Nunca lo dejó solo. Cuando Hugo Chávez fue encarcelado por traición después de comandar las tropas del Movimiento Bolivariano Revolucionario, MBR, contra el presidente Carlos Andrés Pérez, en 1992, fue la única que tenía autorización para entrar a la celda. Ahí, horas de conversaciones entre caudillo y abogada se tradujeron en confianza y amistad imperecedera. Entre barrotes y tribunales, Cilia Flores (60) no tardó más de dos años en lograr lo imposible: que el recién electo Rafael Caldera le diera el indulto presidencial a su amigo-compañero.

Ya liberado, Chávez levantó los brazos y, luego, repitió el gesto tomando la mano de Cilia. Desde ese momento, esta mujer que se declaraba “abstencionista” de todo proceso político, vio en el MBR la doctrina para un país rico en hidrocarburos como el petróleo, “un manjar apetecido por las potencias imperiales”, como repetía Chávez.

Allanaron su casa más de seis veces, le robaron sus autos y vivió cuatro secuestros.

Su carrera se enfocó a la defensa de militares revolucionarios, dejando atrás su vida de casada. Después de tener tres hijos con Walter Gavidia, a quien conoció mientras cursaba su bachillerato, llegó el divorcio. Libre, cambió de armadura para enfrentar lo que ningún “abogado con pantalones” se atrevía: defender a los caídos de la revolución armada.

Allanaron su casa más de seis veces, le robaron sus autos y vivió cuatro secuestros. “En una oportunidad me metieron en un cuarto con luz artificial permanente, donde no distinguía el día de la noche”, contó más tarde. Todo eso alimentó su temperamento duro e intransigente. “Es de las que trabaja sin descanso”, dice uno de sus colaboradores. Puede pasar tres días sin comer, si la tarea tiene urgencia. No es de galas ni de mantel largo. Le gusta la vida sencilla: para alimentarse prefiere ensaladas, pasta, arepas y perico, un revuelto de huevos y legumbres.

Ese estilo es el que comparte con el presidente venezolano, Nicolás Maduro, a quien conoció durante los días de prisión de Chávez. “Esta mujer era la abogada del comandante, una mujer valiente que me llamó la atención, empezó a hacerme ojitos y ahí comenzó todo. ¡Cilia es candela pura!”, dijo Maduro hace poco durante una entrega de viviendas sociales en Caracas.

Esta mujer era la abogada del comandante, una mujer valiente que me llamó la atención, empezó a hacerme ojitos y ahí comenzó todo. ¡Cilia es candela pura!

Ella, que presentó a Chávez con su actual sucesor, “siempre ha tenido el control desde la trastienda”, sostiene Marianella Salazar, columnista del diario El Nacional. Diez años mayor que Maduro, Cilia es en extremo cautelosa. Nunca deja entrever un capricho y sus hijos están lejos de las cámaras. Usa pantalones, casaca y el pelo sencillamente tomado, un forma ciento por ciento alejada de la que cultivan muchas venezolanas, adictas a cirugías estéticas y concursos de belleza.

Cuando se filtraron las fotos del sencillo matrimonio en Caracas, todo el país ya sabía quién era Cilia Flores. Una combatiente, ‘mi compañera de vida’ como dijo Maduro tras asumir el gobierno en abril con una diferencia de apenas 1.49 por ciento de votos con Henrique Capriles, quien hasta hoy junta fuerzas para exigir una revisión del conteo de urnas.
A Cilia no le interesa recorrer Venezuela en recepciones fastuosas ni llegar taconeando a los aeropuertos. Ella insiste en lograr una ‘revolución justa para el pueblo’, mientras el bloque conservador la mira con recelo y la popularidad de Maduro sigue subiendo. Esto, a pesar de que según el centro de estudios Datanálisis casi el 60 por ciento de la población considera la situación económica como “grave”. ¿El principal motivo? La negativa de Chávez y de su heredero para trabajar con el sector privado y sumar capitales extranjeros. Con una inflación sobre el 4,7 por ciento sólo en mayo y un índice de desabastecimiento que en los primeros días de julio llegó a 18 puntos —con falta de productos básicos como azúcar, café y papel higiénico—, las miradas empiezan a centrarse en el rol y responsabilidad que podría tener Cilia al frente de la economía más débil e inestable del continente.

