“Bajo el rigor instalativo de una estructura de andamios, se emplazan las distintas obras que componen esta muestra; dejando en escena una sólida comprensión de la unidad, del encadenamiento productivo de las piezas y, por sobre todo, del recorrido del espacio que este procedimiento instituye”, explica el curador del colectivo, César Vargas.

Formado por Adolfo Bimer, Jessica Briceño Cisneros, Santiago Cancino, Sofía de Grenade, Alejandro Leonhardt, Víctor Flores, Adolfo Martínez Abarca y César Vargas, la diversidad de temáticas, orígenes y técnicas son de los elementos más atractivos de Sagrada Mercancía, punto de reunión de estos siete artistas visuales, unidos por la generación colectiva de arte.

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“Lo que hay es un proceso de relación en la cual lo colectivo y lo individual pretenden coexistir intentando sacar el máximo rendimiento a un sistema autoral y colectivo de producción. Sagrada Mercancía, es un colectivo de arte independiente y un espacio de proyectos que tiene la particularidad de estar dirigido por artistas visuales. Este factor resulta relevante, ya que todos hemos sido formados bajo, más o menos, los mismos estudios. Las diferencias, por ejemplo, de formación y disciplina dentro del arte, nos han permitido enriquecer las posibilidades de generar proyectos curatoriales, expandir los procesos de experimentación y, fundamentalmente, instalar una forma de proceder que reúne críticamente teoría y práctica artística”, explican.

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—Casi todos los integrantes del colectivo nacieron en la década del ochenta. ¿Qué visión del mundo actual comparten generacionalmente?

—Efectivamente todos somos de inicios y mediados de los años ochenta. De todas las cosas que nos hacen compartir generacionalmente, creemos que la que más nos define es la voluntad por permanecer en nuestra autonomía e independencia como colectivo. Es raro, pues precisamente, el deseo de permanecer se ha transformado hoy en algo innecesario e incluso en un obstáculo para los requerimientos del mundo. Sin duda los deseos y el trabajo son elementos que diferencian y marcan distintas posiciones y visiones de mundo. Por ello nuestro afán es sencillo: seguir trabajando. Compartir el trabajo de la forma en la cual lo hacemos, creemos, es realmente un factor generacional, social y político que nos sostiene y, dado lo que hay acá en Sagrada Mercancía, es decir, un respeto absoluto por las artes visuales, dicho compartir adquiere un peso singular.

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—¿Cuál es el discurso público y la discusión que quiere plantear Leer un Rayo?

—No sabemos a ciencia cierta si hay en este proyecto de exhibición un discurso público. Lo que sí es seguro, es que hay una discusión crítica sobre distintos procedimientos de obras y también un método de trabajo que ha quedado expuesto. Lo que esta instalación plantea es una relación experimental del sistema de producción individual de los artistas involucrados, pero bajo un código colectivo de relación industrial. En efecto, todos los recursos involucrados en la producción de las piezas y en todo el sistema que cohesiona las obras, provienen de distintos tipo de industrias: construcción, metalúrgica, plástica y química. El nombre del proyecto es bastante críptico y quiere insistir en una forma de proceder y, al mismo tiempo, dejar en evidencia cierta cualidad política a nivel de los usos de los distintos lenguajes artísticos que se dan lugar en el proyecto. Esta es la primera vez que Sagrada Mercancía expone en forma colectiva fuera de su espacio habitual, así que de algún modo, esta presentación marca una especie de identidad procesal sobre la que llevamos trabajando desde hace un tiempo.

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