Hace algunos meses Camilo Escalona lanzó su noveno libro. Duro de matar, fue el título que escogió. “Es que mi señora encuentra que soy igualito a Bruce Willis”, dice riendo. Aunque fuera de bromas algo tiene este histórico del PS —con más de 40 años en la política activa, presidente del partido en al menos cuatro oportunidades, ex parlamentario y presidente del Senado— que se resiste a desaparecer del mapa político. Derrotado en las pasadas senatoriales de 2013, todavía tenía la esperanza de integrar el gobierno de Bachelet, pero quedó fuera, según él, precisamente tras el resultado de las elecciones. Ahora nuevamente pretende liderar al Partido Socialista, donde se enfrentará a Isabel Allende. Una competencia reñida, sobre todo luego de que las encuestas le otorgaran a la actual presidenta del Senado un lugar expectante como futura carta presidencial, algo que ella misma ha admitido señalando que en la calle la gente le ha confesado que les gustaría “ver nuevamente a un Allende en La Moneda”. Para Escalona, con este solo reconocimiento su contendora le hace daño a Bachelet. “Ese es un dato de la realidad; mezclar ahora la presidencia del país con encabezar el PS enreda totalmente las cosas. Pero ella no quiere escuchar, así que es su problema. Yo me muevo por lealtades”, asegura Escalona, para quien su postulación tiene un solo objetivo: ser un aliado de la Presidenta Bachelet en el que ha sido un difícil mandato. “Considero que el gobierno debe superar las dificultades que enfrenta y yo tengo la experiencia necesaria para aportar”, señala.

Duro como es su estilo —“aunque algunos me acusan de que estoy moderado”—, Escalona está preocupado por el momento que hoy vive el gobierno. Observa con inquietud el paquete de reformas y de paso advierte que el cambio de gabinete debe concretarse a más tardar en enero porque en el compás de espera “la administración pública se paraliza y se produce un efecto indeseado, donde ni los jefes se sienten seguros de mandar ni los subordinados de obedecer porque no saben si su superior seguirá en el cargo… Esa es mi convicción, pero no le doy consejos a la Presidenta porque lo considero impropio”.

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Con Bachelet estuvieron distanciados luego de que Escalona supuestamente se resistiera a ir a primarias para su postulación senatorial por la región del Bío Bío, aunque él asegura que fue un malentendido… Pero hace poco ambos sellaron públicamente su reencuentro con un gran abrazo durante el homenaje por el cumpleaños de Patricio Aylwin. “Como anfitrión de esa cita tuve la oportunidad de recibirla”, reconoce.

—¿Ultimamente se han visto o ha conversado con la Presidenta?

—No soy ministro como para estar reunido permanentemente con ella, me sé ubicar. Eso sería en el caso de que pasara a tener otra responsabilidad, y espero tenerla como presidente del PS. Uno quema etapas y yo quemé la mía. No voy a salir ahora con la sorpresita, luego de haberles pedido a los militantes que me apoyaran para la interna del PS, que ya no soy candidato y que prefiero estar bien cobijado en la oficina de un ministerio… Mi camino no se puede cambiar.

—¿Entonces está dispuesto a poner todo su capital político para apoyar a la Presidenta, como dijo MEO?

—¡Esas son palabras muy grandilocuentes! No es mi manera de expresarme. No es que esté en contra o a favor de lo que dijo Marco, pero yo no creo en el término ‘capital político’.

Escalona está preocupado. “Tanto dentro del gobierno como en los partidos existe gente que cree que se deben hacer las reformas de una sola vez. Pero hay que ser capaz de mirar a largo plazo. Esto de hacer las cosas de inmediato demuestra una gran desconfianza; quieren hacerlo todo altiro porque creen que a lo mejor mañana ya será imposible. Eso conduce, en mi opinión, a una situación inmanejable. Por eso se necesita en la conducción del PS una propuesta política como la que sostengo: firmeza con las reformas, pero perseverancia y tenacidad. Nadie puede pretender alcanzar el cielo de un puro salto”.

—¿Ha sido un error la tesis refundacional?

