10:00 de la mañana y un hombre fuma en la calle. Concretamente, en Vergara 240, a la entrada de la Universidad Diego Portales. Fuma rápido, uno, dos, tres, antes de que suene la campana y deba volver a las aulas a impartir clases de Historia. No está solo: un mar de colillas hace todavía más triste el pavimento del centro de Santiago.


El hombre es Francisco Vidal —ex ministro de Lagos y Bachelet— y su circunstancia es la nueva Ley Antitabaco que al momento de esta entrevista cumplía un mes desde que entró en vigencia.


A diferencia de otros fumadores empedernidos como el abogado Hernán Felipe Errázuriz  —quien ha dicho sentirse ‘perseguido’ por esta política de salud pública—, Vidal se considera un ‘adaptado’.

Sí, un adaptado a postergar el cigarrillo de la sobremesa y observar desde afuera como los comensales libres de humo toman café bien guarnecidos; un adaptado a dar un par de bocanadas furtivas mientras estaciona el auto y llega a la radio donde es panelista; un adaptado a calcular la distancia entre el toldo y la pared antes de elegir la mesa del café, aun corriendo el riesgo de que el mozo le diga que debe apagar el cigarrillo porque los centímetros no son los que exige la ley. En resumen, un adaptado a llegar a su casa y disfrutar del mejor momento del día sentado en el patio con un vaso de coca cola y un pedazo de queque y, por supuesto, un atado de tabaco entre los dedos. Cero glamour, pero feliz.
Y aunque esta rutina tiene un dejo de resignación, él se empeña en ver el lado bueno del asunto.

“No me siento un fumador acorralado. He debido moldear mi comportamiento según la nueva ley y no transgredirla porque como soy un personaje público, cualquiera twittea y capaz que al otro día aparezca en la portada de LUN”, dice mientras desde su boca de ex vocero sale un anillo de humo y no una versión oficial.

Su relativa incomodidad la supedita a lo que considera un bien superior: “la salud de todos los chilenos”.


vidal-horizontal—En sus columnas, Hernán Felipe Errázuriz advierte del totalitarismo en leyes contra el alcohol, el cigarrillo y la comida chatarra —impulsada por el ministro Mañalich—. ¿Piensa que se está amenazando la libertad de los individuos?

—Entiendo a Hernán Felipe Errázuriz en su afán de reivindicar el derecho a fumar. ¡Si fumar es rico! Ahora, él es un talibán del individualismo. Lo que hace Mañalich, en cambio, es poner el acento en el bien común. Si alguien se enferma, claro, es su problema, pero al final es el Estado el que debe costear los tratamientos.


—¿Le cae bien el ministro Mañalich?

—No, pero está haciendo su pega.


A continuación presentamos la crónica de un fumador adaptado, después de seguir por unos días a Vidal.

Fumar en La Moneda, es decir, desde los espacios de poder da para escribir un libro. Un mito urbano cuenta que Eduardo Frei Ruiz-Tagle debía envolver los cigarrillos para que no se viera la marca que, como Jefe de Estado, no podía aparecer promoviendo.


“Se fuma harto en La Moneda. Sebastián Piñera fuma. Y durante los ocho años que estuve allí fui testigo de cómo se echa humo en el Patio de los Naranjos. Ricardo Lagos dejó el cigarrillo cuando cumplió 50 años, de un día para otro, y cuando fue Presidente era del tipo de ex fumador al que le molesta hasta el olor: en las reuniones del Comité Político que sosteníamos los domingos en su departamento nos dejaba fumar un cigarrillo antes de comenzar la sesión y uno después. Ni uno más. Michelle Bachelet sólo nos autorizaba a encender el pucho en el patio”, recuerda Vidal mientras un mozo del Tavelli le confirma que puede liberar humo sin problemas.


El político y profesor de Historia es de esos fumadores autoengañados. Tanto así, que se zampa dos paquetes de Kent One y jura que esos veinte cilindros equivalen a cuatro unidades. “Creo en los bajos niveles de nicotina y alquitrán que exhibe la etiqueta”, explica con cara de ‘ni yo me la trago’.

A las 18:30 toma su automóvil y se dirige a uno de los nueve lugares donde boletea. Esta vez se trata de radio Futuro, en Providencia.
Lo acompañamos en su periplo y no podemos dejar de sorprendernos de que Vidal —quien se considera un fanático del orden— maneje un auto que parece baño de adolescente: papeles, cajetillas vacías y algunos objetos difíciles de catalogar por aquí y por allá. Es el lado oculto de un fumador resignado.


Al volante se aguanta las ganas, pero apenas estaciona prende un cigarrillo para disparar los niveles de dopamina antes de entrar al estudio desde donde se transmite Palabras sacan palabras. “Sólo alcanzo a dar tres piteadas, pero igual me encanta”, dice mientras corre al programa.
Entonces entra a una zona declarada libre de humo. Nada de esos antiguos antros donde periodistas e invitados opinaban en medio de la niebla.


vidal-vertical“Yo voy a estar con ella (Michelle Bachelet), con o sin cargo”, se escucha decir al aire a Vidal antes de abandonar la radio y volver a dar las tres piteadas de rigor.
La ex presidenta todavía no llegaba al país y Vidal era uno de los concertacionistas que, como dice la canción que inmortalizó Sarita Montiel, “Fumando espero, al candidato que yo quiero, tras los cristales de alegres ventanales. Y mientras fumo, mi vida no consumo…”. El ex ministro tampoco consume la suya.

—¿Qué le parece que colillas y cenizas sean para la nueva ley ‘el cuerpo del delito’?

—Me parece correcto. No sería posible usar una especie de tabacotest, como es en el caso del trago. Las colillas, en cambio, son una prueba visible… salvo que alguien decida tragarlas.

21:00 horas y se dirige a su casa. “Acá se fuma en todas partes”, dice. Su mujer por 36 años, Mane Maturana, no le pone restricciones y por eso es que Vidal se siente liberado cuando se reúne con su familia.


Y vamos fumando mientras comienza a cerrar cajones de muebles o puertas de clóset que dejaron medio abiertos sus hijos o nietos. Una vez más se desata el lado B de un adicto al humo: si en su auto es un adolescente con cero conciencia de la higiene, en su casa se comporta como un ama de llaves pulcra hasta la obsesión.


“Objetivamente, el cigarrillo hace mal”, reflexiona antes de tomar un libro de su estupenda biblioteca (lee entre dos o tres tomos por semana) y encender el último Kent.


—¿Y por qué nunca ha intentado dejarlo?

—¡Porque me encanta! ¿Por qué voy a dejar algo que me gusta tanto? Lo bueno es que me adapto a la ley. Considéreme, ante todo, un fumador adaptado.