En la casa de los Bergoglio se rezaba el rosario todos los días. Mario, contador, empleado de ferrocarriles y su esposa Regina, dueña de casa, se reunían cada tarde junto a sus 5 hijos para elevar plegarias a Dios. En el barrio de Flores, en el corazón de Buenos Aires, todos los vecinos conocían la gran devoción de esa familia de inmigrantes italianos. Se les veía domingo a domingo en la iglesia, haciendo trabajo social y evangelizando en Acción Católica, el apostolado laico fundado por el Papa Pío XI.
Cuando el hijo mayor, Jorge, terminó el liceo industrial donde obtuvo el título de técnico químico, le anunció a su madre que ha decidido lo que quiere hacer de su vida. “Voy a ser médico”. Regina aceptó la noticia con alegría y le acondicionó un cuartito como despacho, para mantenerlo a salvo de las carreras y gritos de los más chicos. Mayor fue su sorpresa cuando un día entró a limpiarlo y se encontró con libros de latín y teología. ¿Jorge, qué estás haciendo? ¿No ibas a estudiar medicina?, lo interrogó la mujer. Sí, mamá, pero medicina del alma.

“¡Ahí mismo se desplomó mi madre!”, dice entre risas María Elena, la menor de los Bergoglio, cuando termina de compartir la historia con CARAS. Y sigue contando que Regina sufrió una semana antes de aceptar que ‘perdería’ a su hijo.
Ahora, María Elena transita el dolor de estar lejos del único hermano vivo que le queda. “El día anterior a que viajara al cónclave hablé con él por teléfono, así que nos pudimos despedir, diciendo: Bueno… ¡Hasta la vuelta! El estaba convencido de que iba a volver y yo también. Porque era lo más reacio del mundo. El no quería ser papa. El quería quedarse aquí. ¡Déjenme acá!… decía”. Hoy, ella no sabe cuándo lo volverá a ver.

Jorge ya no es jorge. Es Francisco ­—en honor a San Francisco de Asís— el papa número 266 de la Iglesia Católica, el Sumo Pontífice de más de 1.2 millón de personas que profesan esta fe. El primero proveniente del continente americano. “Me vinieron a buscar al fin del mundo”, dijo frente a los miles de fieles que lo esperaban con las mayores expectativas en la plaza San Pedro, el miércoles 13 de marzo de 2013, luego que la fumata blanca anunciara simbólicamente Habemus Papam. Francisco era hasta entonces el arzobispo de Buenos Aires Jorge Bergoglio, amado en las villas populosas de la capital federal, atestadas de pobreza, inmigrantes y narcotráfico. En constante tensión con el gobierno de los Kirchner, primero Néstor y luego su viuda Cristina, la actual presidenta, quienes ni a los Te Deum se presentaban para evitar al cura. Un pastor que supo acompañar a las víctimas y familiares de tragedias recientes en la historia argentina: el incendio en el boliche República de Cromagnon donde murieron 194 jóvenes y el descarrilamiento del tren Sarmiento, con 52 fallecidos. El máximo representante de la Iglesia en el país que dio batalla (y perdió) contra el matrimonio gay, que llegó a calificar como “movida del diablo”. Un cura que lucha contra la trata de personas y el trabajo esclavo, y que a pocos días de ser nombrado Papa tuvo que ser defendido por el Estado vaticano de las acusaciones (ninguna judicial) que alguna vez hicieran dos sacerdotes jesuitas secuestrados durante la dictadura de Videla, a quienes Bergoglio habría abandonado a su suerte.

BERGOGLIO TAMBIÉN ES JESUITA. El 11 de marzo de 1958 ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús, a los 21 años, para ordenarse sacerdote el 13 de diciembre de 1969, a cuatro días de cumplir 33 años. En el intertanto, viajó a Chile para cursar sus estudios de Humanismo, en la Casona de Loyola, en la comuna de Padre Hurtado, donde la rutina era levantarse al alba y templar el carácter en el silencio. Fue uno de los jóvenes seminaristas que veraneaba en la estancia jesuítica La Quinta de Villa Carlos Paz, en la provincia de Córdoba, en Argentina. Colaboró en la construcción de un vado a la orilla de un camino en lo que hoy es el barrio Colinas, de Córdoba Capital. Fue profesor de Literatura y Sicología en las provincias de Santa Fe y Buenos Aires. Y estudió Teología.
En el ’70 recién convertido en sacerdote, Bergoglio siguió formándose en España y volvió a su ciudad natal en el 73. María Elena se ilumina para decir que su hermano Jorge “ama Buenos Aires”. Por eso camina sus calles y va en subte para todos lados. Ama escuchar tango y tomar mate. Lo comparte con sus colaboradores del Arzobispado, con los fieles en la parroquia, y con quien se le acerque en sus recorridos por las villas. Y su pasión por el club San Lorenzo de Almagro debió resistir la oposición de su familia, hinchas de River.
Los Bergoglio iban al estadio, y los partidos en la cancha de tierra de la pequeña plazoleta Herminia Brumana eran cuestión sagrada para Jorge.

