No se le mueve un pelo. Carlos Cáceres se acomoda los anteojos y afirma “la Concertación no solo avaló el modelo económico neoliberal sino que en cuanto llegó Aylwin lo perfeccionó. El quiebre se produjo ahora, con el segundo gobierno de Michele Bachelet”, dice quien fuera miembro del Consejo de Estado tras el Golpe de 1973, presidente del Banco Central por aquella época, ministro de Hacienda de Pinochet y jefe de la cartera del Interior en un período clave: entre 1988 y 1989, donde negoció las polémicas reformas a la Constitución de 1980, a las que más tarde Ricardo Lagos llamaría los “enclaves dictatoriales”.

Presidente del consejo directivo de Libertad y Desarrollo (LyD) —creado en 1990 por Hernán Büchi para cautelar el legado neoliberal— los 25 años del think tank lo pillaron en un momento crítico, con los cuestionamientos al sistema económico impulsado por Pinochet al rojo vivo tras los casos de colusión —farmacias, pollos y ahora tissue—. Mientras se esgrime a la desigualdad, el exitismo y hasta el alza de la delincuencia como consecuencias no deseadas del famoso ‘ladrillo’ implementado a partir de 1973. A la oleada de críticas se suma un documental y un libro: Chicago Boys, de los periodistas Carola Fuentes y Rafael Valdeavellano, que se exhibe con éxito en cartelera, y La máquina para defraudar, el último trabajo de María Olivia Mönckeberg, que ya agota su segunda edición. Ambos alimentan el debate bajo una tesis común: que no habría sido posible instaurar el modelo neoliberal sino en dictadura; que el atropello a los DD.HH. de quienes abogaban por el otro sistema —las muertes, los torturados, el exilio, los desaparecidos— permitieron la germinación de una política económica que, en otro contexto, habría sido visto como “una locura”, como de hecho lo consideró en 1970 el candidato opositor Jorge Alessandri al recibir la propuesta de parte de los economistas arribados desde Chicago.

Todo esto Carlos Cáceres lo asume como un hecho de la causa, aunque con matices, sin perder su brújula como guardián del modelo, un rol donde el ILD hoy juega un rol crucial luego de que la causa neoliberal sufriera a estas alturas dos bajas: la caída de la derecha y del empresariado, ambos con niveles de credibilidad por el suelo. Aquí Cáceres admite que el plan de Friedman tuvo costos, “pero, ¿qué es gratis en la vida?”, dice. Acepta que el sistema puede —y debe— perfeccionarse, claro que manteniendo siempre en alto un valor fundamental: la libertad, y que él está dispuesto a cautelar a rajatabla.

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—¿Fracasó el modelo?
—Discrepo, absolutamente.

—¿Se pone colorado cuando abre los diarios y ve casos como los de SQM, Penta o colusión del Confort?
—Evidentemente que da rabia, me molesta, pero hay que ser cuidadosos y separar las conductas individuales del modelo en sí. Se cae en el error al creer que todo es resultado del sistema neoliberal. Hace unas semanas el gerente de la CMPC (Jorge Morel) reconoció que siempre estuvo consciente de que su actuar era incorrecto, ¿por qué no recapacitó?, ¿no vio el daño que podía producir? Permaneció en su cargo largo tiempo, con un enorme costo reputacional para él, la CMPC, la familia Matte y para el modelo económico desde el punto de vista de su eficiencia. Pero le reitero, estamos hablando de conductas individuales que no tienen que ver con el sistema.

—A lo mejor el error fue precisamente ése: haber depositado tanta confianza en el mercado, en la libertad individual y se olvidaron que el modelo lo hacen las personas. ¿Pecaron de ingenuos?
—Milton Friedman se preguntaba ¿es avara una persona que quiere comprar un producto al menor costo posible? ¿Es tacaño el productor que quiere producir ese artículo generando la máxima utilidad? Evidentemente hay un concepto de avaricia que está implícito en las conductas individuales. Ahora, en qué medida eso puede conducir a un daño social, ahí viene la imperiosa necesidad de la regulación y de los comportamientos de acuerdo a los estándares éticos. Esto va a implicar una nueva legislación. Ahora hay que decantar, analizar muy bien cuáles fueron las razones que llevaron a esto. Liderar un proceso amplio, que contemple la formación en las universidades, en las casas. Se requiere una regulación para asegurar la existencia de una libre competencia.

