La historia de Carlos Peña con El Mercurio se inició mucho antes de que comenzara a escribir su primera columna en el Cuerpo de Reportajes en noviembre de 2002 bajo el título La debilidad de las elites.

Cuenta la leyenda familiar que aprendió a leer antes de los tres años y que algunas de sus primeras lecturas fueron, justamente, El Mercurio y El Siglo, que su padre compraba diariamente. Vivían en el centro de Santiago con su abuela materna, una profesora normalista sumamente culta que, seguramente, le heredó la ambición intelectual. Los libros y los diarios eran el bien más preciado en el hogar. En ese ambiente nació Carlos Hernán Peña González en junio de 1959 y en el mismo creció: estudió en el Liceo de Aplicación de calle Ricardo Cumming —antiguo Liceo 3 de Hombres—, donde los escasos registros señalan que era un excelente alumno. Estuvo en el Segundo Medio H, de 1974.De los 41 estudiantes del Tercero Medio B de 1975, Peña obtuvo el mejor promedio de notas en los exámenes finales del exigente liceo: 5,9. Su fuerte eran el castellano y la filosofía. Su punto débil, el inglés.

El protagonista de esta historia, de llegar a leer estas líneas, seguramente sentirá cierto tipo de espanto: resguarda su esfera íntima con un celo vehemente. Dicen que para explicar su postura, siempre cita The Human Condition, de Hannah Arendt: lo peculiar de los seres humanos está en la esfera pública, no en la privada. En la esfera privada no hay misterio, porque allí simplemente ocurren los procesos habituales de reproducción de la vida. Es en la esfera pública donde cada uno construye su individualidad.

Pero el rector y columnista, aunque seguramente tenga razones para justificar lo contrario, se ha transformado en poco más de diez años en un personaje público. Es un académico a quien le interesa influir y que, de un tiempo a esta parte, se ha instalado como una especie de juez implacable —y en ocasiones despiadado— de los personajes que actúan en la sociedad. Sus partidarios señalan que enhorabuena existe una mirada como la suya en la sociedad chilena: el coro de la tragedia griega, de conciencia, que muestra las contradicciones a la elite y al mundo del poder. Sus críticos — que no sólo se encuentran en la derecha, el mundo conservador, la Iglesia y la clase alta— argumentan que nadie lo ha investido con la autoridad moral para calificar las actuaciones y los hechos. Como fuere, las opiniones de Peña producen efectos.

El viernes 16 de mayo fue uno de los presentadores del libro Yo Presidente/a, de la periodista Paula Escobar. Al evento llegaron Patricio Aylwin, Eduardo Frei y Sebastián Piñera. El rector habló sobre el poder: “Aunque los políticos no suelan reconocerlo, tienen a veces que pactar con el diablo. Quien no comprende esto, dijo Max Weber, es un niño políticamente hablando”. Y sus palabras fueron especialmente implacables con el ex mandatario de la Alianza: “De todas las figuras que este libro recoge, quizá sea la del presidente Piñera una de las más complejas, una de esas figuras que no son sólo políticas en sentido estricto, sino que demuestran un evidente disfrute del poder”, señaló Peña.

Al finalizar el encuentro, frente a un grupo de personas, Piñera se le acercó y le preguntó: “¿Cuál es la causa de la animosidad que me tiene?, ¿a qué se debe?”. Peña le contestó: “No tengo animosidad en contra suya. Tengo opiniones respecto de usted, que es distinto”.

Piñera se dio media vuelta y se fue.

De Peña se conoce muy poco. Es dos veces casado y tiene cuatro hijos. Casi nadie sabe, por ejemplo, que es muy rápido y redacta sus columnas en unos 20 minutos. Un viernes iba camino a San Alfonso del Mar y tuvo que devolverse a Santiago para escribir por una crisis política de última hora. Acostumbra a hacerlo en el escritorio de su casa. Dicen que nunca ha negociado el precio de sus textos con El Mercurio y que, con suerte, cobra de tanto en tanto. Aunque al comienzo discutía los temas de sus escritos con los editores a lo largo de la semana, Peña actualmente los manda por e-mail el viernes por la noche, el día de cierre. Cuentan que alguna vez desde la dirección le comentaron la cantidad de cartas que llegaban semana a semana a propósito de sus textos en el Cuerpo D.

