“Este hombre es una máquina. Ese es su mayor atributo, que es un tremendo motor; tiene una energía increíble que convoca y motiva a un equipo completo a que dé frutos”. Las palabras de Jorge Armstrong, socio de la agencia de publicidad Armstrong y Asociados, grafican a la perfección al argentino Carlos Ingham, socio de Linzor Capital y fundador de Red de Alimentos. Un hombre alto, macizo, de manos gruesas y sonrisa ancha, hiperkinético, siempre acelerado, lo que no le resta calidez.

“En un diario leí una entrevista a Calú—como lo llaman sus cercanos—, donde contaba que estaba armando este proyecto. A los pocos días nos topamos en un evento y le dije que lo ayudaba feliz. Obviamente me agarró del cogote y no me soltó más”, recuerda Armstrong, quien hoy integra el consejo asesor de esta corporación privada sin fines de lucro, una iniciativa que en sus cuatro años de existencia en Santiago ayuda a más de 52 mil personas en situación vulnerable y que se encuentra pronta a abrir una nueva sede en Concepción. Según el publicista, sólo alguien como Ingham habría podido levantar un proyecto de carácter titánico, un banco de alimentos que distribuye los productos que recibe por medio de donaciones de decenas de empresas y que se distribuyen entre un total de 122 organizaciones sociales, como escuelas, hogares de niños y de ancianos de la Región Metropolitana y que a la fecha ha entregado más de 22 millones de raciones, equivalentes a casi 8 millones de kilos de comida.

Carlos Ingham explica el modelo: “Nosotros enlazamos la oferta y la demanda de alimentos no comercializables, pero aptos para el consumo humano. Nuestra misión es ser un puente transparente y eficiente entre los productores, comercializadores y distribuidores con aquellos que sufren de inseguridad alimentaria, es decir, que no saben cuándo será su próxima comida. Estamos hablando de que en Chile una de cada siete personas pasa hambre. Entonces recibimos, administramos y repartimos estos productos entre organizaciones sociales solidarias de la Región Metropolitana”, cuenta este argentino, quien se inspiró en los cerca de 200 bancos de alimentos que existen en EE.UU. y los 80 que hay en Francia.

Básicamente, esta iniciativa se basa en la recepción de alimentos aptos para el consumo pero cuya comercialización es inviable, ya sea porque se encuentran cerca de vencer, tienen defectos de rotulación o en su envase, o que representan un sobrestock para el productor. Aquí Red de Alimentos otorga a la empresa donante un certificado que luego se presenta en el SII para la exención tributaria correspondiente.

El sistema funciona con la precisión de un reloj suizo: un equipo de nueve personas trabaja en esta corporación a tiempo completo para coordinar una veintena de entregas diarias a las distintas fundaciones a las que abastecen. “Logísticamente es muy exigente. Tenemos a una persona que se dedica exclusivamente a las organizaciones sociales y que mantiene un permanente monitoreo de las actividades de las fundaciones; debemos garantizar a las empresas que nos entregan alimentos que ellos se están usando bien, que se están consumiendo antes de la fecha de caducidad y eso requiere una especie de fiscalización y un diálogo permanente; a veces tienen demasiado de un producto o muy poco de otro. Tratamos de que el aporte de alimentos que estamos haciendo tenga sentido para la institución”.

Pocos imaginan que el hombre detrás de Red de Alimentos estudió música y que se maneja con excepcional destreza en el piano y la gaita. Pero se dedicó al mundo de las finanzas y no paró más, aunque tal vez lo que más lo defina sea un director de orquesta.

“Llegué a Chile hace más de 20 años a trabajar en JP Morgan. Ahí estuve hasta 2007 cuando nos juntamos con un par de amigos a armar Linzor Capital, que es un fondo de capital privado”, cuenta Ingham. De esos tiempos lo conoce Juan Pablo Guzmán, gerente de administración y finanzas de Abastible. “Entonces yo trabajaba en Celulosa Arauco y Carlos era el segundo a bordo en JP Morgan. Colaboramos juntos en la emisión de varios instrumentos pro bono en el exterior y nos fuimos haciendo amigos. Siempre me llamó la atención su apasionamiento; es simpático, sociable, de los que le gusta invitar a comidas en su casa. En el trabajo es intenso, busca la eficiencia y los objetivos, pero siempre le da un carácter humano y alegre”.

