En el departamento familiar de la mítica calle Simón Bolívar de La Reina, se sienta de espaldas al ventanal, y enciende un tiparillo de tabaco negro que deja apagarse cuando se absorbe en el relato. A medida que se pasea entre pasado y presente —el futuro es tan incierto—, sus ojos cambian de color, desde el gris al ámbar y, entre medio, al pardo. A los 68 se ve menuda, delgada la figura, gruesa la voz. Sin que le pregunte, advierte: “Creo que hay edades cronológicas y mentales. A veces están desfasadas, ¿depende de la curiosidad por las cosas del mundo?”.

Vive entre París y Santiago, entre dos mundos y una memoria.
El 29 de agosto pasado debía emprender el vuelo de regreso a lo que llama “mi París”, su hogar desde 1975, cuando fue expulsada de Chile, tras la pesadilla, la suya, pero también de tantos otros. Allí se instaló y dejó atrás su cargo como profesora de historia e investigadora en el Centro de Investigaciones de Historia de América Latina de la Universidad Católica. Atrás, su trabajo en La Moneda con el Presidente Allende, el Golpe, la lucha en la clandestinidad al lado de su compañero Miguel Enríquez, secretario general del MIR, el amor de su vida, según sus palabras, y padre del hoy candidato presidencial Marco Enríquez-Ominami.
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Con el tiempo, contaría la historia oficial (y la otra también), en tres libros —Un día de octubre en Santiago; Línea de Fuga y Santiago/París, el vuelo de la memoria (este último, a cuatro manos, con su madre, Mónica Echeverría)— y varios documentales. Con La flaca Alejandra (1993), sobre la chilena Marcia Merino, que terminó colaborando con la DINA, ganó el FIPA de Oro en el Festival Internacional de Programas Audiovisuales de Biarritz y una serie de otros galardones. Con Calle Santa Fe, el Premio Altazor 2008 en Artes Audiovisuales.

“Lo que une mis documentales son la pasión y las ganas de escuchar y de mostrar la belleza, el pensar de los olvidados, los invisibles, los perdedores”, explica.
Los dos primeros años post Golpe vivía en la clandestinidad con Enríquez, compartían una casa azul de la calle Santa Fe, en San Miguel, con las dos niñas pequeñas: Camila, la que ella tuvo con Andrés Pascal (hoy de 40 años) y Javiera, la de Miguel y Alejandra Pizarro.

El 5 de octubre de 1974, la DINA llega a la casa. Ya no están las niñas: un mes antes se habían asilado en la Embajada de Italia. Pero están Enríquez, Humberto (El Tito) Sotomayor y José Bordaz (El Coño), dos altos dirigentes del MIR, y Carmen, embarazada de seis meses. “Era la una de la tarde, yo venía de buscar un alojamiento provisorio y se suponía que a las dos horas nos íbamos. Miguel me dice ‘nos vamos porque están dando vueltas por el sector’. Nos preparamos para salir en la parte de atrás de la casa y comienza el tiroteo. Cada cual toma posiciones: yo tengo una pequeña Escorpion, los compañeros, un AK. Por minutos hay intercambio de tiros; luego, un instante de calma. Miguel dice ‘salgamos, rompamos el cerco’. Tomamos los bolsos y vamos atravesando la sala, él adelante, yo metro y medio detrás, hacia el auto. Recibo esquirlas de granada en el brazo que está dislocado, con mucha sangre. Me desplomo, pero consciente. Siento una paz extraordinaria, no hay dolor. El Tito y El Coño rompen el cerco y escapan”.

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Continúa:
—Miguel está a dos metros, fuera de la casa, disparando. Entro y salgo en un estado de conciencia. Me despierta, me toma en brazos y me pone detrás de un mueble bajo. Siento mucho tiroteo. Cuando despierto veo a Miguel en el suelo, respirando, con un hilo de sangre por la mejilla izquierda. En la reconstrucción de la escena y por la hora de muerte sabré que disparó solo al menos una hora; al final, cae. Los militares echan abajo la puerta, uno de ellos me da una bofetada, me quiebra un diente. Después supe que era Marcelo Moren Brito. Me arrastran frente a la casa. Había unos 300 efectivos militares rodeando el lugar, el tránsito interrumpido.