Desde esas primeras columnas —donde los editores le aconsejaban no citar tantas veces a Kant— las cosas han cambiado. Hubo un momento, incluso, en que la situación se volvió un tanto complicada. En una época donde escribió sobre todo de Derechos Humanos, a Peña le llegaban anónimos y recibía llamadas telefónicas con el sonido de balazos y amenazas explícitas. Una mañana encontró su automóvil en la calle sin el parabrisas, que habían dejado a un costado. Estos episodios se repitieron un par de veces.

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Dicen que fue ateo desde la más tierna infancia y, sin embargo, cuando salió del liceo en 1976, eligió Derecho en la Universidad Católica en vez de la Chile, por el consejo de un cuñado que estudiaba en la PUC. De acuerdo a los registros oficiales, obtuvo buenos puntajes en la Prueba de Aptitud Académica: 698 en Verbal, 756 en Matemáticas, 611 en Biología, 666 en Ciencias Sociales. Sus resultados le permitieron ser seleccionado en el lugar 24 de 80 en Leyes, con 705 ponderado. Fue la misma generación de Carlos Villarroel, dirigente de la UDI; Jorge Costadoat, el sacerdote jesuita; María Luisa Brahm, ex jefa de asesores del gobierno de Piñera; y Tomás Aylwin Bustillos, sobrino del ex jefe de Estado.

Si hubiese elegido la Chile en vez de la Católica habría sido compañero de Joaquín García-Huidobro, que ese 1977 ingresó con el primer puntaje a Derecho. Las casualidades del destino han hecho que, desde hace un tiempo, el académico de la Universidad de los Andes se haya convertido en su compañero de página en el Cuerpo D. Siempre sus columnas son publicadas por debajo de las de Peña y dan cuenta, evidentemente, de sus diferentes concepciones. En octubre de 2009 escribió un texto en la revista Qué Pasa que se titulaba Nueve razones para no matar a Carlos Peña. En la publicación señalaba que el rector de la UDP “es de las pocas personas en Chile que son capaces de distinguir los planos: te puede destrozar desde su púlpito, pero cuando se baja de él y se encuentra contigo en una reunión social es un caballero amabilísimo”. Pero García- Huidobro también indicaba que, en promedio, Peña escribe dos o tres falacias cada domingo. “Alguna vez me han servido para explicar a mis alumnos qué es una falacia”, sentenció el columnista.

Peña estudió Derecho en la Católica entre 1977 y 1981, en plena dictadura. En esa época, Jaime Guzmán era un personaje mítico en los pasillos del Campus Oriente y sus discípulos formaban parte de esa elite que Peña, con los años, ha criticado con fuerza por considerarla poco plural. Lo han acusado de acumular resentimiento: “Andrés Palma Irarrázaval, asistente principal del ministro Eyzaguirre (¡Nunca dos nombres sumaron tantas erres!)”, escribió el 3 de agosto pasado. Pero el rector de la Portales siempre explica que, simplemente, tiene el objetivo intelectual de desmantelar el oculto dispositivo que funciona en Chile y que atribuye un valor intrínseco a ciertas personas sólo por pertenecer a determinado linaje. En esos cinco años en la PUC —de los que alguno de sus compañeros guarda un vago recuerdo de un muchacho con bolso artesanal— conoció de cerca ese trozo de la sociedad. Y pese a que los alumnos que se consideraban disidentes del régimen de Pinochet elegían las clases del profesor José Luis Cea, Peña escogió un camino diferente: aunque se definía hombre de izquierda —tal como ahora—, tomó Derecho Político con el propio Guzmán, líder del gremialismo.

