La semana pasada casi todos los medios de comunicación dedicaron un amplio espacio para describir la situación en la península de Corea. La orientación general fue la de calificar el momento como uno extraordinariamente grave, y como un escenario que podría derivar en una guerra generalizada. La razón de una aproximación así es variada: están, por un lado, las declaraciones altisonantes del líder de Corea del Norte, Kim Jong Un, y de alguno de sus asesores cercanos, prometiendo la destrucción de Estados Unidos y la transformación de Seúl en un “Océano de Fuego”.

Se encuentran también las demostraciones de fuerza que la administración Trump había realizado en los días anteriores, especialmente en Siria (con el lanzamiento de misiles tomahawk a la base área de Shayrat) y en Afganistán con el uso de la llamada “madre de todas las bombas”, dando a entender que el uso de la fuerza no podía descartarse. Finalmente, también a partir de información rápidamente difundida por redes sociales, como el supuesto acercamiento a la península de un portaviones norteamericano (su destino no era la península); e incluso imágenes de un submarino nuclear atravesando el Canal de Panamá y que muchos decían que su destino era el Norte de Asia (el submarino iba a ser dado de baja en Washington). Consecuentemente, entre una retórica alarmista y la difusión de noticias falsas, se crea una sensación no coincidente con un análisis más objetivo sobre la situación en Corea, lo que evidentemente implica tomar una perspectiva más general y abordar más pausadamente la pregunta sobre los grados reales de tensión e inestabilidad en esa zona del mundo.

Lo primero que podría decirse tiene que ver con la historia de Corea en su intento de obtención de armamento nuclear. El discurso simplista dice que esto demuestra la locura del régimen de Pyongyang, la inestabilidad (mental, política) de sus líderes, y la intención altamente beligerante que tienen desde norcorea. Sin embargo, me parece que el intento de obtener armamento nuclear es una decisión que, independientemente de que sea o no correcta, cabe considerarse como racional. El régimen de Corea del Norte tiene un objetivo central: la mantención de la dinastía Kim en el centro del poder político, vale decir, debe entenderse como un régimen cuyo interés fundamental es su propia supervivencia. Si ese principio se tiene en cuenta a la hora de abordar fenómenos como los de su retórica y sus decisiones, las apreciaciones cambian.

Por un lado, es fácil ver por qué los discursos norcoreanos son tan altamente aparatosos. La razón es que no apuntan realmente a sus enemigos nominales, sino que a su audiencia interna. Para Kim Jong Un, proyectar una imagen de fortaleza y de determinación no sólo sirve para mantener coincidencia entre lo que el régimen dice a lo largo de su historia y lo que hace, sino para aplacar cualquier suspicacia por parte del sector más importante del país, aquel que garantiza su propia estabilidad: el Ejército. No es extraño, en este sentido, que sus discursos pretendan generar una imagen de disposición al uso de la fuerza, porque Corea del Norte ya experimentó la destrucción de su propio territorio en la guerra de Corea (1950-1953) y porque ha construido desde entonces una narrativa tendiente a asignar culpabilidad y amenaza que estaría centrado en Corea del Sur y Estados Unidos. Para Kim, la demostración de debilidad es algo que puede provocar fisuras en su núcleo de apoyo, y puede desarticular la imagen que sus propios ciudadanos tienen de él: la de una figura casi sobrenatural y que dirige a la sociedad a la gloria.

En la misma lógica se encuentra el análisis relativo a las posibles respuestas a estas declaraciones belicosas. Hay que pensar que esta ha sido la tónica durante más de 60 años, y que no es necesario retroceder mucho para encontrar discursos igual o peor en la hipérbole nacionalista. Esto quiere decir que tanto Seúl como Washington están acostumbrados a estas palabras y es poco probable que haya alteraciones fundamentales a la respuesta usual (evitar responder en el mismo tono, amenazar con sanciones económicas, mantener los juegos de guerra en la península). Es un error, a mi juicio, pensar que la administración Trump modificaría de forma sustancial la política sobre Corea del norte. Esto no quiere decir que no pueda haber mecanismos de presión novedosos (especialmente si se cuenta con apoyo de China), pero es irracional pensar que se utilizará la fuerza debido a una declaración.

Esto lleva a uno de los puntos que, desde la perspectiva del análisis resulta más evidente, pero que se confunde y contamina en la discusión mediática. La guerra es uno de los fenómenos más racionalizados de la política internacional. No se va a la guerra en base a decisiones emocionales, ni en base a la obtención de objetivos menores. Pensar que la península caerá en guerra es descontar, de forma cándida, los riesgos de la misma. Piénsese que, de acuerdo a IHS Jane, una de las instituciones de análisis estratégico más respetadas a nivel mundial, Pyongyang tendría 10.000 unidades de artillería apuntando a Seúl. Y la capital de Corea del Sur tiene, en su centro urbano, poco más de 10 millones de personas. Se estima que, en caso de ir a la guerra, podrían morir entre 100.000 y 200.000 personas en las primeras 48 horas, lo que hace a este conflicto uno extraordinariamente costoso en términos de los riesgos en vidas humanas. Más aún, ni Japón, ni China, ni Corea pretenden realmente el descalabro y colapso rápido de Pyongyang. Para Japón porque eso implicaría en el mediano plazo una península unificada (con un país con el que han sido enemigos históricos); para China por lo mismo, pero además porque Corea del Norte sirve de contención para la presencia norteamericana en el Sur; y para los propios surcoreanos, que, si bien tienen un vecino con altos grados de militarismo y estridencia, su comportamiento es meridianamente predecible. Pero nadie sabe lo que puede ocurrir en caso de guerra.

En otras palabras, ir a la guerra no es una decisión racional desde ninguno de los actores que se encuentran involucrados en la situación de tensión en la península. Lo que permite hacer una última pregunta: ¿por qué el comportamiento de Corea del Norte nos parece irracional? Bueno, porque quizás ese es precisamente el mensaje que quieren proyectar. Esto es una estrategia antigua, utilizada de hecho por el presidente Nixon, y que dice, de forma sintética, que si puede aparecer como alguien irracional e imprevisible, el grado de cuidado que el resto de los actores tendrá será muchísimo mayor, precisamente para evitar correr riesgos. Lo curioso es que, en un análisis más cuidadoso, lo que hace Corea del Norte y su líder es bastante alejado a lo que suponemos que hará. Y ahí está, precisamente, la garantía de su éxito y la clave para entender por qué no habrá guerra en lo inmediato.

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