—Soy un tenaz adversario de la tesis refundacional. Un adversario profundo (dice muy serio). Ninguna nación puede explicarse sin su historia; cada cual es producto de las circunstancias, la cultura, las costumbres. Y en Chile hay 25 años que no se pueden saltar, están en el paisaje, son imposibles de excluir. Omitirlos es un error garrafal y una falta de respeto hacia nuestros mártires, porque la democracia, con todos sus defectos, la recuperamos nosotros, el pueblo de Chile. Fue una lucha dura, cruenta, sobre todo en el caso de los socialistas y otras fuerzas de izquierda. Pero llegaron los ‘iluminados’ que lo saben todo y quieren comenzar la historia de Chile de nuevo. Es una soberbia, una arrogancia inadmisible.

—¿‘Iluminados’ que según usted estarían dentro del gobierno?

—Hay personas que son funcionarios importantes de gobierno que tienen esa idea.

—¿Asesores directos de la Presidenta?

—Claro, algunos de ellos sí.

—¿La Presidenta también piensa así?

—Sería imposible que ella tenga esa idea porque es hija de esa historia. Yo la conocí en la Juventud Socialista, así que es impensable que pudiera tener esa pretensión, pero no es la primera vez que surgen personas que se sienten dueños de la historia.

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—¿Entonces cree que ella se esté dejando conducir?

—No, pero se ha formulado esta idea de diferentes maneras, y la menos afortunada ha sido la de la ‘retroexcavadora’. Creo que en un cierto momento la sociedad chilena fue insistentemente empapada de un desprecio por nuestra historia reciente, lo que ha sido un grave error para Chile.

—¿La famosa democracia de los acuerdos, a eso se refiere?

—Claro, a la mal llamada ‘democracia de los acuerdos’, porque acuerdos hubo re-pocos. Tuvimos que esperar 15 años para hacer las reformas constitucionales más importantes. Y la derecha chilena —con honrosas excepciones, como la de Andrés Allamand— estuvo con Pinochet hasta el final. Entonces consenso para volver a la democracia no hubo, sino la capacidad del pueblo de Chile para recuperar la democracia, que es bien distinto. Entretanto se logró desarrollar una indesmentible capacidad de gobernar; se duplicó el producto nacional, el país creció en un siete por ciento durante varios años. Tuvimos dos décadas virtuosas. Los que creen que todo lo que se hizo estuvo mal, se olvidan de un dato clave: la viabilidad de las reformas depende de la capacidad que tenga el conglomerado de mantener la buena marcha del país. Gobernabilidad y reformas se necesitan, se retroalimentan. La tesis refundacional ignora la importancia de la gobernabilidad al pasar por alto el periodo anterior. Por eso el concepto está equivocado.

“Si fueran autoflagelantes ya sería algo, pero éstos son ‘refundacionales’”, precisa el ex senador. “Ser autoflagelante es tener una mirada despiadadamente crítica de la realidad, pero implícitamente conlleva darse el trabajo de tener una visión de la sociedad, y claro efectivamente en la Concertación, en la segunda parte del gobierno de Frei, se dio un debate legítimo entre quienes tenían una mirada excesivamente favorable (autocomplacientes), y los despiadadamente críticos (autoflagelantes). Pero este fenómeno ahora es diferente, no es lo mismo: los refundacionales quieren partir de cero; se sienten dueños de la verdad, nada más que puro mesianismo. Pero la sociedad no se construye a través de los mesías”. 

—Entonces le insisto con la pregunta: ¿ellos tienen ‘capturada’ a la Presidenta?

—No, no creo… De las intervenciones que le he escuchado, no me parece que sea así. En su discurso durante el homenaje al ex Presidente Aylwin, ella habló de la importancia del diálogo y de construir acuerdos.

—Pero en la Enade fue categórica al decir que prefiere asumir y conducir las inevitables divergencias que crean las reformas, antes que resignarse a aceptar que se frustre esta oportunidad de desarrollo. 

—Las reformas son necesarias dado el compromiso esencial que está en el programa: derrotar la desigualdad. Pero hay que formular un plan, no se pueden hacer todas de una vez. Hay gente que dice: “vamos a echar abajo toda la institucionalidad y empezaremos todo de nuevo…”. Eso es lo que buscan los refundacionales.

