Para muchos, el inicio del conflicto más antiguo del continente se remonta al asesinato del caudillo liberal José Eliecer Gaitán ocurrido en 1948 y el posterior bombardeo de Marquetalia, la república independiente creada por el líder de las FARC Manuel Marulanda acaecido dos años más tarde; pero lo cierto es que ese dato histórico poco y nada importa hoy. Tras 52 años de violencia, autoexilio y desapariciones, lo que prima en todos los estamentos y organizaciones de la sociedad colombiana es la búsqueda de la paz. Así lo pudo comprobar en terreno el abogado Raúl Martínez cuando regresó a la nación cafetera, casi dos décadas después de convertirse en el único chileno secuestrado por la guerrilla y que sobrevivió para contarlo. Su rapto causó conmoción internacional en octubre de 1997, porque se trataba de la primera vez que los insurgentes capturaban a enviados de la Organización de Estados Americanos, OEA.

El recuerdo es benigno por el resultado final, pero fue una experiencia impresionante, de esas que nunca piensas que pueden ocurrirte. Ibamos junto al abogado guatemalteco Manfredo Marroquín, el director de la sección de Derechos Humanos de la secretaría de Gobierno Juan Diego Ardila y el chofer en dirección a San Carlos, cuando a unos 100 kilómetros de Medellín, unos uniformados nos hicieron parar. Al principio pensé que eran oficiales de Ejército haciendo un control rutinario. Sólo cuando se acercaron al jeep y pude ver las siglas en sus uniformes, supe que eran integrantes del ELN. Ahí, empezó una pesadilla en que el sentimiento que predominó todo el tiempo fue el de la incertidumbre y la idea de que en cualquier momento podíamos morir. El trato fue correcto en lo formal porque no existió violencia física, pero hasta que fuimos liberados, al día ocho, no tuvimos certeza alguna de lo que podía ocurrir”, recuerda Martínez, quien afirma que en su regreso al país del realismo mágico encontró una nación totalmente distinta.

En los noventa, la fama del país estaba más asociada al cartel que dirigía Pablo Escobar que a la monumental obra de Gabriel García Márquez. Los colombianos se habían convertido en una suerte de parias que nadie quería recibir. El responsable de cambiar la situación fue Alvaro Uribe, quien desde que asumió la Presidencia en 2002 se abocó a la misión de acabar con la guerrilla. Aunque no lo consiguió totalmente y las estructuras paramilitares no cesaron su accionar, sí logró que redujeran su intensidad a los niveles más bajos de su historia. De ahí, el impacto del mensaje del ex Presidente que llamó a los colombianos a rechazar el acuerdo suscrito entre Santos y el líder de las FARC Rodrigo Londoño Echeverri, Timochenko, en La Habana el pasado 26 de septiembre.

Pese a que hay muchos factores que explican el resultado adverso del plebiscito, desde la amenaza del huracán Matthew en el litoral colombiano hasta la arremetida del voto evangélico que está empeñado en torpedear cualquier iniciativa del gobierno por considerarlo extremadamente liberal, lo más desconcertante no son los cerca de 50 mil votos que le dieron el triunfo al No sobre la opción Sí, sino la abstención del más del 60 por ciento de los electores. Obligado a reanudar las negociaciones con todos los sectores, la administración de Santos vive días complejos. Mientras el uribismo mantiene su deseo de mandar a la cárcel a los guerrilleros acusados de delitos de lesa humanidad y limitar su participación política al máximo, los guerrilleros no están dispuestos a ceder, ni un ápice, especialmente frente a quienes exigen que sus dirigentes terminen en la cárcel pagando altas penas por sus delitos. Así, la incertidumbre se vuelve a tomar el conflicto como tantas veces en el pasado. Al punto de obligar al Presidente y Nobel de la Paz, a anunciar una prórroga hasta el 31 de diciembre del cese al fuego que rige a las FARC desde el 29 de agosto.

Nadie en Colombia desea la reanudación de la guerra”, ha repetido incanzablemente Timochenko desde el día del referéndum y en eso sí que hay coincidencia total. Más aún cuando el ELN ya tiene pactada su propia ronda de conversaciones con el gobierno central para el próximo tres de noviembre en Ecuador. “Más allá de la sorpresa que significó el No, sin la presencia del ELN en las negociaciones era como una ecuación incompleta. Es de esperar que ahora sí se avance en un acuerdo que la gente respalde realmente porque si hay algo que todos quieren es que esta pesadilla se termine de una vez”, sostiene Raúl Martínez.