Pese a eso, esta experimentada periodista explica que hay casos e historias que aún no la dejan sentirse una reportera de excelencia.

Mónica González ha recibido muchos premios internacionales y diplomas, pero no hay ninguno de ellos colgado en su oficina. Sólo detrás de una pila de carpetas y papeles, aparece sin mucha solemnidad uno del Foro de Periodismo Argentino (Fopea). “Hay que mantener el ego a raya”, señala.
Los diplomas están enmarcados en una sala vecina, y la mayoría de esos homenajes y reconocimientos destacan su integridad y trayectoria periodística. González fue de las pocas reporteras que denunció las violaciones a los derechos humanos en la dictadura y las operaciones de las autoridades del período, razón por la que estuvo presa dos veces. Sus investigaciones aparecieron en las revistas Cauce, Análisis y en libros de los que es coautora como Bomba en una calle de Palermo (1986), sobre el asesinato del general Prats o Los secretos del comando conjunto (1989). Hace pocas semanas, además, lanzó una versión ampliada de La Conjura. Los mil un días del golpe, que incluye nuevos antecedentes de cómo se tejió la trama que terminó por derrocar a Salvador Allende.
Pero ella no vive de lo hecho durante la dictadura. La periodista reporteó la transición política desde la subdirección de La Nación y como editora de Cosas, siguió el curso de la democracia en la revista Siete+7 y el diario Siete y hoy es directora de una rareza periodística llamada Ciper (Centro de Investigación Periodística), un sitio online que hace reportajes en profundidad. A diferencia de la mayoría de los medios chilenos, no depende del avisaje y es una fundación sin fines de lucro que se financia mediante donaciones, fundamentalmente de Copesa.
—¿Cómo se gestó Ciper?
—En mi casa, después del cierre del diario Siete, que fue un golpe terrible porque teníamos un equipo de excelencia.
El diario que había fundado y dirigía no obtuvo suficiente avisaje privado ni del Estado para subsistir y cerró en junio de 2006. Varios periodistas se reunieron en la casa de González, para buscar trabajo. “Postulé a la Biblioteca del Congreso y no me aceptaron”, explica ella. En ese momento, el empresario Alvaro Saieh, dueño de Copesa y varias compañías, quien financiaba la mitad de Siete, le preguntó lo que realmente quería hacer. Mientras ella hablaba de periodismo de investigación y reportajes de largo aliento, él sacó lápiz, papel y calculadora, pidió números y le dijo: Te lo compro, lo financio. Por eso, ella sólo tiene palabras de agradecimiento para el empresario, su hijo Jorge Andrés y los gerentes de Copesa. “Jamás en cinco años y medio han metido una sola cuchara en la línea editorial, jamás me han preguntado qué estoy haciendo, qué voy a hacer o por qué hice algo”.

CIPER NO REPORTEA LAS COSAS LINDAS QUE TIENE LA VIDA. Durante 2010 por ejemplo, indagó sobre la salud pública chilena y reveló las “irregularidades que diariamente cometen la mayoría de los médicos” y la falta de control que existe al respecto. También siguió a fondo el caso Karadima, lo que se tradujo en el libro Los secretos del imperio de Karadima. Durante 2011, promovió la discusión sobre la educación a través de temas como el funcionamiento del crédito con aval del Estado (CAE), sin dejar por ello pasar el escándalo de La Polar. Este año ha puesto varios temas en la agenda: los sobreprecios en la licitación de equipos para detectar drogas que llevaron a la salida del ex fiscal Peña del Ministerio del Interior, las dudas en torno a la última encuesta Casen y las denuncias de irregularidades en la Comisión Nacional de Acreditación, que salpicaron a Teodoro Ribera, quien terminó por renunciar al Ministerio de Justicia. “En Ciper no deseamos botar ministros, ni gobiernos; queremos fiscalizar las políticas públicas porque eso es lo que afecta a los ciudadanos”, señala.
El medio mete mucho ruido con un equipo de sólo cinco periodistas y dos corresponsales. Todos, incluida la directora, reportean, y muchos de los artículos se hacen en conjunto. González lee todos los diarios y revistas, todos los días, enteros: las cartas al director, las editoriales, la vida social, la farándula. “A partir de ahí uno va abriendo los ojos y se pregunta por qué tal tema no está”.
—¿Y dónde está puesto tu ojo actualmente?
