Aunque todavía falta mucho paño por cortar en esta causa, sin embargo, existen imágenes que a los chilenos se nos deberían quedar en la retina. Como para nunca olvidar —ni ahora ni cuando se vengan las elecciones encima ni nunca— que señores con apariencia respetable y envidiables trayectorias laborales pueden ser cerebros de mecanismos perversos y delictivos con el objetivo de mover los hilos de la política chilena y engrosar aún más sus arcas a costa de todos.

Empresarios, candidatos, parlamentarios, funcionarios del Estado. Los antecedentes que ha dado a conocer la prensa y las pruebas mostradas por los acusadores en las audiencias de formalización son impresionantes. Cuando a cualquier ser humano medianamente probo le avergüenza quedarse con un vuelto extra en el supermercado, el grupo Penta utilizaba boletas de la esposa de un auxiliar para justificar gastos menores de la empresa, como la bencina que ocupaban los hijos de Carlos Eugenio Lavín. Cuando cualquier chileno al menos se sonrojaría al tener que pedir un favor a un amigo que trabaja para el gobierno, los dueños del holding no tenían pudor en llamar al ex subsecretario de Minería, Pablo Wagner, para hacerlo interferir a su favor en distintos episodios a cambio de dinero. 

La Fiscalía nos presenta como una mafia, como si nosotros fuéramos Al Capone o algo parecido y es lamentable escuchar eso… no soy ningún mafioso”, dijo Carlos Eugenio Lavín.

“Empresas Penta es una máquina para dar trabajo y aportar al progreso de Chile”, señaló Carlos Alberto Délano.

En Chile existe gente que confía en su dinero, su familia, su pedigrí —en su poder, al fin y al cabo— a la hora de actuar y de influir en la vida pública. Las frases de los controladores de Penta sólo dejan de manifiesto esta certeza prepotente. Estos empresarios de cuello y corbata —y los candidatos, parlamentarios y funcionarios del Estado, repito— parecen no darse cuenta de que esta sociedad no es la misma de los ’80, ’90 y los 2000. El doble estándar de Chile, que siempre se consideró el mejor del barrio, el buen alumno, estudioso y transparente, parece ser difícil de mantener en una época en que los ciudadanos están cada vez menos dispuestos a esconder el polvo debajo de la alfombra. Sólo cabe esperar que no cometamos nuestro pecado histórico: olvidar demasiado pronto.