¿Cuáles fueron los puntos más fuertes del discurso de la presidenta de Brasil en su disertación defensiva hoy en el Senado?

El discurso debe evaluarse desde una óptica política a pesar de ser, legalmente hablando, una suerte de tribunal. Eso ya marca el objetivo último de Rousseff y que es transformar el proceso en uno desligado de la jurisprudencia y acercarlo, más bien, a un foro político en donde ella puede realizar descargos emocionales, críticas ácidas, acusaciones transversales y apelaciones tácticas con tal de deslegitimar políticamente la acusación, enlodar la imagen de la oposición y, eventualmente, generar condiciones proclives a testear la voluntad de destitución.

Y me parece que todo el discurso apuntó a simbolizar que esto se trata de algo más que un juicio legal, y va más allá de la dinámica esperable de un proceso así. Creo que Rousseff apela a la idea de que, detrás de esto, se encuentran valores que los brasileros inherentemente debiesen proteger ( la democracia) y que inherentemente debiesen rechazar (léase el intento de destitución por un mecanismo ad hoc). En este sentido, no es coincidencia que Dilma haya catalogado el proceso como un intento de golpe de estado, y esto porque, así, proyecta un simbolismo emocional enorme ante un país que vivió una dictadura desde 1964 hasta 1985. Lo fuerte se encuentra en encapsular su discurso en una narrativa cuasi existencial, donde lo que está en juego no es el futuro político de Dilma sino, literalmente, la supervivencia de Brasil como democracia. Y es ella quien representa todo eso.

Esto tiene varias lecturas complementarias. Primero, uno supone que una política experimentada como Rousseff sabría que las posibilidades de sortear la acusación son extremadamente bajas (las últimas proyecciones hablan que los senadores a favor de la destitución serían más de 60, cuando sólo se requieren 54 votos a favor). Pero si eso es así, la pregunta es por qué hace un discurso tan frontalmente agresivo en vez de tomar la ruta de Collor de Melo – quien renuncia antes de enfrentar un proceso similar en 1992. Y acá las alternativas son básicamente dos. O bien ella quiere dejar constancia verbal y documental de un proceso que considera injusto, aprovechando la ocasión para criticar fuertemente a la oposición y resaltar la idea de que todo el proceso es una burla, lo que indicaría que ella realmente cree en que acá se juega la democracia; o bien busca animar y amplificar la animadversión que sus pocos seguidores siguen teniendo. Independientemente de que esto sea así, lo cierto es que la destitución tendrá efectos que pueden ser serios, y el discurso de hoy entrega una justificación ideal para que sectores del Partido de los Trabajadores o bien organizaciones adyacentes a él e inclinadas a apoyar a la mandataria reaccionen – vía protestas o manifestaciones – el día martes.

¿Cuáles fueron los puntos que la encrucijaron en función de la denuncia que tiene y la gravedad de la misma?

Esta es una pregunta compleja porque tiene multiplicidad de aristas. Por un lado, hay una acusación de manipulación de cuentas públicas y de corrupción de la empresa Petrobras cuando Rousseff lideraba el directorio, situación que se liga al financiamiento ilegal de su campaña. No se le está acusando de haberse enriquecido personalmente, sino de orquestar apoyos (donaciones) ilegales. Además, se la acusa de firmar contratos poco claros que causan desastres financieros para la compañía Petrobras (como por ejemplo, la compra de una refinería en Pasadena, EEUU, que termina en la pérdida de unos mil millones de dólares) y de obstrucción a la justicia. Hay toda otra serie de acusaciones administrativas adicionales, pero que deben entenderse en el contexto en la cual ocurren.

Y esa es la otra arista: Brasil, antes de la acusación, se encontraba en un declive económico pronunciado, Rousseff misma llegó a tener apoyo en un dígito, maniobró políticamente para salvar a Lula de ser acusado al nombrarlo ministro, y, peor aun, el conocimiento de que miembros del Partido de los Trabajadores más una serie de ejecutivos de la empresa Petrobras estaban implicados en un escándalo mayúsculo de corrupción, establecen un escenario que – hay que decirlo – es aprovechado políticamente por la oposición.

En otras palabras, la acusación también ocurre por las circunstancias, por cuanto sería difícil de aceptar un escenario así con Dilma teniendo amplio apoyo ciudadano. Consecuentemente, no son sólo sus acciones, sino el contexto político, social y económico de Brasil que fomentan, por así decir, una campaña en su contra para removerla. La palabra ‘campaña’ es – a veces – criticada, porque hace aparecer la acusación como un mecanismo puramente instrumental para mejorar la posición de la oposición. Sin embargo, a mi juicio, el calificativo de ‘campaña’ es correcto aunque es debatible que haya sido por razones puramente de justicia.

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¿A qué se expone la presidenta electa este martes en la votación?

El martes se votará por la destitución formal de Rousseff del cargo de presidente, votación que requiere 54 votos de 81 en el Senado Brasilero. Si se aprueba la acusación y es destituida, entonces el presidente interino de Brasil, Michel Temer, quedaría como presidente hasta 2018 cuando se llamarían a nuevas elecciones (a pesar de que también se ha comentado de que Temer estaría involucrado en escándalos de corrupción y podría enfrentar él mismo una acusación). Rousseff quedaría imposibilitada de acceder a cargos públicos por ocho años. Si la votación no alcanza los votos suficientes, entonces Rousseff sería restituida en su cargo. Ella ha manifestado que llamaría tempranamente a elecciones en caso de que esto ocurra.

¿Cuál es el peor panorama y cuál el mejor y por qué?

Todos los escenarios futuros de Brasil son, en mi opinión, poco favorables. Sin duda, lo peor que podría pasar es que, cualquiera sea el resultado del martes, haya movilizaciones masivas que puedan derivar en la violencia. Esto no es impensable porque hay mucha rabia contenida por parte de la sociedad brasilera. En este contexto, entonces,la restitución de Rousseff posiblemente provoque mayores alteraciones que su destitución oficial y esto porque los analistas políticos, los mercados y la sociedad en su conjunto ya aceptaron, en alguna medida, el destino de Dilma.

No puede, en todo caso, descartarse que su destitución movilice a los residuos de apoyo político que todavía quedan, pero no es posible saber qué ocurrirá si esto termina pasando. Por otro lado, posiblemente lo mejor que puede pasar es que haya moderación por parte del Partido de los Trabajadores y algún grado de acercamiento. Es posible que, si Rousseff es destituida, la oposición sienta que el triunfo político ya fue obtenido, y no persevere en nuevas acusaciones contra figuras del PT. El ánimo político ha estado enfrentado a fuerzas centrífugas que fracturan la convivencia y que representan un desafío sustantivo. Más allá del mérito de la acusación, lo mejor que podría pasarle a Brasil es contar con un período de mayor estabilidad con vistas a las nuevas elecciones de 2018. Sin embargo, los casos de corrupción son demasiado significativos como para esperar tranquilidad. Es plausible que 2017 sea otro año de altas turbulencias políticas en la medida en que se hagan públicos los políticos involucrados.