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Creció como una niña católica, fue bautizada por sus padres en la provincia de Tinaquillo, pero ya no habla de Dios y, simplemente, se la ve como una profesional que supo sacar provecho de su inteligencia. De familia humilde y numerosa, sus temas son la metafísica y cierta cosmovisión new age. Sigue al líder espiritual Sai Baba y el oráculo chino I Ching, al igual que su marido, confesó ella a El mundo.

Sabe de esfuerzos. Su padre la llevaba a la escuela Agustín Aveledo donde cursó sus primeros estudios y fue alumna aventajada, pese a que nunca tuvo apoyo ni comodidades. Se graduó en la Universidad Santa María, especializándose en Derecho Penal y Laboral. Cuando egresó era una joven normal y divertida, a la que le gustaba andar en moto, leer poesía y juntarse con los amigos.

De su vida privada casi nada se sabe. No da entrevistas y sólo una vez dejó ver algo de su vida íntima: “El sufrimiento no es parte del amor; eso lo aprendí con Nicolás. En mi relación anterior yo creía que todo formaba parte del matrimonio y que eso era para toda la vida. Ahora no creo en esos amores masoquistas”. Cuando el pueblo escuchó eso enmudeció. Era la primera vez, después de años, que la mujer más fuerte de la política venezolana hablaba desde los sentimientos.
Sus afanes siempre parecieron ir por otra vía.

El sufrimiento no es parte del amor; eso lo aprendí con Nicolás.

Fue la primera mujer en la presidencia del Legislativo. Inicialmente lo hizo para completar el periodo que dejó vacante Nicolás Maduro —están juntos desde 1994— al ser movido a la Cancillería. En esa oportunidad, su candidatura la propuso el diputado Ismael García. De allí, su ingreso al Movimiento Bolivariano Revolucionaro MBR-200 fuera sólo un paso para llegar a la presidencia de la Asamblea Nacional. “A Cilia la persiguieron y le espantaron todos sus clientes como abogada en ejercicio”, dijo Maduro con cierta devoción en su discurso recordando sus primeros pasos.

Los detractores de la pareja no pierden el tiempo y los acusan de nepotismo en bloque. Más de una vez han manifestado que al menos una veintena de personas comparten su apellido en las cúpulas de movimiento bolivariano. Una denuncia que hizo Pastora Medina, ex alcaldesa y dirigente del movimiento MOVEV, en junio de 2008. También la responsabilizó del despido ilegal de más de 46 trabajadores en supuesto favor de sus familiares.

En el Parlamento levantó polvareda mientras fue presidenta: restringió el trabajo de los medios, cerró la sala de prensa, ordenó la expulsión de la TV del hemiciclo e impidió el acceso a los debates de la Comisión de Contraloría. Terminó su período y, a pesar de todo, fue reelegida en las urnas y nombrada jefa política del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV).

Chávez la quería tanto como si fuera un pariente cercano. Nadie olvida que el caudillo llegó en 1999 casado con Marisabel Rodríguez, luego se divorció en 2004 y, entonces, su segunda hija, María Gabriela, hizo las veces de acompañante oficial en algunos actos de Estado. Pero fue algo breve. Luego, su gran compañera, hasta el día de su muerte, fue Cilia. La misma a la que escogió como Procuradora General de la República en sustitución del fallecido Carlos Escarrá.

Chávez la quería tanto como si fuera un pariente cercano.

¿Y por qué ahora este tardío matrimonio con Maduro, después de 20 años de vida juntos?
Circulan especulaciones. Dicen que le habría prometido a Maduro casarse con él sólo si lograba ser presidente de Venezuela. También, que detrás de su nuevo título de ‘Primera Combatiente’ en lugar de ‘Primera Dama’, no hay más que un escalón para llegar al poder absoluto.

“No es fácil hablar de su privacidad”, sostiene la analista Marianella Salazar. “No frecuenta sitios públicos ni restoranes. Su mundo es la política; no existen reseñas de su vida, no se sabe mucho de su marido anterior, aunque se ha filtrado que tiene nietos. Es una mujer fría, radical y revolucionaria… O como decimos aquí: es otra ficha de los Castro en Venezuela”.