Hay unos cuantos cuadros sin colgar y algunas cajas en el nuevo hogar de Camila Vallejo (29); una casa antigua, de muros de adobe y vigas a la vista, en un barrio patrimonial de Santiago.

Aquí la diputada comunista —quien va a la reelección por el distrito de La Florida— es arrendataria desde febrero, cuando decidió conformar su nuevo núcleo familiar, integrado por su hija Adela —que pronto cumplirá cuatro años—, su hermano Joaquín —estudiante de ingeniería en sonido en la Universidad de Chile— y su pololo Abel Zicavo, músico e integrante de la banda Moral distraída, quien en esta soleada mañana baja a despedirse mientras su gato se pasea y su hija todavía duerme. Camila Vallejo sonríe con su boca perfectamente roja; los ojos le brillan tras el marco también rojo. No tiene problemas en hablar de su vida personal y de este nuevo momento en pareja. Parece otra.

Tan distinta a la joven seria y dura que apenas daba entrevistas y menos se refería a sus temas íntimos. Pero —como dice ahora a CARAS— se liberó, se sacó la coraza, como ella llama a la imagen que espontáneamente creó para protegerse cuando, en 2011, se convirtió en el rostro —y el foco— del movimiento estudiantil.

“A veces me pregunto cómo habría sido mi vida de haber trabajado como geógrafa, de haber hecho familia y estar en pareja fuera de la exposición pública… Pero esto es lo que me tocó. Sin buscarlo me elevaron hasta convertirme en figura no sólo en Chile sino a nivel internacional. Era tan chica, no sabía cómo afrontarlo y tampoco tenía todas las herramientas para tratar de estar a la altura de lo que la gente esperaba. Entonces me resguardé; me sentí muy vulnerable y me hice una especie de coraza para proteger ciertas cosas que consideras importantes a los 22 años”. Así estuvo por mucho tiempo. “Tomaba las decisiones en función de qué van a decir, qué van a pensar. Con mi ex pareja, con el mismo tema de la Adela era pucha, quizá digan tan joven y teniendo hijos…; y no faltó el que comentó que era un aprovechamiento político… Pero en fin. Mi vida ha sido así, intensa: me titulé, hice campaña y defendí mi tesis embarazada… Súper fuerte, ¡no sé cómo lo hice! (dice riendo)”.

—Debe ser muy sobreexigente.

—Sí, aunque ahora digo: para qué, mejor suelta, tranquilízate, no tienes por qué abordarlo todo, para que estar siempre a la altura de lo que todos esperan de ti… ¡Ya no! Hay un momento en que tienes que ser tú misma y hacer lo que quieres, no lo que los otros esperan que hagas. Porque son muchas las demandas: ser buena madre, buena hija, pareja, buena hermana, buena diputada, dirigente, militante… Y eso en algún momento te hace explotar. No es posible sostener algo así en el tiempo.

—¿Eso le pasó?

—Sí, cuando terminó mi relación con Julio. Ahí se juntó todo: lo nuestro ya no funcionaba; habían pasado las elecciones parlamentarias y viví un período de mucha presión. Tampoco voy a culpar a mi rol como diputada o la exigencia política: simplemente se juntaron muchos factores… Fue después de esos momentos álgidos que sentí que había que superarlo y decir basta. Asumir en todo sentido que no siempre me la puedo. ¡Y me saqué un tremendo peso de encima!

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—Aunque debe haber sido muy duro asumir la pérdida de una relación.

—Estuve un año viviendo sola con mi hija, algo que nunca había hecho. Fue duro, he tenido momentos de dolor, de alegría, de frustración, pena, éxtasis, pero ha sido un aprendizaje.

—Asumir que, finalmente, no era la mujer perfecta que muchos pensaban…

—Nadie puede ser así. Cuando impulsas esa construcción social, se te vuelve en contra; no podía responder y favorecer a que otros se sintieran decepcionados o se frustraran conmigo sólo porque dejé que me pusieran la vara muy alta. Imagínate, cumplí 23 años siendo presidenta de la FECH, ¡una cabra chica! No quería, me aterraba la idea de dirigir la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, ¡me moría de susto!, pero me lo pidieron y al final asumí la tarea política.

—No parecía así desde afuera.

