Tuve el cuidado de no tener tiempo para ver la propaganda de las diversas candidaturas, tanto presidenciales como las otras. Por mi trabajo ya estaba demasiado sobreexpuesto a los mensajes, las propuestas, los reclamos, las diatribas y los ditirambos como para, además, someterme libre y voluntariamente a la cada vez más insípida e inútil franja televisiva. Probablemente los expertos, los “estrategas”, dirán que estoy en un error, que esta parte del proceso electoral ciertamente sirve para captar el voto de los indecisos, para dar vuelta alguna chaqueta, para torcerle la mano al destino. Y seguramente tendrán argumentos en qué apoyarse. Después de todo, la publicidad es el arte de venderle cualquier cosa a cualquier persona, independiente de si la necesita o si puede o no pagarla. Además, los publicistas siempre cobran su dineral, no importan si el trabajo tenga el resultado ofrecido, básicamente, con buenas presentaciones.

Soy un convencido de que el segundo paso necesario para “limpiar” la política y devolverle su estatus moral, hacerla otra vez la ciencia de transformar a un grupo de primates depredadores en una comunidad de personas virtuosas y conscientes –como soñaba el maestro Confucio, sin duda uno de los más grandes entre los grandes- es expulsar a los publicistas del ágora, tal como el santo carpintero expulsó a los mercaderes del templo. Digo el segundo porque el primer paso debe ser la obligatoriedad de exigir examen siquiátrico a quien quiera que aspire a un cargo público. Mínimo. ¿Acaso no es mucho más importante que el CV y el Dicom, estar en sus cabales y no padecer, por lo bajo, de megalomanía, no ser delirante ni mitómano?

La publicidad opera a nivel de los mecanismos síquicos que inducen acciones, no promueve el razonamiento superior. ¿Alguien creería que el perro de Pavlov puede elegir en conciencia salivar al oír la campana, imaginando un bistec? Así, las diversas campañas políticas parecen más operaciones de hipnosis colectiva que espacios de debate social. ¿Por qué se necesitan logos, slogans, jingles, caricaturas, banderas, batucadas? Vale lo mismo la postulación de alguien que llena la ciudad con basura colgante gritando “Volví por ti” -sin recordar obviamente por qué se fue, ni a dónde- que la de otro que tiene un programa detallado, preciso y coherente (si lo hubiera) que apenas puede dar a conocer?

Es muy extraño, no me digan que no es a propósito: si la idea es permitir que la ciudadanía vote informada ¿por qué los candidatos poco conocidos tienen menos segundos en la franja televisiva? ¿No debería ser al revés? Después de todo, llevamos décadas escuchando a los señores feudales capaces de movilizar una maquinaria, se supone que los conocemos bien. No tiene mucha novedad un ex médico que lleva dos décadas en el Congreso y ha sido sorprendido innumerables veces haciendo mal uso de su cargo, le bastaría con alcanzar a decir “usted ya me conoce”. En cambio el emergente que busca su espacio necesita más tiempo para explicar por qué y los ciudadanos tenemos derecho a escucharlo.

Me pregunto si toda la parafernalia servirá más que un par de buenas entrevistas a cada candidato. Digo esto porque obviamente vi “Las Caras de la Moneda” y a Mario Kreutzberger dándose, otra vez, el gusto de ser pesado con alguien, en este caso consciente de que presidentes habrá montones, pero solo un Don Francisco. Apuesto a que muchos televidentes descubrieron por primera vez a Roxana Miranda y Marcel Claude sonriendo, a Evelyn Matthei tratando de justificar penosamente la homofobia de su sector, a Alfredo Sfeir como una persona y no un personaje. Tal vez incluso más de alguno habrá visto tal como es a Franco Parisi, habrá reparado en lo mucho que ha mejorado la dicción y ha crecido la visión de Marco Enriquez-Ominani, habrá entendido por qué Michelle Bachelet no desaprovecha ninguna oportunidad de guardar silencio; habrá sentido una profunda lástima por los hermanos Jocelyn-Holt y capaz que hasta retuviera algo de la historia de Ricardo Israel preso el 73.

El punto, quiero decir, es que indudablemente vale mucho más darle una mirada al mundo interno de un candidato que todo el carnaval y la contaminación que generan las campañas. Dinero que, no se olvide, sale de nuestros bolsillos, para que una parte vaya a dar directamente a la basura y la otra, al bolsillo de ya sabemos quiénes.

Los candidatos, en vez de tanta feria y tanto puerta a puerta, bien harían en salir a mirar, solo eso, idealmente de incógnitos, para ver con sus propios ojos cómo la gente vive su vida sin importar mucho lo que las autoridades y los candidatos piensen. Y tal vez así comprenda que en el mejor de los casos, a lo más que pueden aspirar es a dejar de ser parte de los problemas y contribuir a las soluciones. La campaña, solo para el que acreditó su salud mental, debería ser un website con sus ideas y una explicación de cómo pretende desarrollarlas y cuánto va a costarnos. Nada más. Yo que usted, profesional de la candidatura, lo pensaría cuanto antes, porque cualquiera de estos días el consumidor obediente se aburre de ser utilizado y decide no comprar lo que no necesita solo porque se lo ofrecen bien envuelto y comienza a utilizar su voluntad soberana para dejar de esperar y se adueña de su propia vida, partiendo, por escoger con más rigor a sus empleados.

 

 

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