—Sin embargo, la Presidenta suscribe la realización simultánea de al menos cuatro cambios sustanciales: reforma laboral, constitucional, tributaria y educacional.

—Pero la constitucional está a la espera de establecer un mecanismo que le dé viabilidad.

—Tras la cita del gabinete realizada hace un mes en Cerro Castillo se decidió seguir adelante con la reforma constitucional y la laboral sí o sí, más allá del escenario económico.

—El que lo dijo fue el ministro del Interior, Rodrigo Peñailillo, pero no he visto a la Presidenta en ese discurso de enumerar reformas para hacerlas y todas al mismo tiempo. Porque esta idea debilita al gobierno. He visto en las reuniones del PS a diputados que han dicho: “Exijamos hacer todo altiro, con eso fortalecemos al gobierno”. ¡Pero están equivocados: lo debilitan!; producen una crisis de expectativas, donde los profesores esperan que se arregle la carrera docente; los de la tercera edad que les mejoren las condiciones de vida; que se solucione el tema del transporte, que se perfeccione la salud pública, que se resuelva el problema de las pensiones…

—¿No son esas las expectativas que generó la propia Presidenta durante su campaña?

—No, porque el programa insistió en que tenía tres prioridades fundamentales ante la que se agregó una cuarta: reforma tributaria, educacional, nueva Constitución y en el clima de la campaña adquirió mayor relevancia la laboral. Ya era mucho. Y con el transcurso de los meses salió una alta funcionaria del gobierno diciendo: vamos a cambiar la salud y las isapres… Y le agregó una más. Luego, cuando se formó la comisión de las pensiones, las organizaciones sociales se imaginaron que se iba a arreglar de inmediato el tema de las AFP. Se formó una comisión para la regionalización y ahora están enojados porque la Presidenta dice que una elección de intendentes va a ser al final de su gobierno y ellos la quieren de inmediato. Lamentablemente la debilidad conceptual de la idea refundacional se ha convertido en una demanda inmediatista; conlleva una cultura política farandulera en que, para estar en la foto, hay que salir a pedir todos los días algo nuevo. Eso desdibuja y debilita al gobierno. Mi objetivo al postular a la presidencia del PS —que es el partido de Bachelet— es ayudarle a contar con una agenda que sea manejable, de lo contrario, en poco tiempo caeremos en una crisis de expectativas.

—Pero eso ya está ocurriendo, según lo reflejó la última encuesta CEP.

—Sí, y la tenemos que resolver.

—Según Tomás Mosciatti, Bachelet sería consciente, pero aspira a gestar un cambio cultural y que estaría dispuesta a aceptar la incertidumbre y todos los costos con tal de pasar a la historia por haber liderado un gobierno refundacional. ¿Usted lo cree?

—No tengo ninguna prueba para que uno pueda argumentar que la Presidenta está por esa tesis. Al contrario, defiende la obligación política de su gobierno de llevar a la práctica la palabra empeñada: realizar las reformas. No es la misma ética cumplir con los compromisos que se tomaron a la pretensión de querer comenzar todo de nuevo porque lo que se hizo hacia atrás estuvo mal hecho. 

—¿Las reformas tienen que ver con la fuerte baja en la popularidad de la Presidenta?

—¿Qué fue más impopular: el debate sobre la reforma educacional, si se arrienda o no los colegios particulares subvencionados, o las fallas en el Metro? El Metro, lejos, ¿no? Entonces no se debe perder de vista algo que me enseñó mi maestro político: Clodomiro Almeyda Medina, ex canciller de Allende: para que las fuerzas de izquierda tengan éxito, deben tener una escalera grande y una chiquita, es decir, un gran proyecto político; el sueño de las reformas, la ambición de alcanzar la justicia social, pero también los asuntos de gobierno cotidianos. Porque podemos estar haciendo maravillas en la estratosfera del debate ideológico mientras que la gente va a pie por la calle con 30 grados de calor… Eso no se sostiene. Lo que no se debe olvidar es que los gobiernos responden por la marcha del país todos los días. Y al mismo tiempo deben impulsar las reformas con las que se comprometieron, no todas porque no se pueden hacer todas de una vez, pero sí las fundamentales.