De chico tuvo una amiga, Amalia, que a escondidas, salía a jugar con él a la rayuela, que iba a su casa a tomar leche cuando Regina los llamaba para merendar. “Jugábamos al agua cuando era carnaval. ¡Nos empapábamos! ¡Nos reíamos como locos!”. Poco después se mudó y nunca más lo volvió a ver, porque para el tiempo que ella regresó a la calle Membrillar 500, Jorge ya era un hombre de Iglesia. En estos días la nostalgia la abrazó y recordó con ternura las palabras de su amiguito: “Si no me caso con vos, me hago cura”.
Sus palabras dieron la vuelta al mundo y ya no resiste enfrentar nuevamente las cámaras. En su antigua casa repasa los recuerdos imborrables de su gran compañero de juegos y mira la procesión diaria de fieles y curiosos que vienen a conocer el lugar donde nació el Papa Francisco. Unos se sacan fotos, otros conversan y se preguntan mutuamente si lo conocieron. Delia Cantero, una catequista de la iglesia que hay a la vuelta de la esquina, Santa Francisca Javier Cabrini, me dice que el padre Jorge volvía a la parroquia a oficiar la misa siempre que podía. Y que cierta vez se quedó a cenar y al terminar “se levantó, tomó las copas, una por una, los platos, los llevó a la cocina y los lavó. Y lo que digo es cierto. Créeme que no te miento en nada. La humildad siempre la tuvo”.

El padre jorge es así, simple. En la curia sus asesores se encuentran con papelitos escritos con nombres y horarios. Eso quiere decir que pactó reuniones. No maneja la tecnología así es que no bombardea a sus secretarios con mails. Para los curas, tiene línea directa las 24 horas, y aseguran que siempre atiende. Sus zapatos gastados se condicen con la sobriedad de su domicilio, un pequeño departamento en las mismas instalaciones del arzobispado, en un viejo edificio, principalmente ocupado por oficinas, al lado de la catedral, frente a la Plaza de Mayo. Uno de sus colaboradores, Federico Walz, que trabaja hace seis años con él, la conoce. “Es una habitación que tiene solamente una cama, una mesita de luz, un placard, un escritorio y una silla. Y él recibe visitas en un despacho de dos por tres, con un escritorio y dos sillas”.
La prensa mundial quería entrar al departamentito. Por vivir en ese espacio reducido el cardenal renunció a la residencia natural a su cargo, en Olivos, la misma localidad donde se encuentra la quinta Presidencial, y dictó como primera medida, que la casa se destinara como hogar de tránsito para los curas que vengan de provincia y no tengan dónde parar en Buenos Aires. Sin embargo y pese a los ruegos de los canales de televisión y gráficos, la misión ha sido imposible: el padre Jorge se llevó las llaves, “¡hasta las llaves de la caja fuerte!”, se escucha exclamar al teléfono a un funcionario. “El fue a comprar su pasaje, pidió un taxi, y se despidió seguro de que iba a volver”, dice Federico, quien ha dormido poco, pero está feliz.

El padre Jorge llamó a Federico cada uno de los días terribles en que tuvo internada a su hijita de dos años. En ese entonces el asistente era un empleado recién llegado al Arzobispado, y no daba crédito a la preocupación del cardenal por acompañarlo en esos momentos difíciles. Le agradece también que respete sagradamente sus fines de semana  y que lo mande a pasar tiempo con su familia, porque es lo más importante. El colaborador, de unos 35 años, mira la televisión donde repiten una y otra vez el anuncio de monseñor Jean-Louis Tauran: Bergoglio y se sonríe…

Mueve la cabeza… No lo puede creer. Ahora acaban de decir que Francisco salió de la Capilla Sixtina en la micro común de todos los cardenales rumbo a la residencia de Santa Marta. Y Federico al fin reacciona: “Ese es el padre Jorge para nosotros: yo viajaba en el subte con él. No se trata de una operación de prensa. La gente se encontraba con él y le tomaba fotos que ahora están en internet y hablan por sí mismas. Era común verlo caminar en la calle, rezando el rosario, absolutamente concentrado”. Y a estas ‘excentricidades’ se suma además una audacia que a Federico marcó: “Venían personas que no podían bautizar a sus hijos en otras diócesis porque el padrino no era católico, o porque tenía cinco chicos con distintos padres, y el padre Jorge enterado del caso decía: pero ¿cómo?… ¡los bautizo yo! y los bautizaba acá. Esa es la impronta de él”.
El estilo de Bergoglio es el de un hombre cercano. El mismo que recuerda María Elena: “Era un joven cariñoso. Somos una familia muy unida. ¡Una familia tana! Una familia donde nos hicieron mamar de la fe desde la panza, desde muy chiquitos. Jorge era muy cariñoso conmigo cuando yo era chica y ahora, que sigo siendo chica”.
Al tercer día de convertirse en Francisco, Jorge por fin pudo comunicarse con su hermana. El teléfono —que no deja de sonar desde el miércoles— lo atendió José, su sobrino y ahijado. A María Elena se le vino el mundo encima al oír a su hijo decir: !uy tío! En medio de la emoción supo que está “muy bien. Estábamos muy emocionados los dos. No sabía qué decirle”. Ella siempre se sintió muy unida a él espiritualmente, y fue capaz de sentir que Francisco le “transmitía mucha alegría” desde su nueva misión, quien le dijo que “las cosas se dieron así y que no había más que aceptarlo”.

María Elena sigue sin saber cuándo se volverán a ver, pero está tranquila, rezando por él. “Nosotros tenemos que rezar todos los días por él”, tal como lo pidió Jorge desde el balcón más importante de la Iglesia Católica.

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