—Ricardo Ffrench-Davis, quien también se formó en la escuela de Chicago, hoy sostiene que el modelo de Friedman fue aplicado por un grupo de fanáticos…
—Sin embargo, el resultado ha sido muy exitoso. El país experimentó tasas de crecimiento notables que se mantuvieron hasta el final del gobierno del Presidente Pinochet y siguieron con la Concertación. Nadie podría negarlo.

—¿Qué contesta cuando se dice que ‘El ladrillo’ habría sido financiado por la CIA, como lo asegura el documental sobre los Chicago?
—Tendría cuidado con esa afirmación, además que la CIA no ha generado nunca buenos resultados… Sería una excepción que hubiese logrado algo tan notable. Cuando uno conoce a las personas que estuvieron involucradas, un Sergio de Castro, un Rolf Lüders, un Alvaro Bardón, un Andrés Sanfuentes, un Emilio Sanfuentes, gente destacadísima, me cuesta mucho pensar que la CIA hubiese tenido la inteligencia de haber liderado una iniciativa de esta naturaleza.

—¿Y qué opina de la tesis de que este modelo económico habría sido imposible de instalar en democracia y que se valió de la represión, del temor, para germinar en nuestro país?
—El pronunciamiento militar permitió que aflorara este modelo económico porque había un programa preparado, gente que durante la UP reunió una serie de antecedentes y editó ‘El ladrillo’. Por casualidad éste llegó al almirante Merino, y luego a manos del general Pinochet, quien lo tradujo a una realidad al nombrar a parte de los Chicago Boys en cargos muy importantes. Visto así, efectivamente el pronunciamiento militar hizo posible la aplicación del modelo.

—Hoy la discusión está puesta en el costo y las consecuencias que aparejó.

—Déjame decirte una cosa: en la economía no hay nada que no tenga costos. Cuando hacía clases de economía a alumnos de primer año, les decía: lo único que ha sido gratis en la historia de la Humanidad fue el maná que cayó del cielo. No hay otro ejemplo. En todo lo demás hay que pagar un precio.

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—Entonces admite que, de que hubo costos, los hubo.

—Y uno de ellos ha sido la desigualdad en la distribución del ingreso. Entonces, ¿qué políticas públicas podemos seguir para que esto mejore?, ¿cuáles son las medidas que debiéramos abordar? ¿Las políticas que sigue el actual gobierno van en la dirección correcta? Yo creo que no. De partida la reforma tributaria, que ha significado la caída de la tasa de inversión, una baja en el crecimiento de la economía y, por tanto, un aumento en el desempleo y, como consecuencia, un efecto en la desigualdad. Entonces, de forma inteligente, hagamos el diagnóstico y apliquemos políticas públicas que vayan en esa dirección. Porque los gobiernos de la Concertación también mantuvieron los fundamentos de la política económica instalada por las Fuerzas Armadas. El quiebre se produjo con el segundo mandato de la Presidenta Bachelet, quien ha actuado influida por el diagnóstico del Partido Comunista los que, para volver al poder, plantearon la necesidad de destruir el orden económico y político reflejado en la Constitución de 1980.

—Y su sector, ¿cómo pretende ejercer de contrapeso cuando la imagen de los empresarios está por el suelo?
—Lo acepto, su credibilidad ha caído y es un hecho que nos costará convencer a la sociedad de la eficacia de la economía de mercado. Tampoco quiero ser fatalista, cruzarnos de brazos y decir “aquí no hay nada más que hacer, que la utopía que el Estado resuelva el problema”. Esa jamás será mi posición.