—No podría decir en específico, pero lo que me impresiona como tónica común es el grado de vulnerabilidad que sienten muchos cuando ponen un pie en la calle. Desde que el Transantiago no funciona, que van al banco y les cobran una cantidad de cosas y no saben por qué. La gente paga como ciega la mensualidad de la tarjeta de crédito, la cuenta de la luz, teléfono y de repente siente que el agua tiene un sabor raro y no tiene a quién reclamar, se enferma y va al hospital, a la isapre o la clínica y todo es engorroso. Siente cada metro que camina que la están engañando y eso es muy terrible.
—¿Cómo es hacer periodismo hoy comparado con la dictadura?
—Difícil. Lo he dicho antes y a veces la gente no entiende, pero mira: en dictadura todo era negro o blanco, tú sabías dónde estaban los malos y lo que significaba buscar la verdad, quiénes torturaban, asesinaban… Estaba el sector de privatizaciones donde se robaba mucho,  las cárceles ocultas, servicios de inteligencia secretos y víctimas. La justicia era sorda y muda. Todo estaba claro. Hoy no. Todo parece funcionar, no se arriesga la vida, no hay muertos, por suerte se acabó esa historia, pero la gente se siente despojada y muchas veces no tiene a quién recurrir. Y en medio de todo este desarrollo que tenemos, que es innegable, lo que es impenetrable es el foso que separara al sector que acumula la mayor riqueza del país, y la gran mayoría de chilenos que está al otro lado.
—¿Es decir, que si bien en dictadura era más peligroso, hoy es éticamente más complicado?
—No es sólo eso. La motivación para hurgar en los problemas que están ahí y todos vemos, pero que no nos sorprenden, hay que encontrarla, crearla. Antes la motivación era terminar lo antes posible con la dictadura. Yo nunca he sido una mujer muy valiente, pero ese es un motor que te hace sacar fuerzas. ¿Hoy cuál es, dónde encuentras la mística y épica de descubrir cosas que todos dicen que se sabían?
—¿Dónde la encuentras tú?
—¡En que es obvio que la gente tiene miedo! No a que la asalte el delincuente callejero, sino el de cuello y corbata, y no sabe cómo enfrentarse a él. Son millones de personas, ¿cómo no va a ser lindo ayudarlos? Aquí hay algo que no se dice, pero si hay una deslegitimación de este sistema, no es porque vino una izquierda marxista y lo deslegitimó, no existe esa izquierda marxista potente. Está desacreditado porque el apetito por más ganancia y el abuso de los sostenedores del sistema y la violación de las reglas del mercado de los que lo sustentan llegó a tal nivel que lo deslegitimaron. ¿Cómo no va a ser épico mostrar cómo violaron sus propias reglas? Para mí lo es. Pero hurgar en el poder es muy difícil, porque hay que encontrar balances, descifrarlos…
—En tu vida has tenido que lidiar con muchos poderes: militar, político, económico, eclesiástico… ¿A cuál es más difícil entrar?
—El económico, sin duda. Es cerrado, porque son una cofradía que tiene códigos, que se permite cosas que no se cuentan, porque logran algo que me parece repugnante que es determinar quiénes son admitidos o no en la sociedad, y los que califican no son siempre los más honestos, trabajadores o buenos. Porque son xenófobos, despreciativos muchas veces, no en general. Hay ciertos códigos que son muy molestos, pero a mí me resbalan.

LE RESBALAN PORQUE ELLA NO TIENE CONFLICTOS CON SU ORIGEN. “Soy hija de un obrero ferroviario y una dueña de casa, nací en una población, estudié en un liceo, el número nueve, en los tiempos en que había mezcla en los liceos, la hija de un obrero, la de un funcionario público, la de un médico, y eso era muy bueno…”.
—Pero a ti te financia un integrante de ese mismo poder económico al que criticas.
—Pero un hombre que jamás —y te quiero decir que yo no tengo una relación social con él— nunca desconoció su origen, siempre me ha impresionado eso de Alvaro Saieh. Su madre atendió una paquetería en Talca hasta el último día. A mí eso me gusta. En este país somos maravillosos para desconocer si nacimos en una población de San Miguel, en La Victoria, imagínate en La Legua. Yo nací en la Pila del Ganso, a toda honra.
—Tú dices que él nunca ha tratado de influir ni se ha metido en la línea editorial pero tú…
—¿Si me he metido yo en sus negocios?
—¿Tendrías la libertad para hacerlo?
