Hay un dejo de indignación en los ojos pardo-amarillos de Carlos Huneeus. Ex actor de la Concertación (fue embajador de Aylwin en Berlín) y parte del grupo de análisis de la Presidencia de la República en los primeros gobiernos de la Democracia Cristiana, es uno de los observadores políticos más agudos y temidos porque, fiel a su estilo, no se muerde la lengua. Abogado, cientista político y director ejecutivo del Centro de Estudios de la Realidad Contemporánea (CERC) es casado con Marta Lagos, la directora de Mori, con quien forma una dupla explosiva.

En octubre de 2014 Huneeus publicó su quinto libro, La democracia semisoberana, una minuciosa investigación sobre la gestión de los cuatro gobiernos de la Concertación y las trabas (políticas, institucionales, económicas, de poder) que permanecen hasta hoy y que han impedido la existencia de un país pleno e igualitario. Entonces el abogado albergaba ciertas esperanzas de que las cosas fueran a cambiar, de que Michelle Bachelet corregiría el rumbo con sus reformas y el país finalmente escribiría democracia con todas sus letras y sin anteponer un ‘semi’. Sin embargo, pasó un año y tanto la reforma educacional, tributaria y laboral se encuentran entrampadas en álgidas discusiones, la imagen de Michelle Bachelet sigue a la baja y la crisis institucional tiene a los partidos y al Parlamento con sus niveles de credibilidad por el suelo. Y al Caso Penta —que entonces sólo tensionaba a la derecha— ahora se suman los estragos de Caval, SQM, Corpesca y Tissue, que afectan por parejo al mundo político y empresarial.

Frente a este escenario los ojos de Huneeus se vuelven aún más chicos, de la rabia…

“La Presidenta Bachelet era la promesa de que Chile podía avanzar; se enfrentaba lo que yo describo como el ‘dominio reservado’ del sector económico. Pero eso no ocurrió: el Ministerio de Hacienda se metió en la educación, la salud, en obras públicas, con una visión economicista de la democracia. Entretanto pudimos constatar la magnitud de las donaciones y aportes, legales e ilegales, de los principales grupos económicos hacia figuras de casi todos los sectores”.

Y frente a los escándalos que también afectan al empresariado, agrega: “Ellos tampoco han aprendido nada porque hacerlo le costaría plata y no están dispuestos”.

—Aunque según dijo Eugenio Tironi, la capacidad de reacción de este sector frente a los escándalos ha sido bastante mejor que la de los políticos. Y mencionó a Eliodoro Matte, quien por lo menos pidió perdón y renunció a la presidencia del CEP

—¿Qué significa eso? ¿O sea que para Tironi basta con pedir perdón y listo: borrón y cuenta nueva? Está muy equivocado. Da la impresión de que les está hablando a sus clientes, a la elite, analizando los problemas sin el tremendo conflicto de interés que tiene de por medio.

Y agrega: “Los empresarios deben guiarse por la ley y por principios éticos básicos. No nos olvidemos que hace unos años el señor Matte donó en vida a sus hijos un terreno gigantesco en La Dehesa y ellos después lo vendieron en 90 millones de dólares, ahorrándose con ello un millonario pago de impuestos. El se aprovechó de un resquicio legal y se valió de la falta de voluntad política de las autoridades que no dijeron ni una sola palabra. Entonces, ¿dónde está la verdadera autocrítica?”.

“Los empresarios se siguen creyendo el hoyo del kuchen gracias a un sistema que los ha protegido y ensalzado”, dice el director del CERC quien tras años de experiencia en materia de encuestas ahora dirige sus dardos hacia el CEP, del think tank fundado por Eliodoro Matte y que por años fue considerado el verdadero barómetro de la realidad política nacional, aunque según afirma, su trabajo ha sido sesgado. “Está llena de carencias; no contempla preguntas sobre el régimen de Pinochet, ni profundiza en la mirada que los chilenos tienen sobre la desigualdad. Mientras que entre las figuras que evalúa no aparecen líderes como Gabriel Boric, por ejemplo. ¿Por qué?”.

—¿Entonces estamos viviendo en una especie de ficción democrática?

—Hace mucho tiempo el poder económico se las ha arreglado para entenderse con las autoridades políticas, siempre con fines económicos, para que se mantengan los subsidios de todo tipo o conservar un sindicalismo tremendamente debilitado con prácticas toleradas por décadas, como el multirut, o trabajadores super explotados y salarios que son una porquería. Aquí ha habido un capitalismo salvaje avalado durante los gobiernos de la Concertación.