—¿No fue una estocada a la credibilidad del sector empresarial —y a la del propio modelo— la caída de Eliodoro Matte?

—Yo le creo firmemente cuando dice que no sabía. El es un empresario emblemático y, de haber tenido los antecedentes, jamás lo habría aceptado.

—El fue uno de los mayores impulsores del modelo neoliberal. No sólo estudió en Chicago sino que contribuyó económicamente, junto con Agustín Edwards, para que figuras como Sergio de Castro pudieran dedicarse a trabajar en ‘El ladrillo’…
—Sí, él es de Chicago… Qué quiere que le diga, me da tristeza, de verdad. Pero insisto: hay que separar muy claramente entre el modelo y las conductas específicas de las personas.

—¿Ese fue el golpe final al sistema?

—Pueden venir otros casos… Sería ingenuo creer que esto termina aquí.

Para bien o para mal, a Cáceres le tocó jugar un rol histórico al final de la dictadura, cuando como ministro del Interior intermedió entre Pinochet y la oposición para llevar adelante un total de 57 cambios a la Constitución de 1980, a las que más tarde Ricardo Lagos llamó “los enclaves dictatoriales”.
“Asumí en Interior en cuanto el Presidente Pinochet perdió el Plebiscito. Y una de las preocupaciones era conducir la transición hacia una entrega ordenada del poder”.
No fue un papel fácil. Debió convencer al propio Pinochet sobre la necesidad de elaborar una estrategia, principalmente una reforma a la Constitución, acusada entonces de ilegítima por la oposición. “Además que los quórum para transformarla eran bajísimos, lo cual la hacía muy vulnerable. El Presidente Pinochet me dijo ‘ministro, tiene un cierto espacio —dice casi juntando el pulgar con el índice— para que inicie las conversaciones’”.

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—Mucho no fue porque después le pidió la renuncia.

—Pinochet no estuvo de acuerdo con mis propuestas, así que le dije que lo dejaba en libertad de acción… ‘Yo siempre tengo libertad de acción’, me contestó. Al día siguiente me pidió la renuncia y al subsiguiente cambió de opinión porque otros ministros le dijeron que si yo me iba, ellos también.
Y reflexiona:
—Sin lugar a dudas fue un proceso muy interesante donde lo más importante fue haber logrado una posición de consenso, que era la piedra fundamental, no sólo para mí, sino que para todos los que estábamos trabajando en el gobierno.
Entre la comisión formada por Cáceres estaban Arturo Merino, Hermógenes Pérez de Arce y Rafael Valdivieso, entre otros. Mientras que desde la Concertación se encontraban Patricio Aywlin, Francisco Cumplido y Edgardo Boeninger.

—Hoy se habla de una especie de pacto para la transición, donde no sólo se habría negociado asuntos constitucionales sino que también la revisión de privatización hechas en dictadura o mantener tal cual el modelo económico.
—No hubo pacto de ninguna naturaleza. Y en cuanto al modelo económico la Concertación no sólo lo validó sino que incluso lo perfeccionó. Cuando Alejandro Foxley asumió en el Ministerio de Hacienda, bajó nuevamente los aranceles, preocupándose de los equilibrios macroeconómicos, que eran las bases del sistema imperante desde 1973.

—Hoy la Presidenta Michelle Bachelet ha anunciado la realización de un proceso constituyente con miras a una nueva carta fundamental. ¿Cuál es su postura? 

—Bastante negativa. No se requiere una modificación y menos una nueva Constitución Política del Estado. Probablemente se pueda pensar en realizar algunas modificaciones, pero no en aspectos sustantivos. Pero se abrió una partida falsa al poner al procedimiento antes que el contenido. Eso además de poner al país nuevamente en una posición de incertidumbre. Y no hay que ser economista para saber que esto afecta a la economía. Hay un ambiente populista al prometer un futuro esplendor sin hacer mención de los costos…