los 154.000 dólares, bajo la suposición de que aquello reanimará las inversiones y la economía. Adicionalmente, pretende reformar toda otra serie de mecanismos impositivos como eliminar por completo el impuesto a la herencia y reducir en más de la mitad las contribuciones corporativas (de 35% a 15%).

Desde un punto de vista teórico, este aspecto de su plan económico apunta a mejorar la competitividad norteamericana a nivel internacional. Se ha reiterado (y es cierto) que las empresas norteamericanas pagan uno de los impuestos más altos para sociedades desarrolladas, y el recorte haría más atractivo invertir en EEUU. Sin embargo, no hay que olvidar que el gasto de gobierno ya es muy significativo y va en crecimiento, lo que necesariamente presupone la obtención de recursos.

Trump ha dado algunas señales de reforma, recorte o eliminación de programas gubernamentales, pero ha sido ambiguo o silente en torno a los mecanismos y los programas a los que apuntaría, lo que manifiesta incertidumbre en torno a cómo contener la creciente deuda norteamericana o cómo enfrentar el desafío de programas sociales con gastos en aumento.

Clinton, por otro lado, pretende complejizar el sistema añadiendo un rango superior adicional a los siete existentes, y estableciendo un aumento en la carga impositiva del 4% para aquellas personas que obtienen ingresos superiores a los 5 millones anuales y mantener un mínimo de 30% de tasa de impuestos para quienes ganen 1 millón o más. Junto con eso, en una de las propuestas que ha representado mayor cantidad de críticas, Clinton propone que las empresas norteamericanas que obtienen ganancias en el extranjero, igualmente paguen impuestos en el país. Finalmente, si bien no forma parte de su plan de impuestos, Clinton ha publicitado fuertemente su idea de incrementar el salario mínimo a 15 dólares la hora.

No es del todo claro los efectos de las propuestas de Clinton. Instituciones especializadas como el Tax Policy Center, dicen que la propuesta Clinton aumentaría el ingreso fiscal en 1.4 trillones (mil cuatrocientos billones en nomenclatura tradicional), pero difícilmente pueda considerarse un plan que dinamice la economía.

Propuestas menores, como exenciones en base al uso de tecnologías verdes o incentivos basados en programas que valoricen el capital humano, podrían, en el margen, equilibrar políticas que han sido criticadas desde algunos sectores de la elite económica, pero lo central es que se basan en fundamentos ideológicos divergentes: Trump pensando en alterar en el corto plazo el rumbo económico mientras que Clinton – como lo dice explícitamente su propuesta de campaña – pensar en las próximas dos décadas.

Un segundo aspecto sustantivo del plan económico para ambos candidatos se refiere a sus políticas relativas al comercio internacional. Este es un punto que ha sido ampliamente discutido en el marco de la campaña y aquel que, eventualmente, puede tener mayor cantidad de impacto en el ámbito internacional. En el caso del candidato republicano, sus propuestas son conocidas y podrían resumirse en el intento de inclinarse hacia una posición económica más proteccionista.

Entre sus planes más polémicos se encuentra, por ejemplo, su idea de renegociar el acuerdo NAFTA y también revisar (y posiblemente anular) el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP). Tal como en otros puntos, Trump no dice exactamente en qué consistiría la renegociación o qué haría para forzar una anulación, pero evalúa ambos acuerdos como negativos para la economía norteamericana.

Lo relevante en este punto se encuentra en el mensaje subyacente a este tipo de política, y esto porque sitúa los acuerdos comerciales pasados firmados por Estados Unidos bajo un criterio de incertidumbre (¿si se renegocia NAFTA por qué no hacer lo mismo con el acuerdo de comercio bilateral con Corea? ¿O con la UE?). No sería extraño que, ante una potencial elección de Trump, los mercados reacciones a la baja de forma dramática.

Paralelo a esto se encuentran sus políticas de incrementar las barreras tarifarias para China y México en 45% y 35% respectivamente. Esta propuesta debe leerse en una estrategia de confrontación más amplia y que involucra el tema inmigración para el caso mexicano, y la acusación de devaluación del yuan para el caso chino.

Sea como sea, barreras de esta naturaleza posiblemente fomenten una respuesta por los actores afectados lo que derivaría, de acuerdo a expertos como el economista J.W Mason del Roosevelt Institution, en una guerra comercial que incidiría directamente en la pérdida de empleos en Estados Unidos (aunque mejoraría la posición de mercados sustitutos al chino, como de hecho ocurre en 2009 cuando se impone un impuesto a los neumáticos chinos).

Desde la vereda de enfrente, Clinton apoya la mantención de NAFTA y públicamente ha dicho que no se opone al TPP, para luego decir que tiene dudas al respecto. No obstante, su posición económica parece estar más bien alineada con la mantención del statu quo, aunque ha mencionado que levantaría instituciones ad hoc para enfrentar alguno de los problemas derivados de la apertura y globalización (por ejemplo, una nueva institución de asistencia a trabajadores desplazados por el outsourcing, y nuevos estándares de orientación para negociaciones comerciales).

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Dicho esto, Clinton ha sido directa en decir que no puede combatir la realidad del mercado libre y que ciertos empleos seguirán saliendo del país, por lo que su política parece estar enfocada en contener y regular ciertas externalidades negativas antes que terminar con ellas por completo.

Finalmente, ambos candidatos presentan propuestas de incidencia económica que se asocia al gasto gubernamental y a políticas más sui generis. Trump, por ejemplo, ha dicho que recortará el gasto militar haciéndolo más eficiente, y eliminará departamentos como el de Educación y la Administración de Protección Medioambiental.

Junto a eso, ha manifestado su total rechazo a proyectos emblemáticos del gobierno saliente como Obamacare, y ha dicho que requiere minimizar fuertemente el presupuesto para programas como Medicaid. Clinton se ha inclinado a la inversión, especialmente en educación y en infraestructura, pero los planes son demasiado generales como para tener una idea concreta de cómo se llevará a cabo.

Lo que cabe deducir de esto es que una potencial elección de Trump se hará sentir inmediatamente en términos económicos, fundamentalmente porque el candidato republicano es la volatilidad personificada, razón suficiente para que los mercados internacionales reaccionen con escepticismo (o pánico). Naturalmente las relaciones con México y con China se deteriorarían, y eso perfectamente puede llevar a un proceso de contagio con algunos actores económicos relevantes (Trump ha realizado declaraciones particularmente fuertes contra Corea del Sur y Japón, dos de las principales potencias económicas asiáticas).

En el caso de Clinton, me parece que la situación es más tendiente a la estabilidad externa, aunque los efectos internos posiblemente lleven a un deterioro económico en el corto plazo – asunto ligado de forma importante a los resultados parlamentarios. Así vistas las cosas, el país deberá ver con evidente preocupación y cuidado la (improbable) elección del magnate.

*Por Guido Larson, analista internacional de la Universidad del Desarrollo.