Cuando uno piensa en él, la primera imagen que se viene es la del formal ex presidente del Banco Central, ex ministro de Hacienda, ex miembro del Consejo de Estado, ex titular de Interior del régimen militar. Estudioso, metódico, perseverante, amigo leal en las duras y en las maduras, nadie diría que este prestigiado director de empresas ama la buena mesa, el arte, el golf, la ópera y los chocolates… Costa.

Monógamo familiar, religiosa y políticamente, nació casado con Inés Solórzano (cumplieron 47 años de matrimonio), la Iglesia Católica y la derecha. Ingeniero comercial de la Escuela de Negocios de Valparaíso, Fundación Adolfo Ibáñez; MBA de Cornell University; profesor ayer, hoy y mañana, preside el Instituto Libertad y Desarrollo, es miembro asesor para América Latina de la Harvard Business School e integrante de la prestigiosa Sociedad Mont Pelerin.

Su cara sólo se ensombreció —y de qué forma— cuando hablamos de la temprana desaparición de su querida hija Paulina, la segunda de seis. Sin embargo, segundos después sacó la voz (baja, pero la sacó) para defender sus convicciones.

—Cuarenta años después del Golpe hay una mayor perspectiva histórica para juzgar el gobierno de Pinochet. ¿Cuáles considera sus aspectos más positivos y más negativos?
—Empecemos por decir las cosas como son: del pronunciamiento militar.

—¿Usted tampoco habla de dictadura?

—Tampoco. Hablo de gobierno militar. Y, respondiendo en forma muy sintética, le diría que, en cuanto a lo positivo, su legado está en la gran obra institucional que, al final, consolidó un orden político y económico fundado en la subsidiaridad del Estado y la responsabilidad individual. En lo negativo, sin dudas, las violaciones a los derechos humanos. Sin olvidar, respecto de su origen, la estrategia del Partido Socialista a fines de los ’60, en cuanto a la utilización de la violencia como una forma para alcanzar el poder. Se sostiene que los atropellos a los derechos humanos formaban parte de una política de Estado, lo cual rechazo enfáticamente.

—Leal y declarado admirador de Pinochet, ¿cómo varió su juicio respecto de él al probarse la existencia de cuentas secretas en el Banco Riggs y otras entidades extranjeras?
—Yo le creo al general Pinochet. Cuando había terminado como comandante en jefe, fui a verlo a su oficina y, sin preguntarle nada, se dirigió a su escritorio, sacó una libreta amarillenta del Banco del Estado, muy antigua —por ahí de los ’40—, y me dijo: “Carlos, éstos son los ahorros de mi vida”.

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—¿A cuánto ascendían?
—No miré la cifra.

 

—¿Se podía depositar en dólares en el BancoEstado? Parece que en esa moneda le gustaba ahorrar al general…
—No. Y voy a contarle otra anécdota que debe haber ocurrido unos diez días antes de que muriera. Para su último cumpleaños, unos 15 amigos le dimos un almuerzo en el Golf 50, y cada uno hizo alguna reflexión sobre lo que había significado colaborarle. Al terminar de comer, él manifestó: “Quiero decir unas palabras de cómo fue exactamente la situación. Ustedes saben lo que quise a mi madre y que para mí ella fue un ser esencial en todas las etapas de mi vida. Juro —agregó, juntando el índice con el pulgar sobre su boca—, por el cariño que sentí por ella, que jamás me apropié de nada que no me correspondiese”.

—Ahí podría estar la clave. Quizá pensó que esas platas le correspondían…
—En el tema de las platas, repito, le creo al general Pinochet. En la Presidencia a veces cuesta hacer la diferencia de qué viene por gastos de representación y cuál es el dinero propio. Pero de allí a un acto deliberado de robar, y recordando lo que es la concepción de moralidad en las Fuerzas Armadas y de Orden —con excepciones, por supuesto—, me cuesta creer que eso pudiera haber ocurrido.

—Frente a la evidencia acumulada respecto de la violación de los derechos humanos, la posición de muchos de los colaboradores ha sido alegar desconocimiento. En su caso, y como figura clave de éste, si invocase dicho argumento, el grueso de las personas pensaría que miente o es un ingenuo de marca mayor…
—Podrán creer o no creer, es una cosa de fe, de actitud, que nace de las personas. Honestamente, como ministro de Interior en la última parte del gobierno militar, nunca tuve antecedentes de que esos hechos hubiesen ocurrido, tal como se han conocido a posteriori. Dirán que vivíamos en el limbo y que nos dedicábamos nomás a hacer las cosas para las cuales habíamos sido nominados. Sí, definitivamente así era.

Wp-Caceres-290—Y llegó el Plebiscito de 1988. El Sí perdió, el No ganó, y a usted le tocó negociar con la Concertación las 58 reformas que se le hicieron a la Constitución de 1980.