Pocos lo recuerdan en sus años de la Católica y no es claro si la explicación es una supuesta timidez o, simplemente, una calculada reserva. El historiador Alfredo Jocelyn-Holt lo conoció en 1979 a través de un amigo en común y señala que “en esos años Peña era marxista y parece bastante extraño que no haya militado”. “Este hecho —señala el académico, que con los años se distanció de Peña— se contradice totalmente con posturas intelectuales posteriores”. El rector de la UDP ha negado en privado haber pertenecido a algún partido o grupo de oposición. Pero entre 1977 y 1981 uno de sus mejores amigos en la PUC era un militante clandestino que pertenecía a una de las fracciones del PC armado. No era raro verlos juntos en el Campus Oriente y estudiar en alguna de sus respectivas casas.

El abogado Juan Pablo Hermosilla, aunque ingresó a Derecho un año después de Peña, lo recuerda perfectamente. Dice que “era muy buen alumno, teórico y conceptual, y muy quitado de bulla”. El jesuita Jorge Costadoat, que se retiró en tercero para entrar a la Compañía, rememora que probablemente en 1977, en primer año, los dos cursaban Introducción al Derecho con Hernán Larraín. Tenían que leer el ensayo Ortodoxia, de G. K. Chesterton, y Costadoat, francamente, no había entendido nada. “Le pedí a Carlos que me explicara, lo hizo y me saqué un siete en la prueba”, señala el religioso. Recuerda también que, en otra ocasión, quería comprar un libro de Neruda y, como sabía poco del Nobel, le pidió consejos: Peña le recomendó Canto General.

Obtuvo el título de abogado en 1985. Luego ingresó al Magíster en Sociología en la PUC y egresó en 1988. Nunca estudió en el extranjero y, muchos años más tarde, en 2011,se doctoró en Filosofía en la Universidad de Chile.

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A la Universidad Diego Portales llegó en 1983, casi cuando la institución se fundó. En ese entonces, Peña tenía 24 años. La Facultad de Derecho fue una de las tres con las que arrancó la universidad y su decano era Jorge Correa Sutil, también formado en la UC. Dicen que Peña, que en esa época aún no se titulaba, mandó sus antecedentes por recomendación de su profesor de Derecho Romano en la Católica, Ramón Luco, y que Correa lo entrevistó. Fue el comienzo de 31 años ligado a esa casa de estudios donde hizo carrera como profesor ayudante, profesor titular, decano de Derecho, vicerrector académico y donde, en 2007, se convirtió en rector. Pero en 1983 comenzó desde abajo: como ayudante de la cátedra de Introducción al Derecho, de Agustín Squella. Hay quienes señalan que Squella fue el académico que lo estimuló a escribir —advertía su talento con la palabra y un motor intelectual propio— y lo invitó a publicar artículos en el Anuario de Filosofía Jurídica y Social y la Revista de Ciencias Sociales de la Universidad de Valparaíso.

Dicen de Peña que era uno de los pocos profesores que en una universidad como la Portales, en plena dictadura, enseñaba a Marx. Sus alumnos recuerdan su memoria privilegiada: cuando realiza clases no utiliza ni siquiera un papel. Cuentan que pareciera estar leyendo —porque habla con puntos y comas, como si se tratara de lenguaje escrito— y que tiene fama de ser sumamente exigente. En 1988 comenzó a hacer clases de Derecho Civil en la Universidad de Chile y poco después, en 1989 o 1990, se produjo un incidente que todavía recuerdan algunos académicos de la facultad. Lo invitaron a formar parte de la comisión para un examen de grado y Peña era de la opinión de que había que reprobar al alumno. Una autoridad se le acercó a decirle en voz baja que no fuera tan severo, que se trataba de un buen estudiante. Peña, sin embargo, con un tono de voz alto, le respondió que lo iba a reprobar. Durante algunos años no lo invitaron a tomar exámenes a la Chile.