La trasladan al hospital Barros Luco y luego al Militar. Pasa tres semanas, incomunicada e interrogada por Moren Brito y Miguel Krassnoff. La expulsan del país y vuela a Cambridge, Inglaterra, donde están exiliados sus padres, el arquitecto Fernando Castillo (ex alcalde de La Reina, ex rector de la UC, ex intendente de Santiago, muerto el 18 de julio pasado), y la escritora y actriz Mónica Echeverría. Ellos entierran allá al pequeño Miguel Angel, el nieto que sólo vivió dos meses.

Luego hay que pasar de la sobrevida a la vida, “un periodo de olvido y de escritura ligada al mundo del exilio”, acota. Estudia, lee, se somete a terapias, viaja, teje afectos y amistades, se transforma en cineasta, documentalista, guionista. Adopta la nacionalidad francesa, se casa con el cineasta galo Pierre Devert, quien dirigió varios de sus documentales y murió hace ocho años, a los 50, de cáncer al pulmón. Con él hizo cine y tuvo dos hijos: Diego (27) y Tomás (23).

—¿Cómo se aprende a vivir con esa suma de pérdidas? La pareja, el país, el padre…
—Si me hubiese quedado en La Habana me habría suicidado. O en Caracas o en México.

—¿París la salvó?
—Sí, por la distancia y el anonimato. Beatriz Allende estuvo encerrada en un rol, en un personaje. Yo maté al personaje en un acto real, a “la Catita”, como me decía Miguel. Roberto Matta me hizo un sahumerio y me bautizó de nuevo.
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En esa búsqueda, conoció al filósofo francés Gilles Deleuze. “El me enseñó que el pasado no era un monstruo obsesivo, que debía librar esa batalla contra el culto a la muerte, el sacrificio, la idolatría de los héroes, lo cual yo sentía como un peso imposible de sobrellevar. Sufrí un proceso de revolución interna y entendí que me estaba matando por esta culpabilidad de estar viva”.

Enciende su tiparillo, levanta la mirada y asegura que “eso tomó tiempo: recién en 1977, en el día de Pentecostés, pasó algo y empezó a irse el dolor. Antes, la militancia no nos había permitido ese espacio. Terminó una fase de duelo y viví una de gracia que, parece, es bien común. Dejé de meterme al Metro, me subí a una mobilette, volví a usar polleras, sentí el viento, el placer”.

Hoy en París vive en “una casa muy alegre, muy chilena, que el papá construyó. El y Pierre se adoraban, ninguno conocía el miedo. Mi padre fue mucho a París por su enfermedad porque el gobierno de Mitterrand lo acogió y asistió largo tiempo. En uno de sus viajes compramos esta propiedad, que era una ruina, y ambos la diseñaron. Allí vivimos con los niños. Está siempre llena de gente que viene a alojarse. Tengo una vida afectiva muy rica. No estoy sola”.

—Acá y en América Latina, cuando la mujer no tiene pareja está ‘sola’.
—¡Exacto! Y las mujeres están obsesionadas por tener pareja. En Europa nadie te preguntaría si estás ‘sola’. Eso es algo, por ejemplo, que me retiene en Francia. Pensar que estar sin pareja es estar sola constituye una aberración. El mundo hoy es el mundo de las mujeres porque, de alguna manera, estamos inventando la vejez. Tengo una complicidad muy fuerte con mis amigas, son mis cimientos afectivos. De eso trata mi nuevo proyecto.

—¿Una historia de mujeres?
—Que quedan sin sus hombres. Estamos vivos es un documental para cine que ocurre en Francia, Brasil, Bolivia, en Chile y un poco en España. Una reflexión sobre el compromiso político después de la caída del Muro de Berlín, de la gran derrota de esta especie de convencimiento de que el capitalismo era fatal y no había nada que hacer. Es la historia de dos mujeres, la amistad, y a través de su evolución nos planteamos preguntas sobre cómo se viven los duelos, las muertes de los hombres que te acompañan. Ella es la mujer de Daniel Bensaid, gran amigo mío, muerto hace tres años.

