La señora K asegura que se retirará a su refugio frente al lago en El Calafate, pero pocos creen que no siga manejando los hilos del poder desde su jubilación sureña que comenzará el próximo 10 de diciembre, la fecha del cambio de mando. Uno de los principales problemas políticos de su más probable sucesor, Daniel Scioli, es precisamente ése: todos, sobre todo los kirchneristas, piensan que será ella y no él quien tendrá en sus manos el rumbo del país.

Nacido en la capital en 1957, es conocido por ser precavido en lo político y cuidadoso en extremo de sus gestos, a diferencia de Cristina cuya audacia no es ningún secreto. Scioli nunca comete grandes fallos y precisamente por esa razón nadie podía creer que a menos de un mes de las elecciones, el gobernador de Buenos Aires viajara a Italia de descanso, justamente cuando su provincia se inundaba con cerca de 30 mil afectados. Es altamente probable, sin embargo, que la equivocación no lo afecte: líder en una zona que concentra el 40% del electorado, es el candidato con mayores opciones de ser el nuevo presidente de Argentina. Según las encuestas, está por arriba de Mauricio Macri, actual jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, y Sergio Massa, un exaliado de los Kirchner que triunfó en las legislativas de 2013 y frenó las intenciones de Cristina de conseguir un tercer mandato.

Scioli llegó a ser el favorito de la presidenta por su estupenda posición en las encuestas, pero no era su primera opción: el gobernador no pertenece al kirchnerismo duro. Fernández hubiese preferido a su vicepresidente Amado Boudou para sucederla, pero eso no fue posible por el desprestigio de los procesos judiciales en su contra. La jefa de Estado, sin embargo, armó una fórmula para asegurarse el control: instaló a su mano derecha Carlos Zannini como candidato a vicepresidente y a sus seguidores en las listas legislativas de toda Argentina para apostar a un proyecto de poder parlamentario para 2016. De ganar Scioli en las generales del 25 de octubre o en el balotaje de noviembre, deberá tomar una decisión clave: inaugurar el postkirchnerismo y ser el sepulturero electoral de Cristina —como lo fue Néstor Kirchner de Eduardo Duhalde, que había sido estratégico para que él ganara la presidencia— o no cortar definitivamente el cordón.

Mientras todo eso ocurre, dicen, la señora K no se saca de la cabeza la idea de convertirse en la Michelle Bachelet de Sebastián Piñera y, como la socialista chilena, tomar un receso para volver en cuatro años.