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Guzmán recurre a una anécdota para describir al personaje: “Con Calú recorrimos varias veces Estados Unidos haciendo road shows; nos sacábamos la mugre y nos moríamos de la risa también. Una noche, en uno de los salones del hotel, él se sentó al piano y empezó a tocar; comenzó a juntarse gente, incluso llegó el actor Bill Murray, que también andaba por ahí. La gente estaba encantada”.

“En Chile todo lo que no se puede vender se quema o se destruye”,señala ahora este ejecutivo sentado en la sala de directorios de Linzor Capital. Cuenta que cuando partieron con esta iniciativa (en 2003 se inició el proyecto y en 2009 obtuvieron la personalidad jurídica), para poder entrar en operaciones debieron luchar por años para cambiar la normativa que regía al SII y que impulsaba a las empresas a destruir los alimentos cuando estaban mal rotulados, con defectos de empaque o por vencer, en lugar de donarlos, pues le significaba pagar impuestos. Hoy el costo es cero, aunque nunca pensé que iba a ser un camino tan arduo”.

Los esfuerzos no se han quedado ahí; desde 2012 la corporación viene solicitando a los ministerios de Hacienda, de Economía y al propio SII que esta misma garantía tributaria ahora incluya a productos de primera necesidad. “La mitad de las fundaciones que atendemos son de niños y ancianos. Al analizar su estructura de gastos, la mitad del dinero se les va entre pagos del personal, comida y artículos de limpieza y aseo personal. Pero no tuvimos éxito en la gestión anterior, no nos dieron la pasada. Al SII le entregamos las cartas de cuatro de las principales empresas productoras del país pidiendo el mismo tratamiento tributario. Pero nos contestaron que podía ser utilizado como un mecanismo de evasión… ¡Estamos hablando de las principales empresas de Chile, varias multinacionales! No podemos partir de la base de que las grandes firmas solamente buscan espacios para hacer trampa”.

Hoy las esperanzas de Ingham están puestas en la actual administración de Michelle Bachelet: “Volvimos a la carga. Si logramos incluir los productos de higiene personal para las fundaciones será un aporte gigantesco. Para que te hagas una idea: en la Villa de Ancianos Padre Hurtado, que mantiene doscientos viejitos, con todo lo que ahorraron en alimentos durante 2013 construyeron una nueva instalación para recibir a otros treinta ancianos. Imagínate lo que sería si además lograran ahorrar en otra clase de artículos”.

Y no se queda ahí. Aprovechando la discusión por la nueva reforma tributaria, los miembros de Red de Alimentos plantearon la opción de incorporar un nuevo artículo específico que prohíba la destrucción de alimentos. “Es inmoral destruir comida; en Chile hay cerca de tres millones de personas que padecen inseguridad alimenticia. Entonces te garantizo que gran parte del problema que tiene Chile se resuelve con esto”.

El ejecutivo también es crítico de la cultura de donaciones en nuestro país: “Tiene que haber una cultura corporativa. Además de  una conexión tributaria, porque no puede ser que me cueste plata donar plata, pero así está armado el sistema en Chile. Hace veinte años, cuando el concepto de responsabilidad social y empresarial era muy vago, muchos de los grandes grupos económicos y de las empresas actuaban para la foto. Se ha progresado, pero aún queda mucho; son pocas las empresas que transparentan lo que donan, tal vez por pudor. Ahora, comparado con cinco o diez años, hay más conciencia. ¿Quiere decir que está resuelto? No, aún no”.

Y agrega: “Hay demasiadas empresas que tienen como gran columna para sus donaciones la educación y la cultura. Perfecto, pero estamos en Chile, no en Finlandia y por ende hay muchísimas necesidades básicas que todavía no están cubiertas; hay un montón de gente que vive en una mediagua. Entonces queramos o no admitirlo, Chile no es Finlandia. No nos olvidemos de dónde estamos y hay que partir por lo principal”.