No es fácil trabajar con Peña, relatan quienes han sido o son colaboradores suyos en las universidades, sobre todo en la UDP: aplasta. Dicen que es voluntarioso y que siempre logra imponer su punto de vista.

Por ejemplo, en el consejo académico de la Portales —compuesto por diferentes estamentos de la institución— expone y discute sus posturas. Pero también señala: “Si no tienen buenas razones, me tienen que hacer caso”. Sus críticos —muchos y variados— se quejan de que es autoritario y que las decisiones están totalmente centralizadas en él. Estas apreciaciones, sin embargo, pocos se atreven a hacerlas en público: le tienen cierto grado de temor.

Alguna vez un abogado describió a Peña ante el rector fundador de la UDP, Manuel Montt: “Es diabólicamente inteligente”. Y esa frase resume, de cierto modo, la apreciación que algunos tienen sobre la faceta menos pública del personaje. El rector sabe que es inteligente —y lo demuestra— y en los debates no tiene piedad con su interlocutor. A veces Peña ha llegado a reconocer que tiene actitudes inmisericordes desde el punto de vista intelectual. Dicen que es vanidoso, soberbio y admira a pocos en Chile, porque el panorama no le parece especialmente atractivo. Uno de sus elegidos es Nicanor Parra, con quien ha cultivado una estrecha relación: le cautiva su independencia insobornable. Y entre los presidentes de 1990 a la fecha, al que considera más sólido es a Ricardo Lagos. En junio de 2012, sin embargo, Peña no tuvo contemplaciones con el ex Jefe de Estado, que lo invitó a presentar su libro de memorias Así lo vivimos. La vía chilena a la democracia, en la plaza Mulato Gil. El columnista definitivamente le amargó la fiesta al autor: dijo que no tenía valor intelectual ni biográfico y que carecía de todo ánimo de crítica respecto de su propia gestión. El círculo de Lagos consideró que sus palabras mostraban una falta total de deferencia.

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Un episodio complejo para la UDP —que se recuerda hasta la actualidad — se vivió en 2005. El 25 de octubre de ese año, el Diario Siete publicó declaraciones del entonces rector de la universidad, Francisco Javier Cuadra, ministro de Pinochet entre 1984 y 1987. En ese texto periodístico, Cuadra se refería a la detención de Ricardo Lagos después del atentado contra el general en septiembre de 1986. El rector de la UDP señalaba que el gobierno había ordenado su aprehensión y la de otros dirigentes de izquierda, justamente, para otorgarles seguridad. Las palabras de Cuadra hicieron concluir que estaba al tanto de estos hechos y generaron una fuerte crisis en la universidad: hubo una seguidilla de movimientos de profesores y alumnos que lo consideraban inhabilitado como rector por falta de legitimidad. Y la discusión escaló y provocó un debate público.

Justamente en este punto comienzan las versiones encontradas respecto del papel que entonces desempeñó la segunda autoridad de la UDP, el vicerrector académico Carlos Peña.

La mirada crítica explica que era un hombre de extrema confianza de Cuadra y su principal colaborador entre junio de 2004 y octubre de 2005, la fecha de la polémica. Lo cuenta el propio Cuadra: “Fui yo el que le pedí ser mi vicerrector académico cuando llegué a la rectoría de la UDP, por su excelente desempeño como decano. En medio de las protestas de una minoritaria porción de profesores y alumnos por la publicación de Diario Siete, acordamos que iba a pedir permiso seis meses para esperar que el ambiente se calmara. Carlos participaba de esas reuniones en mi casa y estaba de acuerdo. Pero de una semana a otra cambió de opinión. El 6 de noviembre, en su columna en El Mercurio, me defendió. Una semana después, en La Nación, me criticó duramente”. Cuadra se refiere a la entrevista concedida por Peña el 13 de noviembre titulada: “Fue un error designar a Cuadra como rector”.

