Con una chasquilla traviesa, vestida de jeans y con su guitarra acústica, Carla Bruni, la ex primera dama de Francia, lanza nuevo disco en abril y parece haber recuperado esa rebeldía que la convirtió en una celebridad por sus frenéticas noches parisinas con Bob Dylan o Mick Jagger.

Lejos de los vestidos Dior e YSL que usó mientras acompañaba a Nicolás Sarkozy en las giras oficiales de Londres y Nueva York, la italiana reaparece con nueva figura, una que le fue difícil de lograr luego del nacimiento de Giulia, a fines de 2011. ¿Dieta de emergencia? Seguro. Además, post mandato Sarkozy la cantante retomó sus hábitos de vida: yoga, comida sana y más de media hora diaria de trote. “Volvió a ser la mujer de grandes ojos azules y piernas atléticas”, dice una editora de moda francesa.

Pero no es su aspecto el que alimenta revistas en estos días, sino las canciones que promociona para el tan esperado debut de álbum Little French Songs. Una de ellas, titulada El pingüino (forma peyorativa de decir que un hombre no es tan caballero), enfureció al Partido Socialista apenas sonó por primera vez en las radios. La misma prensa fue dura con ella diciendo que se había pasado de la raya…

EL ‘PINGÜINO’ DEL QUE HABLA CARLA SERÍA SU REVANCHA contra el actual mandatario, François Hollande. Según la traducción, la canción dice: “Tiene aires de soberano/ pero yo sé que el pingüino no tiene maneras de señor/ ¡Eh, pingüino!/ si un día vuelves a cruzarte en mi camino/ yo te enseñaré, pingüino/ te enseñaré a que me beses la mano”. Para los analistas políticos hay aquí una clara referencia a lo sucedido el día en que Hollande y Valérie Trierweiler llegaron al Elíseo para asumir como jefe de gobierno y primera dama.

Durante el acto, el 15 de mayo de 2012, los nuevos inquilinos despidieron a los antiguos en la puerta de entrada, sin acompañarlos a sus autos, como aconseja el protocolo. Incluso antes de que se subieran, habían cerrado la puerta. La Bruni esperaba que Hollande le besara la mano.

Como contrapartida, la segunda canción promocional es una apología romántica: Mon Raymond parece una especie de carta de amor abierta a Sarkozy. Ahí lo describe como un hombre firme en sus convicciones, que no duda, y que, “aunque lleva corbata, es un pirata / Mi Raymond tiene todo bueno, es un valor auténtico / está en el centro de toda situación crítica / Mi Raymond es el jefe, es el que dirige las cosas”, prosigue.

“¿ESTO ES MÚSICA O POLÍTICA?”, preguntaban los programas de farándula y actualidad. El escándalo creció al punto que la misma Bruni debió salir al paso y hablar con los periodistas de L’Express. “No se trata para nada de una alusión a ninguna persona en concreto”, dijo agregando: “El pingüino habla de la gente desagradable en general (…) Las intenciones que me atribuyen son más bien las de quienes hablan. El texto no tiene interpretación política”, aseguró. Pocos le creyeron.

En otro momento de la canción, Carla describe al famoso pingüino como “ni feo ni guapo, ni alto ni bajo, el pingüino, ni sí ni no”. Esa última frase fue la que abrió el fuego. “Ni sí ni no” fue uno de los apodos que pusieron a Hollande sus detractores durante la campaña presidencial, por considerar demasiado tibios sus planteamientos e ideas programáticas.

El actual mandatario, conocido por su humor y espontaneidad para salir de un apuro, le quitó brío a la polémica: “Podría haber sido mucho peor. Al fin y al cabo se trata de un animal más bien amable”. Liberada de formalismos, la Bruni partió de gira por Francia, además de otros países de Europa, algo sin precedentes en su carrera musical y en el trabajo de primera dama. La política para ella, según cercanos, nunca le apasionó, sino “la música y decir a través de ella lo que piensa”.

Ahora, en Little French Songs rinde también homenaje a los grandes cantantes galos. Pour faire comme Gainsbourg es un himno al gran compositor y su afición al tabaco. Chez Keith et Anita, presentada el día que su marido cumplía 58 años, repasa la historia de amor entre Keith Richards (guitarrista de los Rolling Stones) y su novia Anita Pallenberg. Y, en memoria de su hermano Virginio, muerto de Sida en 2006, canta Il m’appelait darling.

“Vivimos una de las etapas más estables. Somos muy felices”, admite a pesar de que Sarkozy ha sido imputado por ‘abuso de debilidad’ luego de recibir dinero de la anciana Liliane Bettencourt, la mujer más rica de Francia y dueña del imperio cosmético L’Oréal. Un error que le podría costar tres años de cárcel.

Bruni, en cambio, habla de todo y sabe cómo llevar la polémica hacia otros frentes. En Vogue Francia —que le dedicó portada— se refiere a su compromiso con la causa gay y declaró sentirse ‘sin mordaza’: “Estoy a favor del matrimonio homosexual y la adopción, tengo muchos amigos, hombres y mujeres, que están en ese caso y no veo nada de inestable o de perverso en las familias homoparentales. Es algo que no me resulta ajeno”.

También volvió a ejercer de modelo como rostro de Bvlgari, de la última campaña de audífonos Parrot diseñados por Philippe Starck y fue fotografiada por Kate Barry, la estilosa hija de Jane Birkin y John Barry. Los contratos con grandes marcas comienzan a girar en torno suyo, aunque no todo es éxito y buena suerte.

Hace un par de semanas, la revista Marianne publicó que una entidad benéfica creada por ella cobró 2,7 millones de euros del Fondo Mundial contra el Sida sin cumplir los requisitos legales. Lo peor: afirmaron que parte de esos fondos llegaron hasta las empresas del músico y empresario Julien Civange, amigo de la ex primera dama y asesor de la fundación.

Bruni desmintió todo. “Nunca hemos recibido dinero público. La entidad desarrolla una actividad normal y tiene cuenta bancaria, contabilidad propia y existencia jurídica real”. Y para cerrar la polémica, dijo que los papeles estaban a la vista y que invitaba a los que tuvieran dudas a revisar todo. Con la misma convicción aseguró que ni ella ni su marido buscan más política. “Quiero hacer lo que más me gusta. En otras palabras, por fin vuelvo a ser ciudadana”.