—Porque me hice de mi escudo. Asumí mi rol con seriedad, para comunicar de la mejor manera lo que se estaba discutiendo. También comencé a entender la intencionalidad de algunos de sacarme del foco de la demanda estudiantil y centrarse en mi apariencia, mi vida privada; sentí que se me podía farandulizar, convertirme en un factor que contaminara el movimiento estudiantil. Me puse más firme, dura, y así fui ampliando la coraza. Sabiendo además que así como te elevan, te dejan caer. Es lo que pasó después con la encuesta CEP, con el nivel de rechazo, con toda esta construcción que se hizo, donde pasé de estar muy arriba y después abajo.

—Usted reconoció que le dolían los twitters que se escribían en su contra.

—Hay gente que se cree con la capacidad de interpretar lo que sientes y piensas, sin conocerte. Eso a veces duele: Pero si la Camila está por puro interés…; no le interesa nadie, es fría… ¿Qué saben ellos? Duele que te deshumanicen; esa idea que siempre tratan de construir de que soy como una máquina, fría, calculadora, sin sentimientos. Ok. Capaz que proyectara algo de eso, pero también creo que había algo intencionado, de querer mostrarme como alguien frívolo, que actuaba por la plata y las apariencias. Intentaron afectar mi imagen.

—Sin embargo, con Karol Cariola, nada de eso pasó.

—Sí, conmigo ha sido más… El otro día La Segunda puso una foto mía en portada súper seria cuando igual tienen fotos mías sonriendo.

—¿Será por eso que llamó la atención cuando se supo que estaba emparejada con un reggaetonero?

—La gente que me conoce encontró graciosa la reacción: ¡si a mí me gusta el reggaetón, bailo de todo!; salgo con amigos, tiro la talla, soy súper normal. Pero proyecto algo muy distinto. O sea, si en 2011 hubiese dicho que estaba con un reggaetonero probablemente habría debilitado la seriedad de la demanda estudiantil. Porque estaba la idea es que yo fuera funcional al movimiento y que nada personal interfiriera.

—Y lo cumplió, a rajatabla.

—De alguna manera, sí. Tampoco creo que haya estado mal. Era lo que había que hacer. No pienso en los costos. Si eso contribuyó a formar esta imagen de que yo era una máquina del PC, sin sentimientos, con ambición de poder, calculadora. La idea del instrumento político, es el precio que tuve que pagar.

—¿Siente que ha cumplido con las expectativas que existían sobre usted?

—Más que pensar en si las cumplí, prefiero concentrarme en mis expectativas que tenía sobre mí. Eso me tranquiliza. Porque cumplí y estoy cumpliendo. Todo lo que demandábamos, el 80% de lo que pedíamos como movimiento estudiantil lo estamos haciendo o ya lo hicimos. ¡Wow! Jamás hubiese pensado el 2011 que el sueño de la gratuidad hoy lo esté realizando. Claro que he cometido errores y hay cosas que podrían haberse hecho mejor, pero el camino tomado fue correcto, y está dando frutos. Ahora hay que seguir peleando por lo que falta, continuar con lo que ya empecé.

—¿Cómo es esta nueva familia que está formando?

—Bacán. Soy súper feliz. Formamos una nueva familia con mi hermano Joaquín que está estudiando ingeniería en sonido en la Chile, con mi pololo, la Adela que está una semana conmigo y otra con su papá, porque aplicamos la corresponsabilidad en la crianza y en ese sentido Julio ha sido un súper buen papá. Y mis padres que viven fuera de Santiago y cuando vienen se quedan acá.

—¿Su pololo tiene hijos?

—No, es que la vida de músico es más difícil y es muy nocturna.

—¿Cuándo se ven?

—Hay momentos en la noche en que nos pillamos; yo llego a las 10 pm y él a la medianoche tiene que salir a una tocata; tenemos un momento en que comemos juntos, yo hago dormir a la Adela y compartimos, conversamos de cómo estuvo el día, de nuestra vida. Nos apañamos muchísimo. Es un muy buen partner. Es difícil pero lo logramos. Por eso era importante vivir juntos.

—¿Cómo se lleva Adela con su actual pareja?

—Súper bien. Es que ella es una vieja chica, se lleva bien con todo el mundo y la quieren mucho; siente que su familia va más allá que las relaciones sanguíneas y lo dice. Hoy, Camila Vallejo ha hecho del combate al machismo un nuevo frente. Hace poco corrigió en un twitter a Giorgio Jackson acusándolo de querer explicar de su boca una frase suya a propósito del CAE.