Al día siguiente, el lunes 14 de noviembre de 2005, Cuadra renunció. Alfredo Jocelyn-Holt, que actualmente dice estar distanciado de ambos, señala que “Peña fue totalmente desleal a Cuadra. Junto a Javier Couso, se lo sirvieron. La tontera de Cuadra no era para que lo echaran de una universidad como la UDP. Esa intriga nació en la Facultad de Derecho, donde estaban los cercanos a Peña, que jamás habría llegado a la vicerrectoría si no hubiese sido por Cuadra. Pero le aserruchó el piso y terminaron tomándose la Portales”. Durante 16 meses asumió la rectoría interina el fundador, Manuel Montt. En marzo de 2007, después de una búsqueda del consejo directivo, Carlos Peña asumió como máxima autoridad de la institución.

Los críticos a Peña se preguntan por qué, sabiendo como todos el pasado político de Cuadra durante la dictadura, aceptó ser su segunda autoridad como vicerrector académico y recién en 2009 le dio vuelta la espalda. Lo que subyace es que se trataba, sobre todo, de una operación de poder.

La versión de los cercanos a Peña es totalmente distinta e indican que el abogado no llegó a la vicerrectoría por Cuadra y aceptó el cargo con la condición de no depender del rector. De acuerdo al mismo relato, no era su hombre de extrema confianza ni su amigo, aunque entre 2004 y 2005 mantuvieron una relación cordial. Dicen que Peña intentó promover el diálogo en medio del escándalo después de la publicación de Diario Siete, pero que Cuadra dilató una resolución. Las mismas versiones niegan que Peña haya manipulado a los profesores y estudiantes para presionar por la salida del rector. Antes de conceder la entrevista a La Nación, señalan las mismas fuentes, Peña habló con Cuadra y le dijo que debía renunciar. Y que el propio vicerrector puso su cargo a disposición en dos ocasiones, pero que el consejo directivo de la UDP no se la aceptó. Incluso le ofrecieron asumir la rectoría de inmediato, señalan, pero Peña no lo consideró prudente y avaló que se conformara un comité de búsqueda.

En marzo de 2007, entonces, Peña asumió la rectoría de la UDP. Los resultados avalan su gestión: en la universidad explican que actualmente existen 400 académicos con jornada completa, excedentes de 3.800 millones en promedio desde 2008 a 2012, y un aumento considerable en investigación. En 2009, en consejo directivo de la universidad —presidido actualmente por Juan Pablo Illanes, ex director de El Mercurio— cambió los estatutos. Entre otros asuntos, se modificó el período de mandato del rector: de ocho años sin reelección se pasó a un régimen de cuatro años con reelección. Peña va en su segundo mandato y con bastante probabilidad de asumir en marzo de 2015 un tercero.En su círculo niegan que busque ser ministro de Educación de Bachelet, como se especula.

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Comenzó a escribir en forma más permanente en medios de comunicación aproximadamente en 2000. Fue en Cultura de la revista Qué Pasa, donde tenía una subsección junto al periodista Álvaro Matus donde escribía ensayos sobre libros muy de vanguardia. Pero hubo un período donde publicó también en otros espacios, como en el suplemento Artes y Letras, de El Mercurio, y en La Tercera. Carlos Peña, sin embargo, tenía el interés de tener una columna fija y semanal. Y a mediados de 2002 recibió la propuesta del entonces editor dominical de El Mercurio, Juan Diego Montalva, de tener ese espacio permanente en el suplemento de Reportajes, que estaba renovando su equipo de columnistas. En esos años, las opiniones del Cuerpo D estaban a cargo del sacerdote Raúl Hasbún y el escritor Enrique Lafourcade.

Peña conversó con el director de La Tercera de aquella época, Cristián Bofill, y le dio a conocer sus razones para emigrar. Sobre todo se fundamentaban en que le parecía sumamente atractivo instalar discusiones desde un punto de vista liberal en un diario conservador. Bofill comprendió, aunque lamentó la partida del abogado, que selló su ingreso a El Mercurio con un encuentro con otros columnistas del diario en los comedores de avenida Santa María. Participaron de la reunión el director de la época, Juan Pablo Illanes, y Harald Beyer, Cristóbal Marín, Leonidas Montes, Patricio Meller, entre otros. Algunos de los invitados recuerdan que Peña estaba incómodo, nervioso.