—Sí, claro. Cuando investigamos el CAE y descubrimos que había un negocio de seis por ciento de interés que se lo regalaron a los bancos, descubrimos que Corpbanca había licitado. La tratamos igual que a los demás, llamamos y pedimos que nos explicaran y fueron los únicos que nos contestaron. Cuando hicimos el tema de multi-rut de las empresas del retail, que es una triquiñuela para evitar la negociación colectiva y otras miles de cosas, los Saieh eran accionistas de Ripley y yo no los llamé para decirles que iba a publicar ese reportaje. No pasó nada.
—¿Y qué te pasa a ti cuando hay gente que conoces, o te cae bien, involucrada en un caso?—Es horrible nomás, pero la gente de Ciper no trabajaría con la mística que trabaja, las horas que dedica —que son muchas—, ni pondría el empeño que pone si me hubieran escuchado a mí decir: Ese es mi amigo, no lo toquen. He perdido amigos aquí y es duro, pero cómo voy a estar predicando algo si a la primera digo: Ah no, a tal persona no la toquemos. Me pasó con Cristián Precht. Me tuve que inhibir de investigar…
—¿Es muy amigo tuyo?
—Sí. Ya no lo veo. Hemos investigado el caso y seguramente lo vamos a seguir, y entonces no pude verlo más. Mis relaciones personales no pueden interferir. Pero es algo muy privado, es muy devastador. Tengo que cumplir con mi deber ético. Si uno aspira a tener credibilidad con la gente, y a cumplir con el equipo y con quienes nos financian, no puedo tener un ojo tuerto. Yo obviamente soy una mujer con ideas políticas, aunque no pertenezco a ningún partido, pero no puedo tener una mirada inquisidora e investigativa para un sector y no para otro.
—¿Te das cuenta de que al investigar al poder te vas convirtiendo en poderosa?
—Nooo, no. Yo sigo teniendo mi vida exactamente igual que antes. No he cambiado mis gustos. Nunca he pensado que este es un trampolín para ascender socialmente, todo lo contrario.
—¿Qué es lo que más te ha costado hacer en democracia?
—No puedo encontrar algo difícil… Pero que me dejara huellas profundas, Karadima, porque fue muy duro enfrentarse a tanta gente dañada, y Spiniak, que fue un horror. Fue un horror.
—Eso lo reporteaste en Siete+7.
—Sí, y lo investigamos a fondo. Ahí hubo algo que nos retrata bien y que es muy feo: para la opinión pública en el caso Spiniak, lo esencial fue si había políticos involucrados (Ávila, Novoa), las denuncias del cura Jolo, Gemita Bueno y el caso era mucho más. Porque a diferencia de lo que ocurrió con Gemita, lo que nadie desmintió y están las pruebas porque tengo las fotos espantosas guardadas, es que hubo decenas de niños muy pobres abusados. Se compraba droga para dilatarles el ano, se les daba alcohol y nadie se preocupó de ellos. Lo real, lo importante, era que había un tipo con un gimnasio, relaciones y dinero que pagaba para que le trajeran a niños, jóvenes y armar esas fiestas donde los abusaron durante mucho tiempo. Me da cargo de conciencia todavía.
—¿Cuándo dices ‘los abusaron’ a quién, además de a Spiniak, te refieres, políticos?
—No, está probado que los que participaban en las fiestas eran varios adultos. No hay ningún político en esas fotos.
—¿Por qué cargo de conciencia?
—Se supone que soy una persona que mira, que soy sensible… Y pasaba por la Plaza de Armas. Los miré tantas veces y no vi en sus ojos de horror. Por eso cuando me hablas de poder yo digo: ¿qué poder? Me gustaría tener poder para que no se me cierren los poros, porque esa fue una falencia nuestra de no haber visto. Karadima es lo mismo… Qué raro, en las dos cosas son los errores.
—¿Cuál fue tu error?
—Se supone que soy una persona informada, y durante 50 años un cura abusó de una elite de una manera abyecta, horrorosa y provocó daños para el resto de la vida de muchos jóvenes. Es un grupo al que no pertenezco, pero me importan, muchísimo, sus padres no supieron que le estaban entregando a un cura asqueroso, ávido de poder y sexo, a sus hijos, y yo no me di cuenta. Yo creía que sabía quién era quién en la Iglesia, y nunca me fijé en que había un cura que controlaba el 25 por ciento de la Conferencia Episcopal y que no era obispo. ¿Eso no es un error? ¡Es un tremendo error! Es criminal en periodismo. Es una bofetada que te desequilibra y te impide durante mucho tiempo sentirte que eres una excelente periodista.

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