“Suele pasar; que hay hombres que se arrogan el derecho de interpretar y afirmar lo que yo pienso: es que ella quiso decir tal cosa… Es un ‘micromachismo’; tú dices algo y el otro —un hombre— repite exactamente lo mismo y a veces hasta lo celebran a él y no a ti… Entonces fue interesante porque Giorgio dijo que estaba seguro de que yo estaba “muy frustrada por cómo quedó el proyecto sobre la gratuidad” de la reforma educacional pero yo sí aprobé el 60% de cobertura mientras que Giorgio y Gabriel (Boric) lo rechazaron. En el fondo tenemos diferencias y yo defiendo mi posición política. De ahí el twitt de vuelta”.

—¿Qué otros machismos identifica cotidianamente en el Parlamento?

—Que no te den la palabra cuando la pides; ok, sé que es machista que te la den antes sólo por ser mujer, pero dámela cuando yo la solicito, y si la pido primero, con mayor razón. Pero cuando ya se la otorgan por segunda vez al hombre y tú estás esperando. O cuando preguntas algo y a la única que no responden es a ti, eso también me pasa mucho, aunque no sé si porque soy mujer o por el tipo de preguntas que hago (ríe). Lo otro que es típico es que te digan: ¿por qué tan seria? Sonría, que así si se ve más bonita… Y todos los días los comentarios sobre tu ropa, de cómo te ves… Pero lo que más me molesta es cuando hablan con violencia de género. Me descompone. Eso pasó en el Congreso por ejemplo cuando se discutió la ley de aborto, o con la creación del Ministerio de la Mujer. Es una agresión permanente. Y no sólo de la gente de Chile Vamos también hay parlamentarios machistas y hasta mujeres de nuestro propio sector.

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—¿Considera un machismo cuando se le creen historias con otros hombres, como le ocurrió con un diputado de la UDI? ¿Cuál es la posverdad de ese rumor?

—(Ríe) Eso partió de una fiesta del aniversario del Congreso. Bailé con varios, con Gabriel (Boric), con Giorgio (Jackson), y entre ellos estaba (Jaime) Bellolio. No somos amigos, pero él es miembro de la Comisión de Educación y uno de los que más va de la derecha, si no el único. Entonces en esa fiesta también bailé con él y se inventó este cagüín.

—El rumor circuló fuerte.

—No sé si tanto; otra vez me inventaron algo parecido con Giorgio; una periodista incluso me preguntó si la Adela era hija suya… Pero no pesco; a estas alturas me río.

—Hace poco Alejandro Guillier dijo que usted aportaba “belleza y juventud” a la campaña. ¿Es machista ese comentario?

—Lo que me pasa con Alejandro es que a veces saca malas cuñas siendo que es periodista, pero yo sé que no piensa esas cosas porque lo conozco y converso con él, sé cuál es su visión del país y me tranquiliza porque me da confianza.

—El ha acusado un cerco mediático y hasta económico a su candidatura. ¿Cómo ve su situación?

—El ha sido contra viento y marea y ha sorteado cada una de las dificultades. Además que eligió el camino difícil al optar por ser independiente; tuvo que juntar firmas para inscribir su candidatura y esto tuvo efectos sobre el financiamiento de parte de los bancos. Valoro esa valentía viniendo en alguien que no tiene tanta trayectoria política, y que no cuenta con el entrenamiento para enfrentar las dificultades. Si llegamos a ganar, habrá que sacarse el sombrero con él y su equipo.

—¿En verdad cree que Guillier pueda ganar?

—Están las posibilidades de lograrlo en segunda vuelta con Piñera.

—Sin embargo, gente dentro del mismo gobierno da por hecho que ganará la carta de Chile Vamos. Así lo dio a entender hace poco en una entrevista Nicolás Eyzaguirre…

—Que algunos se hayan convencido, es como regalarle las elecciones sin siquiera pelearla, dejarle la cancha abierta a Piñera, hasta de prepararle el camino. No corresponde a personas que tienen responsabilidades dentro del gobierno y de un conglomerado que definió un proyecto social y se la está jugando por esa apuesta con mucha convicción. Si gana o no Piñera es algo que depende de nosotros. Pero si lo damos por sentado le estaremos regalando la candidatura y eso no sólo sería una derrota política para la izquierda y para el futuro de las transformaciones, sino para Chile.