Dicen que en estos años no ha mantenido ninguna relación con el dueño del periódico, Agustín Edwards. Alguna vez Peña estuvo con él cuando lo invitaron a un consejo de redacción como parte del equipo que asesoraba a la ministra Soledad Alvear, en el gobierno de Eduardo Frei, en el proyecto de modernización de Justicia. Cuando se aprobó la Reforma Procesal Penal, Edwards invitó a una celebración y Peña, señalan en su círculo, se excusó y no asistió. Los que lo conocen dicen que el columnista es poco dado a la vida social y que su dimensión más personal es impermeable. Tampoco acepta invitaciones a comer y no se le conocen amigos. Con sus colaboradores de confianza que tiene en la UDP —como Cristóbal Marín, el vicerrector académico— tiene una estricta relación profesional.

Peña ha combinado su carrera en la universidad con su trabajo para diferentes comisiones en distintos gobiernos de la Concertación. En la administración de Patricio Aylwin fue parte de un grupo de expertos que asesoró a Alvear en el Servicio Nacional de la Mujer (Sernam). El objetivo era cambiar el Código Civil y, todas esas conversaciones, dieron origen a la ley de filiación —que terminó con la distinción entre hijos legítimos y naturales— y la ley de divorcio. Cuando la democratacristiana pasó a Justicia en 1994, convocó nuevamente a Peña y trabajaron en conjunto lo de la reforma procesal, un tema que la UDP estudiaba hacía un tiempo. La relación entre ambos, sin embargo, se quebró más tarde. En abril de 2005, Alvear estaba en plena campaña de precandidatura presidencial frente a Michelle Bachelet y se conoció el proceso de licitación de las Defensorías Públicas de la Región Metropolitana. Cerca del 48% se las había adjudicado la Sociedad Defensa Jurídico Penal, integrada por la Universidad Miguel de Cervantes, cuyo presidente era el esposo de la postulante, Gutenberg Martínez. Peña hizo una columna muy crítica en El Mercurio.

Participó también de la Comisión de Verdad Histórica y Nuevo Trato (2001-2003), Comisión Formación Ciudadana (2004) y, entre otras, presidió la Comisión Asesora Presidencial de Educación Superior, en el primer gobierno de Michelle Bachelet (2007). En el libro de la periodista María Olivia Monckeberg Con fines de lucro, la escandalosa historia de las universidades privadas en Chile, se señala que “el consejo entregó su informe definitivo (…) en marzo de 2008, después de sostener 35 reuniones. Visto con ojos de hoy se puede concluir que las mil aristas del negocio, así como el debilitamiento de la educación pública, habrían requerido un diagnóstico más agudo y firme”. “No se observa una mirada especialmente crítica a la Comisión Nacional de Educación —señala el libro de Monckeberg— ni asomo de algún indicio de sospecha sobre su proceder (…) No se cuestionó tampoco el tipo de financiamiento orientado a la demanda, es decir, a través de becas y créditos. La preocupación dominante era que los aportes estatales se ampliaran a nuevas universidades, siempre que cumplieran ciertas condiciones. El fin del lucro no estaba entre ellas”.

Peña siempre dice que nunca ha sacrificado su independencia y que, no por trabajar en una u otra institución, es un leal servidor. En la UDP indican que en alguna ocasión el consejo directivo le ha hecho ver su preocupación por sus columnas y Peña ha respondido: “Ustedes deciden si soy rector o no, y yo como me comporto”. Y se señala que trabaja como abogado para no depender del sueldo de la universidad: realiza informes en derecho en importantes causas. Hizo dos para Codelco en contra de Angloamerican y el resultado fue exitoso. Luego ha elaborado informes para la estatal en dos o tres litigios y siempre les han dado la razón. Fue testigo experto en el caso Barrick-New Gold y su papel fue declarar ante la Corte de Toronto durante casi seis horas. El ex director del Sernac del gobierno de Piñera, Juan José Ossa, le pidió un informe contra el Banco de Chile por cláusulas abusivas en contratos de cuenta corriente. Peña lo entregó y el juicio está pendiente. De acuerdo a la información oficial de Gobierno Transparente, cobró $5.555.555 brutos por este último trabajo.

