Asegura que Merino fue el gestor del Golpe, que Pinochet era supersticioso y de rasgos crueles. Y analiza el gobierno de Piñera, a quien califica de ser un político “ineficaz”.

Federico Willoughby tiene memoria de elefante, la habilidad para recordar hasta el más leve detalle y material suficiente para una película, aunque él prefirió escribir un libro.
Cercano colaborador de Jorge Alessandri, más tarde luchó contra la Unidad Popular y, tras el Golpe, se convirtió en secretario de la Junta de Gobierno e íntimo asesor de Augusto Pinochet. Pero del amor pasaron pronto al odio, luego de que el militar quisiera perpetuarse en el poder. Pelearon. “Ojalá hubiera muerto este mal nacido…”, dijo el comandante en Jefe, refiriéndose a una afección que éste sufría al riñón —y que aún padece— donde suma dos trasplantes. A través de la radio, el ex asesor respondió: “Lo perdono y le deseo muchos años de vida”. Dicho y hecho, tras la larga agonía de Pinochet, muchos se acordaron de sus palabras. La maldición Willoughby, le pusieron…
El periodista rememora éstos y otros hechos en La Guerra, historia íntima del poder. “Demoré menos de un año en escribirlo”, revela quien a sus 74 años sobrevivió a dos trasplantes, un cáncer, un crudo quiebre con Pinochet, además de dos atentados: era funcionario de la Junta cuando su auto fue acribillado. Luego, en plena campaña por el Plebiscito (ahora desde el otro bando), su vehículo fue empujado por una camioneta hacia un barranco.
También sospecha de una inyección —supuestamente para la gripe— que le puso Paul Schaeffer. “El era doctor y una persona muy amiga. Cuando sacó la jeringa me dijo: Esto me va a doler más a mí que a usted. A los pocos días enfermé del riñón, con consecuencias hasta hoy”.
Nunca pudo comprobar nada, aunque reconoce que Manuel Contreras lo tuvo siempre entre ceja y ceja. Hoy, desde su presidio en Punta Peuco, el ex jefe de la Dina insiste en que Willoughby trabajaba para la CIA.

“VOY A IMPEDIR QUE ESTE GOBIERNO CUMPLA SU PLAN”, DIJO LA MADRUGADA EN QUE GANÓ LA UP. “Esa noche me sentía muy agotado. Trabajaba en la Ford, tenía mi campo floreciente, había invertido, estaba recién casado y encontraba que me arrebataban algo a mí y a todo el país”.
—En su libro cuenta que el almirante Merino fue el gestor del Golpe.
—Es el autor, lo decidió todo. Fue un líder y también un ancla, una boya para Pinochet.
El día en que La Moneda fue bombardeada y oficialmente se anunciaba la muerte de Salvador Allende, el periodista redactó desde el Ministerio de Defensa los comunicados con instructivos para la población, entre ellos anunciando la Junta de Gobierno. Cuando fue a la Escuela Militar a supervisar la transmisión televisiva, Leigh, Merino, Mendoza y Pinochet pidieron hablar con él: “Señor Willoughby —dijo Leigh—. Nosotros no hemos trabajado antes juntos, somos distintos: yo soy separado, vuelto a casar, agnóstico; Merino, católico ferviente y, asegura, muy fiel; Augusto Pinochet se declara católico; y el general Mendoza, jinete, tiene fama de conquistador. Con estas diferencias necesitamos a alguien que unifique criterios y dé a conocer al país una sola información, para dar la visión de unidad”.
Reconoce que le costó aceptar. Su mujer lo convenció. “No es que yo haya andado detrás, ¡no!”, afirma en el comedor de su departamento en Vitacura mientras convida a tomar el té.
Poner a los cuatro de acuerdo fue “una tarea titánica”. Tuvo que enseñarle a Pinochet a expresarse, a ser más empático, a vestirse. Hasta le quitó un anillo con una vistosa piedra roja y los característicos anteojos oscuros. “Pero fue imposible cambiar su fonética cuando decía Shiile”.
Pinochet era supersticioso. Cada dos meses actualizaba su carta astral, algo que a veces lo obligaba a postergar decisiones, “hasta que el documento llegaba desde el lejano Puerto Cisnes, donde vivía su astróloga”.
En esos tres años (1973-1976) recordó a fuego las palabras de Jorge Alessandri: Mientras más alto es el poder más bajas son las pasiones que se desatan… “Tan cierto que comenzó a verse la amenaza y el crimen como algo justificable. Ahí vino mi primer quiebre con Pinochet”.
También pudo ver claramente que Manuel Contreras pretendía suceder al general. “Era su meta y se lo decía a sus compañeros, actuaba así. Tenía el modelo brasileño donde hubo al menos cuatro jefes de inteligencia que terminaron como gobernantes”.
Pero Willoughby reprochaba la forma de trabajo del líder de la Dina. “El servicio de inteligencia es crucial, pero debía ser algo oculto; el nombre ‘servicio secreto’ lo dice todo. Pero en este caso él trataba a los jefes de gabinete, se metía en las reuniones, acompañaba al Presidente todos los días en auto… No es por ofender, pero era una cosa medio centroamericana”.
—Usted cuenta que Contreras incluso se acercó a la señora Lucía, a quien le ofreció sus servicios. Instaló micrófonos donde Margarita Riofrío, mujer de Merino y quintaesencia de la alta sociedad viñamarina, con quien la primera dama tenía una secreta rivalidad…
—Eran demasiado distintas. La señora Margarita además poseía muy buenas relaciones con los empresarios y recibía aportes para su fundación superiores a los de Cema Chile. A la señora Lucía esto le incomodaba, no podía entender que sin grandes esfuerzos a ella le dejaran cheques o propiedades. Así es que le sugirió a Contreras averiguar y él aceptó.
—Usted fue testigo de estos hechos pero también de aspectos más atroces, como las violaciones a los Derechos Humanos. ¿Cómo toleró continuar durante tres años?
—Cuando me pareció siempre lo dije y no me quedé callado ¡jamás! (se enoja). Pero no tenía ningún poder para impedir, criticar. Bastante es no haberme asilado, aunque embajadores europeos me ofrecieron irme con mi familia en 1976.
—¿Cómo empezó su distanciamiento con Pinochet?
—Al principio eran hechos aislados. Luego tuvimos una conversación sobre cómo se iban a implementar las disposiciones transitorias de la Constitución del ’80, donde estaba considerado el plebiscito y un candidato a postular, ojalá civil, como dije en una carta a la Junta. El almirante Merino tenía su propuesta: Hernán Cubillos. Leigh también. Pero Pinochet, nada; al par de semanas me convidó a La Moneda: yo seré el candidato; mientras viva, me voy a quedar aquí, anunció. Entonces voy a estar en contra suya, dije. Se indignó, alzó el brazo para golpear la mesa, justo detrás suyo había un mozo sirviéndolo y dio vuelta la bandeja; los camarones cayeron chorreando en su guerrera blanca.

Lea la entrevista completa en la edición del 20 de julio.

Envíe su opinión sobre este artículo a actualidadcaras@televisa.cl