—Con el Presidente Aylwin, quien hizo de interlocutor válido y actuó como vocero e intérprete de todas las inquietudes y propuestas de la Concertación. En este aspecto, tengo un buen recuerdo de él, considero que hizo un trabajo muy importante. No me cabe duda de que al interior de la Concertación, al igual que del gobierno, había voces discrepantes; unas que estaban de acuerdo con la idea de las reformas y otras que decían ‘miren, no hagamos ninguna de momento. Cuando asumamos el poder ahí las efectuamos todas’. Aylwin tuvo una actitud de moderación, de pensar, seriamente, lo trascendental que era que Chile experimentara una transición pacífica que no significase el rompimiento con todo lo que se había hecho.

—Pese a lo que le apretaban el estómago ciertas materias…

—Evidente. Tal como a mí. Yo representaba al gobierno y acepté muchas cosas que no me gustaban. Parte de un proceso de negociación es saber que nunca se puede obtener todo.

—Veintitrés años después, ¿ cómo evalúa la gestión de los ex mandatarios concertacionistas?
—Me quedo con el Presidente Aylwin. En su gobierno logró mantener el ambiente de consensos que se había manifestado en la negociación de las reformas. Lo que hoy se llama ‘amistad cívica’.

—Así se llamará, ¿pero quién, hoy, la practica?

—Así es, eso refleja la situación política actual. La oposición que le ha hecho la Concertación al gobierno del Presidente Piñera ha sido muy diferente a la colaboración que la Alianza por Chile prestó a los gobiernos concertacionistas.

—Planteado el modelo como una casa que entró en su cuarta década, ¿no estima comprensible que sus moradores quieran adecuarla a las necesidades actuales, repararla, modernizarla o, incluso, demolerla como demanda la calle?
—Evidentemente la casa-modelo requiere de ciertas modificaciones y a lo mejor de algunas ampliaciones. Sin embargo, se utiliza mucho una palabra de la que uno puede discrepar: agotamiento. Esta implica casi la idea de una refundación. Mi posición es: no al agotamiento, no a la refundación; sí al perfeccionamiento. Pero manteniendo aquellos cimientos que fueron válidos para el inicio del período democrático y que lo siguen siendo.

—¿Cuáles serían los ‘intocables’?

—Para empezar, el principio de subsidiariedad, fundamento básico del orden institucional chileno, de donde emerge la creación de condiciones para el ejercicio de la libertad económica, y que coloca limitaciones a la acción del Estado. Igualmente, el derecho a la propiedad privada. La libre iniciativa, como parte de una sociedad de libertades, lo exige. Otro esencial es el concepto de democracia limitada, que establece que la soberanía popular tiene restricciones en cuanto a no poder conculcar los derechos que emanan de la naturaleza de los individuos. Y en lo económico, destaco: la facultad exclusiva del Presidente de la República para aumentar el gasto público y fijar nuevos impuestos, y la creación del Banco Central independiente, cuyo único propósito es la estabilidad de los precios, y al cual le está prohibido otorgar crédito al fisco.

—¿Ninguno de ellos se cuestionó en 1989, cuando se redactaban las reformas constitucionales?

—Nunca recibí ninguna propuesta específica orientada a modificarlos. Y ahora, cuando se habla de reformas digo “fantástico, hay que hacerlas, estudiemos qué debemos modificar, pero respetando los cimientos”.

Wp-Junta-290—Dado que la efervescencia no es tan reciente, debe tener más que estudiadas las materias a revisar en la Constitución…
—No creo que deban hacerse modificaciones sustantivas. En el caso de leyes específicas sí pienso que se requieren avances en cuanto a formular una política de Estado en materia energética. Considero conveniente convocar a una mesa, lo más amplia posible, para llegar a un acuerdo. Esto es un problema que, de no ser resuelto, limitará la expansión económica en los próximos años. ¿Cómo no va a ser posible lograrlo? Lo mismo debe hacerse en infraestructura y competitividad.

—Esa respuesta apunta a cierta decisión del Presidente Piñera sobre la materia.

—Evidentemente. Siempre lo he criticado por la forma como trató el asunto de Barrancones, en que lisa y llanamente se saltó la legislación y los procedimientos. Ello tuvo un costo muy alto porque demostró arbitrariedad e infringe la exigencia constitucional del trato no discriminatorio. Salvo la presión de grupos medioambientalistas, no sé qué argumentos tuvo en mente para haber tomado tal determinación. Si uno analiza los puntos negativos del gobierno de Piñera, éste es uno.

Hijo y hermano de profesoras, y profesor él mismo a lo largo de su vida, el tema de la educación lo ha estudiado exhaustivamente. Por lo tanto, le pregunto, ¿qué hacer con la tan debatida educación superior?
—Por desgracia, lo de la educación universitaria se ha confundido con el debate acerca del lucro. Hay más de un millón de alumnos en el sistema universitario chileno. Y es efectivo que existen situaciones en que la relación costo-beneficio los ha perjudicado. Pero no generalicemos. Existen universidades privadas que tienen un estándar que incluso les ha servido a las públicas para mejorar su propio quehacer.

