Por ahí anda el economista-ecologista Marcel Claude mosqueando al resto con temas que, por importantes, prefieren ignorar; mientas que uno que otro delirante, como el nieto homónimo del ya fallecido escritor Miguel Serrano cree que vale la pena ensayar un intento y gasta su tiempo en ello. Al menos el ego algún provecho saca cuando un par de gatos le prestan atención, y no son pocos a quienes le basta con eso y su propia imagen en el espejo.

Ah, por cierto, llegó la ex presidenta Bachelet y en cuanto pudo sacarse de encima el jet lag, confirmó por fin lo que todos sabían pero que por no confirmarlo aún, algunos dudaban.
Ahora sí que comenzó la carrera presidencial, como dijeron muchos periodistas y repitieron sin vergüenza los sabandijas radiales, como titularon los diarios menos creativos. Lo cierto es que la campaña comenzó mucho antes. Ok, tal vez no tan antes. Pero sin dudas una señal de largada la dio el Gobierno cuando anunció el bono marzo –que será entregado bien entrado abril- y su intención, no más que eso, de elevar el sueldo mínimo.

Chile ha sucumbido a la farandulización de la política y los dirigentes y sus partidos, los candidatos y hasta los que se creen, con mayor o menor derecho, estadistas, lo han permitido. Obviamente porque les conviene. En alguna agencia publicitaria de Nueva York, seguramente cerquita de Wall Street, alguien descubrió que vender candidatos no era muy diferente a vender refresco basura o hamburguesas plásticas. Y entonces la imagen pasó a serlo casi todo, y el contenido interno, menos que nada, lo cual sin duda le conviene a quien pretende conseguirse una pega de mandatario, en cualquier grado del escalafón. Así las cosas, habría que preguntarse quién elige a quien, si con la debida campaña promocional esa enorme masa, a la que Arturo Alessandri Palma llamaba “chusma inconsciente”, feliz comería fecas después de estar sometida durante un tiempo adecuado a mensajes simpáticos y coloridos diciendo que hacerlo es top  y que quienes lo hacen son mejores, más bacanes, que los tontos resentidos que no pueden darse tal lujo exclusivo o no se avisparon para sumarse a la tendencia que la lleva, o etc. Y claro, a nadie le importaría que hubiese miles de argumentos científicos para demostrar que tan ondero hábito alimenticio sería nocivo para la salud. Sus detractores serían condenados como políticamente incorrectos, inmorales, enemigos de la patria y quizás qué más.

¿Exagero? Como me gustaría hacerlo… pero basta con que le dé una mirada a los ingredientes de lo que come. O al aire que se respira en la ciudad. Al combustible que usa su querido auto. Basta que investigue sobre las radiaciones de su amado Smartphone y su TV LED (mi amiga Claudia Cento me informó hace poco que los plasma ya estaban out), al proceso de producción de su ropa de marca, o al prontuario, más que al currículum, de algunos ediles o servidores públicos.

Me dirán que la democracia es imperfecta, pero aún así es el mejor sistema que podemos tener. Yo diré ¡pamplinas! ¿De qué sirve un sistema que permite que la gente sea esclava de los bancos y las tarjetas de crédito? ¿Es democrática una sociedad que beneficia al que tiene y perjudica al que no? Un reciente estudio de la Fundación Sol estableció que entre 1990 y 2011, Chile ha casi cuadruplicado su PIB per cápita, pero la brecha entre el 5% más rico y el 5% más pobre es de 257 veces, o sea que ha aumentado en un 100% desde que los gobiernos son elegidos democráticamente, entre 1990 y 2011 (ver gráfico). (No quiero decir con esto que antes la cosa fuera mejor, o que no hay que elegirlos, aclaro porque no falta el que lee entre líneas donde solo hay espacio en blanco).

Ah, pero la campaña seguramente se va a centrar en temas más relevantes: que el aborto, que el matrimonio homosexual y la adopción, que la educación, etc. En muchas cosas sobre las que, finalmente da lo mismo lo que se diga o legisle, porque alguien con recursos suficiente siempre podrá hacer lo que le de la real gana en éstas u otras materias, mientras que el que no tiene, por mucho que sean reconocidos sus derechos o gustos particulares, no tendrá más opción que ser esclavo y padre de hijos esclavos. Terminar con la vergonzosa desigualdad e injusticia que permite que unos pocos obliguen a los demás muchos a trabajar para ellos es la única promesa de campaña que no vamos a escuchar. Claro, declaraciones y sonrisas sobre que sí, que es el colmo, que es como mucho, que hay que hacer algo, ciertamente. Pero de ahí, nada.
“Permitidme fabricar y controlar el dinero de una nación, y ya no me importará quienes sean sus gobernantes”, dijo en cierta ocasión Rothschild…

¿Y sabe por qué? Porque los candidatos saben, sus asesores expertos extranjeros en campañas electorales se lo han enseñado, que la democracia iguala hacia abajo el criterio, que la sicología de las muchedumbres prefiere el pan y el circo, el discurso emotivo y la retórica, y que a ese nivel, la publicidad lo puede todo. “Un voto, una nariz” dijo cierto filósofo, dando a entender con ello que, si se vende bien, cualquiera puede ser Presidente.

Es de esperar que esta vez, por lo menos, la opción sea la menos mala.

 

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