—¿Se siente chilena o francesa?
—Me siento chilena cuando estoy acá. Francia es de esos países que no te exigen una identidad. No me siento francesa, pero no existe tironeo. Hay desgarro. Aquí se me alumbra una parte del cerebro que allá no y a la inversa. Antes iba a filmar a México, Colombia, Chile. Tenía la necesidad de contar una historia allá, desde mi guarida en París, pero siempre tenía que ver con política y América Latina, aunque fuera sobre la cumbia o el bolero.

A su pesar, regresa una y otra vez a Chile.
“Fue un largo periodo en que mi obsesión obstinada era entender cómo se llega a ser torturador, qué significaba la lógica del sistema represivo, la máquina que destruía la esencia humana. Para eso leí, estudié todo lo que tenía que ver con los trabajos de Primo Levi, Hannah Arendt, Jorge Semprún. Siento que Chile es de una amnesia obligada, de una transición neoliberal insoportable, de una no justicia, no verdad, un país al que no quiero volver”.
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En 2002 la sorprende el reencuentro cuando roda El país de mi padre. “Trabajé con él cuatro meses para acercarme a la tierra que tanto amaba. Fui llenándome de afectos y deseos de filmar”. Ese mismo año volvió a la casa de la calle Santa Fe y “sólo entonces puedo interrogar la memoria de los vencidos, mis compañeros, nuestros muertos”.

—No se ve una mujer amarga. ¿Cómo vive lo de Miguel Enríquez?
—Miguel, que algunos podrían considerar loco o decir que murió en su ley… Pero si uno va al mundo popular, a los jóvenes no les importa el acto heroico fundador del que muere en combate. Los jóvenes quieren conocer el pensamiento político, qué era el poder popular. Entre los pobres del campo y la ciudad se encuentra el espíritu revolucionario, y eso no se entiende si sólo te quedas en la derrota. Uno va de derrota en derrota… hasta la victoria final. Esta es una lectura de la historia que no la dan los vencedores sino los perdedores.

—¿Cómo explica hoy Chile en el exterior?
—A los franceses les digo que sigue siendo el laboratorio. Fue laboratorio de la experiencia extraordinaria de un socialismo en democracia. Luego, lo fue con el Golpe, como dice Noemi Klein, la doctrina de shock. La imposición, antes que en ningún otro lugar, del modelo neoliberal con los Chicago Boys. Una sociedad perfecta, ordenada, con turistas y crecimiento. ¿Y qué es este país? Una sociedad endeudada, gente que pone rejas por todos lados, donde votan muy pocos.

—Sombrío su panorama.
—Sí, pero es mundial. Acá están adelantados; los franceses tratan de llegar al modelo perfecto neoliberal mientras aquí hay un despertar. A mí me asombra, ¿de dónde viene la enorme cultura política de esos jóvenes que ahora van de candidatos al Congreso? Si acá hubo una ruptura de la transmisión y tenemos un país desigual, injusto, lleno de ghettos de ricos que no existieron en nuestra generación. Hay mucha ira.

—En Chile la política del establishment es lo opuesto a lo que usted quisiera.
—Por eso no me interesa la política acá ni en Francia. Por Hollande no votaría nunca más. Tuve mucha proximidad con Mitterrand, con Regís Debray, pero eran amistades políticas. La clase política está separada de la realidad.

—¿Hay algo que ame de Chile, que rescate?
—Esa postura de solidaridad, de resistencia, de vitalidad de la madre de los hermanos Vergara, de la Blanquita de la población La Victoria, la expresión misma del orgullo. Añoro a mi papá, mi casa, la quinta, los olores, la tierra, el mar, la cordillera, una manera de ser muy valiente, la libertad. Eso lo reencuentro hoy en los jóvenes. Me produce tremenda tristeza imaginarme que voy a ser enterrada en Francia. Yo quisiera que me enterraran aquí.