Y continúa: “En la elite económica están acostumbrados y creen que esto va a seguir. Para eso tienen intermediarios en la Concertación que trabajan para ellos y así poder asegurarles la permanencia del régimen. Ellos saben qué puertas tocar, con quiénes hablar, qué discurso dar. Todo se ha hecho de tal manera que parece el Gato Pardo: cambiarlo todo para que todo siga igual. O sea, la desprolijidad con que se han llevado adelante las reformas da para sospecha; la tributaria es enredada, la laboral ha sido hecha por economistas que no saben de derecho constitucional, que es fundamental… Y si todo es complicado y difícil, al final no se aprueba nada…”.

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—Los analistas tienden a decir que la elite tiene sus días contados, que se les acabó el poder.

—Están articulados y tienen sus organizaciones. Basta leer al presidente de la Sofofa diciendo las mismas tonteras de siempre. En este país tiene que haber una reforma laboral, no puede ser que no exista, tiene que estimularse la sindicalización. Y son medidas que en las democracias avanzadas son normales. Pero claro, ha pasado tanto tiempo, que la tarea se volvió cuesta arriba…

Según Huneeus, los costos de este sistema político semisoberano —hasta ahora sin luces de salida— se trasuntará en las elecciones municipales de 2016, con una nueva caída de la participación electoral y que afectará principalmente a los partidos tradicionales. “Sus dirigentes han recibido plata de parte de empresarios con nombre y apellido, en especial de Ponce Lerou, quien le hizo un daño enorme al país al instalar una práctica propia de la mafia al financiarlos a todos con su dinero… Con esto él contaminó el disco duro de la democracia. Es terrible”.

—Y hoy, ¿qué tan cerca o tan lejos estamos de alcanzar una democracia soberana?

—No estoy muy optimista; los operadores de la democracia semisoberana siguen teniendo una enorme influencia y han demostrado un pragmatismo más allá de cualquier sentido democrático. Me refiero, sin ir más lejos, a Enrique Correa, que ha tenido un efecto extraordinariamente negativo en la democracia y sin embargo, sigue siendo admirado como una persona muy inteligente, ¿pero al servicio de quién ha puesto su inteligencia? Ha sido un intermediario clave entre el poder político y el económico, y no me cabe duda de que también ha sido decisivo en cuanto a promover ante Ponce Lerou estas donaciones generalizadas para neutralizar las eventuales consecuencias por la privatización irregular de SQM, además del contrato que la empresa mantiene con la Corfo sin pagar lo que corresponde.

—En una reciente entrevista Enrique Correa sacó ronchas al decir que había sido un error —y un daño autoinferido— calificar de corrupción pura y simple al financiamiento irregular de la política…

—¿Qué es eso? ¿Cómo se llama entonces cuando el yerno de Pinochet entrega plata a todos los sectores, de izquierda a derecha? Como dijo Milton Friedman, aquí no existe un desayuno gratis. Lo que Correa ha hecho es legitimar a toda costa el discurso de que el poder empresarial es fundamental para el desarrollo del país, en desmedro de las instituciones elegidas por el pueblo. ¡No señor! Aquí la clave de la confianza está entre el Congreso, los ciudadanos, los partidos, las instituciones democráticamente elegidas. Pero claro, él está hablando desde sus clientes…

Hace una pausa y agrega:

—¿Leíste ese libro de Javier Cercas, El impostor? Correa tiene una biografía que no se condice con sus actos. Fue la mano derecha de Rodrigo Ambrosio (sociólogo y político chileno, presidente de la JDC), que consideraba derechista al gobierno de Frei Montalva y que más tarde formó el MAPU y apoyó la candidatura de Salvador Allende en 1970. Cuando se quebró el MAPU Correa no se fue a ningún partido. Es un solitario. Luego, durante el primer gobierno de Aylwin, cedió en todo. Hasta dio un asomo de que se iba a conversar una ley de amnistía cuando el Presidente Aylwin estaba de viaje en Europa… Históricamente ha vendido una imagen que no corresponde a sus obras. Es muy impostor y le ha hecho un daño gigantesco a la política y a la democracia, comparable al que Karadima le hizo a la Iglesia Católica. Él es el Karadima de la política chilena. Cree que todo es comprable, transable, negociable. Y si bien existen otros como él, ha sido lejos el más ambicioso.

—¿Qué lo mueve, la plata o el poder?

—Mantiene la imagen de un hombre muy austero, seguramente vive en una casa pareada… Se metió en el ámbito político para ganar poder, influencia y también plata, porque para ser político se necesita mucho dinero. Financió, por ejemplo, las memorias de Alberto Jerez; protege a través de su empresa a Rodrigo Peñailillo, a quien incluso ubicó en la Flacso. Y lo mismo hizo en su momento con Carlos Cruz cuando cayó en desgracia tras el Caso Mop Gate. Tiene una especie de organización paralela a los partidos y eso le da una enorme influencia, pero la gente no es tonta, no por tanto tiempo…