—Me imagino qué piensa sobre gratuidad…

—Estoy en completo desacuerdo con la gratuidad total universitaria. El principio de subsidiariedad, en este caso, establece que los individuos tienen facultades para fundar y desarrollar universidades. El Estado entra a operar cuando entrega un subsidio a aquellas personas que, teniendo la necesaria capacidad intelectual, no cuentan con los recursos económicos para solventar la carrera. Pero ello no significa que el Estado cree universidades; lo que sí puede es entregar recursos, vía subsidios o becas, para que el alumno decida dónde usarlos, ya sea en la Universidad Católica, la Chile, la del Desarrollo, Los Andes, etc.

—¿Cómo explica que la prohibición al lucro en la enseñanza universitaria haya sido establecida por el gobierno de Pinochet, claramente partidario de la libertad empresarial y los mecanismos del mercado? Usted, como integrante del Consejo de Estado en esos tiempos, ¿no se opuso?
—Voy a partir con una anécdota que me contaron. En una conversación que sostuvo con autoridades del gobierno el Presidente Mujica, de Uruguay —quien es muy de izquierda— surgió el tema. Y él preguntó: ‘¿Por qué creen ustedes que se levantan a trabajar los tres millones de uruguayos todos los días si no es por el lucro?’. Eso refleja la realidad. El satánico lucro es el concepto de rentabilidad, que emerge como un premio a la eficiencia de quien hace un buen uso de los recursos productivos. Entonces, los que dicen “eliminemos el lucro”, ¿van, acaso, a cambiar la naturaleza del ser humano? ¿Hasta dónde llega esa soberbia constructivista que no lleva a ninguna parte? Terminas con el incentivo de la utilidad y llegamos a un modelo marxista.

—La pregunta sigue sin responder…
—La prohibición al lucro en la educación universitaria fue establecida en la Ley de Educación, de 1981. Sin desligar responsabilidades, no participé en el debate legal, ya que no hubo consulta al Consejo de Estado. Es fácil ser general después de la batalla, pero yo hubiera estado en contra.

Wp-caceres-290-ok—Remontándonos a esa época, ¿fue don Pedro Ibáñez Ojeda —a quien como el que más ha influido en su vida—, quien lo convenció de jugarse por el voto minoritario, cuando los dos eran consejeros de Estado? Para algunos, ello constituye el pecado mortal de Carlos Cáceres.
—Yo no lo considero ni venial. Se ha pretendido decir, equivocadamente, con malintención o ignorancia, que estábamos por el voto censitario (conforme al cual el poder del voto se liga al nivel de riqueza). Lo que propusimos fue la elección de diputados por sufragio popular y la de senadores por votación de los colegios electorales regionales. Esto último con el propósito de favorecer la descentralización, por la cual tanto se aboga ahora.

Está a punto de publicar un libro. “Dos motivos me llevaron a participar en este proyecto. El primero fue una frase de Fernando Silva Vargas, ex editor de El Mercurio, a pocos días de haber dejado Interior: ‘Tienes que escribir tu experiencia pública porque si no, lo van a hacer otros’. Me quedó dando vueltas. El segundo es romper con un mito. Se ha dicho mucho que los autores del retorno a la democracia fueron los de la Concertación. Discrepo radicalmente. Fue el régimen militar. La Concertación lo que hizo fue conquistar el poder. Los pasos constitucionales, que antes mencioné, dieron origen al régimen democrático. Y esos pasos los realizaron las Fuerzas Armadas.

—Siendo “amarrados” por Carlos Cáceres…
—Se habla de las leyes de amarre y me alegro enormemente porque gacias a ellas se ha logrado una estabilidad institucional notable.

—Ya próximo a concluir el mandato de Sebastián Piñera, ¿cuál es el balance de sus logros y limitaciones?
—Un elemento positivo es haber cumplido su promesa de creación de empleo. Internacionalmente, la gestión del canciller Moreno ha sido excelente. Discrepo y voy a seguir haciéndolo con el ministro de Hacienda Felipe Larraín en lo relativo a la reforma tributaria, pero ha hecho muy buena labor en lo económico. La articulación política, tanto con los partidos de la Alianza como con los de la oposición, ha constituido una debilidad y ello ha hecho más difícil y complejo llegar a acuerdos en los trámites legislativos.

—¿A qué o quiénes atribuye la debilidad?

—El diseño del gabinete en un comienzo no fue el que uno podría considerar el más adecuado. El Presidente Piñera —con la capacidad que evidentemente tiene— quiso abarcar todos los ámbitos del gobierno; le faltó delegar, dar mayores espacios de autonomía.

—Pasaron 50 años para que la derecha recuperara el poder. ¿Cree que podrá retenerlo o deberá esperar otros 50?
—No obstante la pena por lo que pasó con Longueira, creo que Evelyn tiene grandes capacidades para remontar.