“Sus lectores no deben creerle que es el imperativo categórico con zancos, porque teje trenzas de poder, tiene conflictos de intereses y clientes que no sabemos”, señala Alfredo Jocelyn-Holt, aunque en el círculo de Peña indican que todos los juicios son públicos y sus informes también. Luego de la entrevista que el 10 de julio le hizo al ministro de Educación, Nicolás Eyzaguirre, el actual miembro del consejo consultivo del CEP, Leonidas Montes, escribió en La Segunda: “Una cosa es el oficio de columnista, donde su aporte es valioso e innegable, y otra muy distinta es entrevistar al ministro de Educación mientras se discuten asuntos relacionados con la educación superior”. Para el círculo de Peña, no incurrió en ningún conflicto de interés por un hecho esencial: su cargo en la UDP es público y la entrevista la realizó bajo su firma, por lo que no existe el objetivo de ocultar nada.

Dicen que la entrevista a Eyzaguirre tuvo un origen sencillo: antes de que se acordara, el rector de la UDP y el secretario de Estado habrían tenido una conversación en el ministerio donde se habló de los temas relacionados con la reforma. El columnista, luego, le propuso al ministro hacer una entrevista sobre los mismos temas y, a su vez, hizo la proposición a El Mercurio. Y en conjunto acordaron llevar la idea adelante.

El diálogo privado habría arrancado luego de una columna de Peña — publicada el 29 de junio de 2014— titulada Desorden en educación. Poco antes también se habría producido un incidente entre Peña y el ministerio: los estudiantes de Medicina de la UDP se movilizaron en abril por la falta de campos clínicos para realizar sus prácticas profesionales y el rector recibió la visita de fiscalizadores del MINEDUC. El abogado les dijo que carecían de todas las facultades para fiscalizar, les ofreció un café y les mostró la salida. Luego Peña llamó a Eyzaguirre pidiéndole explicaciones. El ministro, de acuerdo a algunas versiones, le habría dicho que se habría tratado de un error.

Eyzaguirre habló en la entrevista de gratuidad para los primeros cuatro años de universidad y a las pocas horas, después de la intervención de Peñailillo, tuvo que retroceder públicamente y dijo que se había tratado de una confusión. Desde las cartas al director de El Mercurio, Peña le contestó con su habitual fuerza: “El ministro tiene todo el derecho a cambiar de opinión, incluso en unas pocas horas, especialmente luego de conversar con el Comité Político. Pero no es correcto que, para ocultar ese cambio de opinión, lo disfrace de malentendido”.

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A comienzos del año 2001, Fernando Flores acababa de regresar a Chile después de 25 años radicado en EE.UU. y elaboró una lista con personajes influyentes a los que debía empezar a conocer. No era más de una cincuentena. Entre ellos estaba Carlos Peña. Dicen que el académico —que en esos años era vicerrector de la UDP y aún no comenzaba a escribir sus columnas en El Mercurio— lo recibió en su oficina, pero le hizo ver a su invitado que quizá se equivocaba, que no tenía ni poder ni visibilidad. Flores, sin embargo, insistió y sostuvieron una conversación.

Finalmente, dada la influencia que ha ganado Peña, los años le dieron a Flores la razón.

Quien aprendiera a leer en las páginas de El Mercurio y El Siglo, quien fuera alumno del Liceo de Aplicación y un reservado estudiante de Leyes en la UC, hoy sabe muy bien donde apuntar para hacer temblar, domingo a domingo, a los que ejercen el poder.