Aunque el endurecimiento de las políticas migratorias en Europa ha reducido a casi la mitad la llegada de refugiados, aún son miles las personas que —víctimas de la guerra o de la extrema pobreza— siguen intentando llegar al Viejo Continente arriesgando sus vidas para cruzar el mar Mediterráneo, que en 2017 se convirtió en el mayor cementerio de migrantes del mundo: 2.700 muertos. En lo que va de este año, ya son más de 500 las víctimas fatales que han terminado su vida en el agua producto del colapso de sus precarias embarcaciones.

Una realidad que impacta y sobrecoge, y que el periodista y fotógrafo español Olmo Calvo capturó en su exposición Mediterráneo: una gran fosa común. Son 15 impactantes imágenes de 2,60 metros de ancho, emplazadas sobre los enormes bloques rocosos que actúan como rompeolas en la localidad de Castro Urdiales (en Cantabria) para retratar de principio a fin las dramáticas operaciones de rescate en el Mediterráneo, frente a las costas de Libia. Hoy, esos refugiados parecen invisibles a los ojos de Europa, más preocupada de invertir en el control de sus fronteras que en preservar la vida de los miles de náufragos que suelen encontrar en esas aguas su propia tumba.